Ruta de los Corsarios

jul 26, 2010 by     7 Comments    Posted under: Autocaravana, Deportes, Eskapadas, Kayak

Hay rincones en la costa de Tarragona que aun conservan toda su belleza intacta. Lugares que te hacen visualizar imágenes en las que pareces estar inmerso en plena Costa Brava, pero con un agua tan cálida que te permite realizar muchísimas actividades acuáticas.

La punta de la Mora es un espacio natural protegido que incluye todo el litoral y sus playas, las paradisíacas Waikiki y Rocaplana, uno de los últimos espacios vírgenes de la costa Mediterránea, un paisaje único envuelto de pinares relucientes y calas escondidas. Es una lástima que la presión urbanística haya destrozado la práctica totalidad de nuestras costas. Enclaves como el que visitamos en esta ocasión eran habituales en todo el litoral catalán hace apenas cincuenta años, pero hoy en día son pocos los lugares que aun conservan su terreno sin tener en el horizonte enormes mastodontes de hormigón.

El destino previsto para la Punta de la Mora era también desaparecer y sucumbir bajo la apariencia de super apartamentos de lujo, pero la antigua propietaria de los terrenos, la marquesa de Bárcena, resistió a las presiones de los especuladores, con lo que la naturaleza gano así una importante partida. Hoy en día podemos disfrutar de este hermoso paraje de la costa Tarraconense y de algunas de las especies vegetales más extrañas de nuestro país, además de una gran variedad de aves marinas y de unos atardeceres preciosos envueltos en un halo de misterio.

En esta costa el fuerte viento de levante nos hace soltar alguna que otra lagrimilla y su sabor profundo a salitre, susurra antiguas historias de piratas, aparte de la admiración que despiertan sus preciosas aguas cristalinas y sus maravillosos fondos marinos, con una mezcla perfecta de tonos ambarinos.

Pero antaño no todo en estas costas era tan perfecto y pacifico. Al grito de “Piratas, Piratas”, la paz de lugar se rompía en mil pedazos. Fueron largos siglos de temor a los ataques de estos expertos marineros que aprovechaban las noches sin luna para acercarse a la costa y saquear los pueblos cercanos, los que hicieron que los lugareños, preocupados por la constante amenaza de los piratas en sus aguas, mandaran construir a Joan Miro una torre de vigilancia, para así poder prever la llegada de estos malhechores.

La imponente forma cilíndrica de la Torre de la Mora, se levanta aún cinco siglos después sobre las calas y los altísimos acantilados de los alrededores. Su estampa es la más característica de toda la reserva, y se alza orgullosa avisando de su poderío al que quiera acercarse a ella con malas intenciones.

Viernes:

Nos pusimos en marcha una calurosa tarde de verano. El sol brillaba con fuerza en un esplendido atardecer mientras salíamos de Barcelona y nos dejábamos llevar por las ganas de desaparecer de la gran urbe. Por el parabrisas de la autocaravana divisábamos los tonos anaranjados que comenzaban a hacer acto de presencia. El calor era importante, pero dentro de “Suny” uno se siente como el rey del universo, como si nada pudiera estropear el comienzo de otra aventura.

Sabedores de lo cerca que estábamos de nuestro destino, del cual nos separaban apenas un centenar de kilómetros, cenamos tranquilamente en un área de servicio cuando apenas habíamos salido de Barcelona. Al poco rato nos poníamos de nuevo en marcha en dirección a Altafulla. Abrimos la ventana para que entrara un poquito de aire fresco y un olor dulce llenó nuestros pulmones de una manera deliciosa.

Escuchamos música y fuimos charlando hasta que llegamos al lugar de pernocta elegido para esta ocasión, un parking cercano al camping Torre de la Mora,  que sería nuestro destino a la mañana siguiente. Al llegar ya encontramos en él alguna que otra autocaravana aparcada, por lo que buscamos una plaza amplia y tranquila en la que pasar la noche.

Hacía un calor realmente sofocante. Nos tomamos un vasito de leche fresquita y nos fuimos a la cama. La noche parecía estar movidita. Es complicado dormir en pleno Julio con tanta gente en la calle de juerga, pero estábamos tan cansados que intentamos, como pudimos, conciliar el sueño, lo cual tampoco nos resultó demasiado difícil después de una semana de duro trabajo.

