El Catllaràs: Un rincón rudo y salvaje

El Catllaràs: Un rincón rudo y salvaje

Desconocido, virgen, casi ignorado, el macizo del Catllaràs es un diamante en bruto, un paraíso de 150 kilómetros cuadrados ubicado al noreste de la comarca del Berguedà. Con una altura media superior a los mil metros y, a veces, con una geografía ruda y arisca, es un rincón de Cataluña que se ha mantenido intacto al paso del tiempo.

A diferencia de otras zonas de Cataluña de gran belleza como el Montseny o la Cerdaña, en el Catllaras ninguna carretera asfaltada atraviesa el macizo. Sólo la dura red de comunicaciones formada por más de 150 kilómetros de todo tipo de pistas, caminos y senderos que lo convierten en un lugar inmejorable para la práctica del senderismo y bicicleta de montaña. Es por ello que con la excusa de la celebración de la séptima pedalada popular de “la Catllaràs” que se celebró el pasado 28 de junio decidimos acudir para descubrirlo.

El macizo del Catllaràs se encuentra entre las poblaciones de Guardiola de Berguedà y Ripoll en el Prepirineo catalán. Esta sierra fue declarada el año 1992 espacio de interés natural, siendo incluida por este motivo y atendidos sus grandes valores ecológicos, dentro del Plan de Espacios de Interés Natural (PEIN) de Cataluña. Se trata de una zona pirenaica que pertenece a la provincia de Barcelona de gran belleza y riqueza natural, donde se pueden encontrar 7 montañas que alcanzan los 1700 metros de altitud. Estas cumbres son: la Serra de Falgars, Fullers, Sobrepuny, Picamins, Creu del Rosari, la Serra de Faig-Branca y la Morera.

La protección de la zona y la dificultad de acceso hace que sea un hábitat ideal para el desarrollo de la vida natural en estado salvaje, tanto es así, que en los prados más alejados todavía se pueden encontrar ciervos, urogallos, zorros, tejones, comadrejas, o especies de plantas como la flor de nieve, los botoncitos de Sant Joan, los zapatos de Madre de Dios o el marcòlic rojo, especies poco comunes o incluso rarísimas en Cataluña, aquí están presentes. Este aislamiento que por una parte ha sido su desdicha al propiciar un abandono lento y constante de masías y casas, es por otra parte probablemente su suerte ya que la naturaleza se nos aparece aquí, a menudo, aún virgen, a veces áspera e incisiva, a veces estallando de colores, olores, sonidos, todo un abanico de sensaciones que hacen detener unos segundos al caminante, respirar hondo y, simplemente, disfrutar profundamente de la belleza del Catllaràs.

Con esta inmejorable carta de presentación nos dispusimos a disfrutar de un apasionante fin de semana de montaña, ciclismo, y por que no decirlo autocaravanismo rodeados de naturaleza.

 

VIERNES.

Ya era casi de noche cuando logramos salir el viernes después de trabajar. Nuestro destino no era demasiado lejano, apenas teníamos una hora y media de recorrido hasta la población de Sant Julià de Cerdanyola, lugar donde estábamos citados a primera hora del domingo para realizar la salida en bicicleta de montaña que los “amics del Catllaràs” organizaban por séptima vez. Fue por ello que, disponiendo de todo el sábado para disfrutarlo a nuestro aire, no creímos necesario hacer demasiados kilómetros por la noche y decidimos detenernos en Navarcles a cenar y pernoctar. Además, hacia varios meses que había tenido lugar la inauguración de la nueva área de autocaravanas de Navarcles, a la cual no pudimos asistir, y cuyo nuevo emplazamiento e instalaciones todo el mundo había elogiado. Fue por ello que sin más dilaciones abandonamos la autopista en la salida de Navarcles, y siguiendo las indicaciones llegamos con facilidad a la nueva área de autocaravanas.