Sábado:

Nos levantamos sudando como pollos. Como ya imaginábamos la noche había sido bastante movidita. Hace tiempo que decidimos que en épocas de tanto calor lo mejor es ir a campings, ya que es insoportable estar en la calle si no encuentras un lugar en condiciones, pero por otra parte también tenemos claro que no vamos a pagar un día entero llegando a las once y media de la noche. Simplemente nos volvemos a encontrar con las carencias de siempre. Cuando entenderán los campings la manera de moverse de una autocaravana y se adaptaran a ella? En fin, paciencia.

Desayunamos rápidamente ya que el calor era abrasador y nos dispusimos a hacer el chek-in en el camping. Como odio toda esta parafernalia! Señores, les pago el día y déjennos en paz. Después de casi veinte minutos, logramos registrarnos y nos encontramos esperando al señor que nos tenía que llevar a buscar la plaza. Ostras, se deben pensar que no sabemos encontrarla nosotros solos? … ah no, es la política del camping.

Después de dar un par de vueltas, teníamos claro que preferíamos ir a la parte alta del camping, la más despoblada, pero curiosamente también donde se encuentran la mayoría de autocaravanas y campers. Habíamos leído en algún foro que lo mejor era situarse en la parte baja, la más próxima a la playa, pero además de estar abarrotada, lo cierto es que hemos tenido varias malas experiencias situándonos en parcelas cercanas a caravanas equipadas con avance, super avance, tienda-cocina, microondas, televisor, y un altavoz incorporado en vez de hablar como personas normales, con lo que hemos llegado a la conclusión de que lo mejor es colocarnos cerca de quienes tienen una forma parecida de entender el kampismo a la nuestra, aunque para eso tengamos que andar un poco más para llegar a la playa.

Finalmente encontramos una plaza de nuestro agrado. Tuvimos mucha suerte ya que la plaza que escogimos era una verdadera preciosidad, al lado del acantilado y con unas vistas privilegiadas. Abrimos todas las ventanas para que la autocaravana se ventilara, pusimos el toldo, sacamos las mesas, y nos sentamos un rato a disfrutar de las vistas. El calor seguía siendo abrasador pero una suave brisa marina nos aliviaba. A nuestros pies, un mar azul intenso nos invitaba a adentrarnos en él con el kayak. Después del largo invierno lo cierto es que teníamos unas ganas locas por sacarlo y ponernos a remar, pero lamentablemente el mar estaba algo agitado esa mañana, y no parecía aconsejable meterse en él sobre todo después de tantos meses sin practicar.

Además, entre el check-in del camping y encontrar e instalarnos en la plaza habíamos perdido media mañana, por lo que decidimos mejor aprovechar para refrescarnos un poco y ya de paso hacer algo de esnórquel, con lo que cogimos las gafas, tubo y aletas, y nos dirigimos al agua.

El camping Torre la Mora dispone de acceso directo a dos playas. Una, la de la Mora, es la más amplia y tiene acceso también desde el parking en el que habíamos pasado la noche. La otra es una pequeña calita cuyo acceso es casi exclusivo para los usuarios del camping. Nos dirigimos a esta última. Con cuidado descendimos las escarpadas escaleras y ya en la arena encontramos un pequeño hueco en el que estirar las toallas.

El lugar es realmente idílico por lo que sin demasiados preámbulos nos zambullimos en un abismo turquesa y comenzamos a observar el fondo marino. Había bandera amarilla y el agua estaba bastante revuelta con lo que no es que viéramos demasiado el fondo, sino más bien un revuelto de agua y algas de un color anaranjado oscuro muy sospechoso.

Habíamos inflado una pequeña boya para señalizar nuestra posición y nos dedicamos a subirnos a ella y jugar como niños, saltando las altas olas que venían hacia nosotros y pasando así toda la mañana. Luego, al salir, nos dimos cuenta que estábamos completamente arrugados, pero es que hacia tanto calor y se estaba tan bien dentro del agua que nos hubiésemos quedado a vivir allí para siempre, aunque para ello hubiéramos tenido que “mutar” y convertirnos en hombres-pez.

Después nos tumbamos en la arena para secarnos y dejarnos acariciar por los potentes rayos solares, pero por poco rato. Como se suele decir somos culos de mal asiento, con lo que no tardamos mucho en levantarnos y decidir hacer una visita a la piscina del camping, antes de que llegara la hora de comer.

Emplazada en un amplio recinto de ocio exclusivo para los usuarios del camping se encuentra la piscina. Tan solo con cruzar una calle te encuentras unas magnificas instalaciones con bar, restaurante, animación, y sobretodo …. una piscina fascinante, con un acceso tipo “playa” que tanta tranquilidad ofrece a los padres para vigilar mejor a sus hijos. Quizás únicamente lamentar lo de siempre a estas alturas del año, que haya tanta gente, lo cual no nos impidió sumergirnos entre sus aguas y disfrutar del bullicio allí existente. El tiempo se nos pasó volando, y casi sin darnos cuenta era ya la hora de comer.

Lo cierto es que estábamos de maravilla, allí fresquitos en aquel mar de agua dulce, pero el hambre apretaba, y para aquella tarde teníamos otros planes previstos por lo que nos dirigimos a la autocaravana a saciar nuestro apetito. Comimos tranquilamente y luego descansamos un buen rato, sin hacer nada, simplemente escuchando la perfecta melodía de las olas chocando contra las rocas.  El lugar es realmente precioso, y lo mejor es que está a tan solo a un centenar de Kilómetros de casa. Cuando pienso en la de kilómetros que llegamos a recorrer en muchas ocasiones para descubrir lugares maravillosos, y resulta que tenemos un paraíso como éste a dos pasos.

Dejamos que pasaran las horas de más calor, para luego continuar con nuestros planes. En esta ocasión dejamos el bañador, las gafas de buceo y la toalla en la autocaravana y nos pertrechamos con las botas de treking,  ya que para esa tarde teníamos previsto hacer el camino de ronda que bordea toda la costa, desde Torre la Mora hasta Platja Llarga.

Eran varias las opciones que teníamos para iniciar el recorrido. Desde el interior del mismo camping hay dos caminos que conducen hacia él. El primero se inicia en la parte más alta de este, donde una puerta en la verja te permite adentrarte en el bosque. Para ello hace falta avisar en recepción para que alguien nos viniera a abrir,  lo cierto es que nos supo mal molestar por lo que decidimos buscar otra opción. El segundo camino se inicia a escasos metros de donde nos encontrábamos ya que discurre por los acantilados donde se situaba nuestra plaza. Intentamos iniciarlo, pero este año las zarzas están en auge, y después de pegarnos unos cuantos arañazos decidimos tomar otra opción menos tortuosa.

Finalmente decidimos salir del camping por la puerta “normal”, y coger el camino más habitual que lo rodea y que mucha gente utiliza para dirigirse a las conocidas playas de ese tramo de costa. Iniciamos el camino, cuya señalización es prácticamente nula. Solo nos encontramos al inicio un plano esquemático del lugar, con lo cual nos metimos sin saber muy bien que camino escoger. Al final, elegimos el camino más amplio y transitado ya que lógicamente era el que tenía más opciones de llevarnos a nuestro destino. Nos adentramos en el bosque, un pinar típicamente mediterráneo. La ruta carece de dificultad y la orientación es bastante sencilla, pues recorre en todo momento la línea de la costa.

El lugar es realmente bonito, por lo que no quisimos desaprovechar ni un momento. Andamos tranquilamente y comenzamos a vislumbrar lo que nos esperaba. Verdes intensos contrastados con dorados impresionantes. Paisajes abruptos se abrían ante nuestros ojos. Arboles retorcidos que nos mostraban sus rugosos trajes. Un mundo mágico que nos enseñaba su composición,  pinos, dunas y acantilados de color naranja. Estampas marcadas a fuego y montadas poco a poco a lo largo de los siglos. El viento había esculpido caprichosas formas a lo largo del recorrido que nos hacían una y otra vez parar para admirar la belleza de aquel paraje.