Situada en lo alto de una pequeña explanada, rodeada de montañas se encuentra la nueva área. Según nos comentaron esta nueva área se situa en un entorno mucho más agradable que la anterior, rodeada de altos árboles, y no lejos del Parc del Llac, lugar cuyo encanto no pudimos descubrir hasta verlo a plena luz del día a la mañana siguiente. Por lo pronto, nada mas llegar nos encontramos allí aparcada una autocaravana con matricula francesa. -“Como lo deben hacer estos franceses para encontrar los mejores lugares”- pensamos. Sin duda su larga y arraigada experiencia autocaravanística va un paso por delante de la nuestra.

Empezamos a dar vueltas, pero el desafortunado desnivel del que dispone el área hacia que no acabáramos de encontrar la posición adecuada. Finalmente lo logramos, gracias a la ayuda también de nuestro vecino francés con quien estuvimos luego charlando un rato.

Finalmente instalados, cenamos tranquilamente en nuestra autocaravana, pero no habíamos acabado de tomarnos el postre cuando oímos el claxon de un vehiculo que reclamaba nuestra atención. Eran el Jepi y la Carme, unos amigos de Navarcles a quienes hacia siglos que no veíamos, y como no podía ser menos nos enlazamos en una larga charla que tan solo la prudencia de dejar descansar a nuestro vecino logro interrumpir. Con un “hasta pronto” nos despedimos y nos fuimos a dormir recordando cuan pequeño y amigable es este mundo autocaravanista en el que no dejas de encontrar o hacer nuevos amigos por aquellos caminos por los que vas recorriendo.

 

SÁBADO.

Todo tiene una duración, o al menos eso es lo que nos parecía decir la batería de la autocaravana el sábado por la mañana. Hacia tiempo que venia haciendo “el tonto”, y el sábado con apenas unas horas de uso nos encontramos con que la carga estaba agotada. Lo cierto es que podíamos “sobrevivir” con ella el fin de semana pero como no teníamos planes para el sábado por la mañana pensamos que aquel podía ser un buen momento para intentar comprar una nueva.

Una vez desayunado, llamamos a nuestros amigos Jepi y Carme para preguntar sobre algún lugar cercano donde comprarla quienes no dudaron en ofrecerse para hacernos de guía en nuestra búsqueda de una nueva batería. Quedamos que nos pasarían a buscar en media hora por lo que aprovechamos para ir a ver el Parc del LLac situado cerca del área, antes que entre una cosa y otra nos fuéramos de Navarcles sin tan siquiera verlo.

El Parc del Llac, construido alrededor de un magnífico embalse artificial, es un espacio lúdico que los navarclins frecuentan para realizar todo tipo de deportes náuticos, nadar, e incluso pescar. En él se pueden observar varios sectores: entre la presa de cal Tàpies y la presa de la Pólvora podemos constatar como se aprovechan los ríos para la industria y disfrutar de varios ejemplos de arqueología industrial. El lago se puede seguir por el canal que llevaba el agua a la fábrica de cal Tàpies. Lo cierto es que desde hace muchos años el río Calders ha sido un espacio del que los navarclins han sabido disfrutar, donde se han bañado en sus charcas y pozas naturales, donde han pasado largas jornadas a la sombra de las frescas fuentes que la acompañan a lo largo de su recorrido, y es por ello que la construcción del Parc del Llac fue una sabia iniciativa que hay que valorar.

Realmente el Parc del Llac se haya a tan solo cuatro pasos de donde se encuentra el área, y aunque nos hubiese gustado conocer y disfrutar de todos sus rincones, nuestro amigo Jepi nos estaba esperando para ir en búsqueda de la batería. Lo cierto es que aunque dimos unas cuantas vueltas por los centros comerciales de Manresa no logramos encontrar una batería que se adecuara a nuestras necesidades, pero sin duda sirvió de excusa para charlar un buen rato con un viejo amigo al que hacia tiempo que no veíamos. Tal fue la charla que decidimos incluso aceptar su invitación para comer, y también la invitación de otros buenos amigos, el Jesús y la Lupe, a tomar luego un café, a quienes también nos encontramos una vez regresamos al área. Según nos comentaron nos habían visto en Manresa y nos habían estado siguiendo por la carretera hasta el área. Comimos, charlamos, tomamos café, y nos hubiésemos quedado allí probablemente toda la tarde porque cuando uno está a gusto el tiempo pasa volando, pero había otros amigos que nos esperaban en Sant Julià y reclamaron nuestra atención, así que tras despedirnos efusivamente de ellos pusimos rumbo al “masis del Catllaràs”.

Llegamos a Sant Julià en apenas una hora. Muy habituales a frecuentar aquellas carreteras conocíamos bien el camino que conduce hasta Guardiola de Berguedà, no así la estrecha y vertiginosa carretera de montaña por la que se llega a Sant Julià. Finalmente, después de una lenta ascensión debido a la estrechez de la calzada llegamos hasta nuestro destino.

Situada dentro de la comarca del Berguedà, en la provincia de Barcelona, Sant Julia de Cerdanyola se haya limitada al sur con Malanyeu, en el término de La Nou, donde la cresta de l’Albiol sube hasta los 1.420 metros y limita; a levante, las estribaciones más meridionales de la Serra del Catllaràs alcanzan en la Clusa los 1.732 metros, altitud máxima del municipio, tocando ya los términos de Castell de l’Areny y La Pobla de Lillet; al norte la cresta del Forcat, la Coma Verda y la Solana de Cortiella, cumbres que no pasan de los 1.300 metros, separan las tierras de Cerdanyola de las de Guardiola y La Pobla; y por último en el Oeste el término queda abierto en el valle del Llobregat limitando con las tierras de Guardiola.

El pueblo de Sant Julià de Cerdanyola, que había sido una propiedad del Monasterio de Sant Llorenç, sufrió una importante caída demográfica a raíz de la Peste Negra en la Baja Edad Media, de la que no se rehizo hasta casi a la época contemporánea. Su posterior pujanza se produjo a raíz de la explotación moderna de las minas de carbón del Berguedà, que dieron salida económica a muchas familias, tanto de forma directa como indirecta, pues la proximidad de las explotaciones, algunas al mismo término municipal, el provecho económico del bosque, y la llegada del ferrocarril, que instaló la estación final de trayecto dentro del municipio, produjeron un notable auge económico y demográfico.

El mayor trastorno político de la época contemporánea se produjo a partir de los años 30 de este siglo, cuando Cerdanyola dejó de ser jefe del propio municipio y la capitalidad municipal pasó a Guardiola de Berguedà , hasta ahora núcleo dentro del municipio de Sant Julià. El proceso se hizo sin el consenso de los Cerdanyolencs, en plena Guerra Civil, y se renovó luego en los primeros años de franquismo. Con la llegada de la democracia se inició un lento y accidentado proceso que finalmente ha conducido Cerdanyola a independizarse de Guardiola de Berguedà, abriendo nuevas perspectivas de futuro en la comunidad. Hoy la individualidad de las casas, las terrazas y márgenes que rodean el pueblo, la originalidad de alguna de las celebraciones festivas y sobretodo la vitalidad de sus entidades siguen hablando de la fuerte personalidad de este pueblo, personalidad bien diferenciada de la de sus inmediatos vecinos.

Nosotros llegamos a la población cuando empezaba a atardecer. Nada mas llegar tomamos un desvío a la izquierda hacia un camino que según nos habían comentado circunvala la población y dirige a la zona deportiva. Logramos encontrarla, y evidentemente parecía un buen lugar donde pasar la noche, lamentablemente no tanto para pasar el día. El sol había estado apretando con fuerza durante todo el sábado, llegando a marcar los 40ºC en el interior de la autocaravana, por lo que si no queríamos que se nos asara la gatita al día siguiente debíamos encontrar un lugar con sombra. De tal manera continuamos con el camino sin darnos cuenta que nos metíamos en el interior del casco antiguo de Sant Julià. Grave error ya que por poco nos quedamos “encajados” en alguna de sus calles. Finalmente, con mucha paciencia logramos llegar nuevamente a la entrada a la población, donde encontramos un lugar en el que decidimos pasaríamos la noche y la mañana siguiente bajo un gran árbol que nos cobijaría.

Aprovechamos el atardecer para dar un paseo y disfrutar de Sant Julià. Cenamos placidamente con la agradable frescura de la noche prepirinaica, y nos quedamos charlando con los amigos hasta una hora prudencial puesto que al día siguiente había que madrugar.

 

Domingo.

Lo cierto es que apenas pegamos ojo en toda la noche. Las campanas de la iglesia de Sant Julià habían estado sonando incesantemente cada cuarto de hora, lo que nos había impedido conciliar el sueño como hubiésemos querido. Además, al estar situados junto a la carretera principal, el tráfico de coches de los asistentes a la carrera empezó a ser intenso cuando todavía no eran las siete de la mañana. Quizás lo único bueno es que de esa manera no había peligro de quedarnos dormidos, así que nos levantamos, desayunamos, y empezamos a preparar el equipo. Al poco rato el resto de la “tropa” empezó a llegar, y ya equipados nos dirigimos al punto de salida emplazado junto a la zona deportiva del municipio.

 

En esta ocasión eran tres los circuitos propuestos por la organización del evento: uno corto de 15 Kilómetros, un circuito medio de 35 Kilómetros, y uno largo de 44 Kilómetros. Dudábamos entre hacer el recorrido medio o el largo, en cualquiera de los casos el desnivel acumulado a superior a los 1.000 metros, pero nosotros, envalentonados tras hacer el Cabrerés hacia apenas un mes, no temíamos lo que nos podíamos encontrar. Aun así, como el desvío hacia uno u otro se encontraba a media carrera, decidimos dejar para entonces la decisión dependiendo de cómo nos encontráramos de fuerzas.

Eran ya casi las ocho y media de la mañana, hora en que se daba el pistoletazo de salida, y todavía no teníamos ni el dorsal. Tal fue la aglomeración que aun estábamos en la cola cuando oímos que daban la salida. Evidentemente, nuestra participación en tales eventos para nada tiene un carácter competitivo, pero en esta ocasión al salir con retraso y no disponer en dicha prueba del chip que cuenta el tiempo exacto en función de la hora de salida y de llegada, tuvimos claro que nuestra posición en la clasificación no sería demasiado buena.

Una vez tuvimos los dorsales, empezamos el recorrido rodeados de un gran número de ciclistas. Según nos dijeron habían llegado a la cifra de 435 participantes, poco por debajo del máximo de quinientos previsto para la prueba, y a nosotros nos parecía tenerlos todos a nuestro alrededor.

Lo cierto es que cuando participamos en el Cabrerés, muchos nos dijeron que lo peor del evento era la cantidad de gente que había, que en aquel caso llegaba a las 3.000 personas, pero a nosotros se nos hicieron mucho más agobiantes las quinientas personas de esta ocasión por tener que salir todos al mismo tiempo. De tal manera hicimos casi todo el primer tramo de subida de unos cuatro Kilómetros rodeados de un gran pelotón de ciclistas. Por suerte llegaron las primeras bajadas, y el pelotón empezó a estirarse.

Llegamos al primer avituallamiento donde nos concentramos todos los ciclistas para hacer el primer descanso. En aquella parada nos encontrábamos los participantes de los tres recorridos, por lo que era curioso ver la diversidad de gente que participaba en el evento. Como curiosidad la participación de un padre con su hijo de poco mas de cuatro años, digno de elogiar, en un curioso artilugio que sorprendía a cuantos lo veíamos circular.

Ya pasado el primer avituallamiento pudimos empezar a pedalear a nuestro ritmo. Podríamos decir que fue entonces cuando empezamos a disfrutar de la carrera, de los increíbles paisajes que el macizo del Catllaràs nos ofrecía, de sus prolongadísimas y agónicas subidas, y de sus increíbles descensos. En algún tramo del recorrido la organización propuso incluso dos variantes, la fácil y la “técnica”; nosotros, envalentonados por el increíble lugar que estábamos conociendo apenas dudamos y nos lanzamos por el descenso técnico, que nos condujo literalmente a través de densos bosques en los que el camino era apenas un sendero de piedras. Tal fue la magnitud del descenso, que en algún momento incluso me vi superado por la dureza del mismo, y tras dar una voltereta sufrí las primeras magulladuras del día.

Continuamos pedaleando, recorriendo poco a poco el macizo del Catllaràs. Lamentablemente los tramos de descenso eran meramente espejismos, y el increíble desnivel que debíamos ascender, mezclado con el intenso calor que empezaba a hacer, hizo mella en nuestras fuerzas. Aquella era una dura prueba, aunque muy recompensada por los lugares que pudimos ir descubriendo durante el recorrido. Disfrutamos de lugares como el Mirador de La Roca de la Luna, la Roca de la Moreneta, el Prat Gespador o el Roc del Catllaràs, todos ellos con unas impresionantes vistas del Pedraforca a lo lejos, como pocas veces lo había conseguido ver. Nos sorprendió ver de vez en cuando algún turismo, e incluso mas de una autocaravana en algún rincón del denso bosque, bajo una sombra, disfrutando de un increíble fin de semana y que aun a fecha de hoy no se como lo harían para llegar hasta allí. Sin duda era aquel un lugar de naturaleza virgen y desconocida que muy pocos conocen y pueden disfrutar.

Un último tramo con un considerable desnivel nos hizo bajarnos de la bicicleta. Lo recorrimos rodeados de otros ciclistas, todos ellos desconocidos, pero con los que bromeábamos al vernos todos en la misma agónica situación, y es que probablemente otro de los mejores aspectos de este tipo de eventos es el “buen rollo” que se respira entre todos aquellos que acudimos a pasarlo bien, cercanía y camarería que se “respira” en muy pocos ámbitos.

Llegamos finalmente a la cima, situada a 1.700 metros de altura. Ya pocos tramos de subida nos quedaban (según nos habían dicho) así que iniciamos un rápido descenso por unas amplias y rocosas pistas. No os engañaré, no tenemos ninguna intención de ganar pero nos encanta la velocidad, disfrutar haciendo volar las bicis en los saltos, pero eso también conlleva sus riesgos, y tal fue que en una curva mi compañero se fue rodando por el suelo. No hubo que lamentar más que el susto por el golpe y algún arañazo, gajes del oficio, así que continuamos con nuestro camino. Decidimos poner un poco el freno ya que el cansancio empezaba a ser evidente y ya íbamos bastante magullados. Aun así, no se puede cantar victoria antes de llegar al final y un último tramo nos hizo sudar nuevamente la gota gorda. Pocos Kilómetros atrás, charlando con uno de los organizadores, no había recomendado que no olvidáramos hacer el ultimo tramo “técnico” propuesto. Así lo hicimos, y nos metimos por un sendero a través del bosque. Apartando literalmente las ramas con las manos, e intentando dominar la bici por unos caminos llenos de rocas averiguamos porque dicen del Catllaràs que es un lugar rudo y salvaje.

Tras más de cuatro horas sobre la bici llegamos finalmente a la meta, donde recibimos las felicitaciones de quienes allí nos esperaban, y el preciadísimo maillot de recompensa al finalizar la prueba. El calor a aquellas horas apretaba con fuerza por lo que agradecimos la invitación de la organización a pegarnos un bañito en la piscina municipal. Hay que decir que el agua estaba “helada” y tan solo los más pequeños parecían estar inmunizados a su baja temperatura. Aun así nos sentó de maravilla y tras refrescarnos un rato nos dirigimos a uno de los pequeños restaurantes de Sant Julià para todos comer todos juntos y reírnos un rato comentando las anécdotas de la prueba.

Ya por la tarde regresamos a casa, contentos y cansados. Había sido un fin de semana intenso y de mucho calor. La Catllaràs había resultado ser una prueba de increíble belleza pero realmente dura, y estábamos orgullosos de haberla podido acabar, aunque fuese “magullados”. Pero sin duda lo mejor de todo es que habíamos disfrutado como niños de un fin de semana de autocaravanismo y ciclismo, rodeados de amigos.

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