De pronto, empezamos a ver el mar a lo lejos. Habíamos llegado a la primera de nuestras paradas, la paradisíaca cala de Rocaplana, un lugar encantador en el que la vegetación llega hasta la arena abriéndose paso entre las rocas. El escondido y privilegiado enclave tanto de la playa de Rocaplana como la famosa Waikiki que luego visitaríamos, las hace estar muy frecuentadas por naturistas, quienes encuentran en ellas la tranquilidad que tanto cuesta encontrar hoy en día en la mayoría de la costa mediterránea.

Cuentan los cronistas locales que durante los siglos XVI- XVIII eran habituales los piratas argelinos en estas costas. Por su accesibilidad desde el mar, la playa de Rocaplana era una de sus playas preferidas para guarecerse y desembarcar antes de un ataque contra las localidades de los alrededores.

Apenas sin detenernos continuamos hacia nuestro siguiente destino, Waikiki, una cala situada en la mitad de un frondoso pinar y al abrigo de un cortado en vertical que dificulta el acceso y la aísla de miradas indiscretas. Son más de 200 metros de arena fina y aguas transparentes. Mucha gente aprovecha las propiedades minerales de la tierra amarillenta del cortado, rica en hierro, cobre y fosfatos para darse un baño de barro y exfoliarse el cuerpo.

En lo alto del acantilado, un pequeño sendero nos permitió rodear la cala disfrutando de las increíbles vistas que desde allí arriba se disfrutaba. Al fondo, siempre en alto y expectante la Torre Mora nos observaba como una fiel vigilante.

Seguimos adelante haciendo cientos de fotografías de los pequeños tesoros que nos íbamos encontrando. Había mucha gente pescando en lo alto de los acantilados, que le daba un toque marinero a todo aquel paraje.

Finalmente llegamos al destino final de la ruta, Platja Llarga, una playa semiurbana de fina arena, de 600 metros de longitud y 35 metros de anchura, de gran belleza natural al estar rodeada de pinos y naturaleza. En ella, centenares de bañistas disfrutaban de un magnifico día de sol y playa.

Nosotros llegábamos a ella cansados. Había sido cerca de hora y media de camino, pero quizás lo que más nos había agotado había sido el sol implacable que nos había acompañado durante todo el recorrido. Por suerte, la brisa fresca soplaba en Platja Llarga, por lo que decidimos aprovechar para descalzarnos y remojar un poco los pies dando un relajado paseo. Alargamos la caminata  hasta llegar al Bar del camping Las Dunas que se encuentre a pie de esta playa. Allí, compramos algún refrigerio ya que nos habíamos quedado sin agua por el camino, y ya de paso, descansamos sentados en sus blancas arenas.

Comenzaba a atardecer y todavía nos quedaba como mínimo otra hora de regreso, con lo que decidimos no posponer demasiado más la vuelta y re-emprender la marcha.

Para la vuelta decidimos coger algunos tramos alternativos, atajando un poco y ya de paso variando en cierta manera el recorrido, lo que en algún momento nos complicó la vida, ya que nos desorientamos un poco. Pero nada que no se pueda solventar volviendo a poner rumbo hacia la playa.

Llegamos al camping al atardecer. Desde la base de la Torre Mora, observábamos los cambios de tonalidades que se iban produciendo, dorados, naranjas, plateados, para una tarde perfecta. Nos quedamos allí observando el milagro que cada día nos regala la vida, y que a veces no aprovechamos por no tener ni un segundo para pararte y poder apreciarlo.

Nos duchamos y cenamos tranquilamente. Colocamos una velita en la mesa para que el firmamento, a parte de estar repleto de estrellas reales, se complementara con retazos artificiales de pequeñas lucecitas diseminadas por todo el camping.

Luego, fuimos a dar una vuelta. En la piscina del camping había un concierto, pero después de ver que la música era “pachanga”, nos encaminamos hacia el paseo marítimo. Allí, acariciamos las doradas luces nocturnas y terminamos de aprovechar este intenso día. Seguía haciendo un calor infernal, pero la dulce brisa que llegaba hasta nuestros rostros mitigaba el calor sofocante que habíamos pasado durante todo el día. Nos compramos unos helados y pusimos rumbo al camping. Estábamos realmente cansados, pero una última sorpresa nos esperaba.

Al subir hacia nuestra plaza nos encontramos poco antes de llegar, en lo alto del camping, con un firmamento multicolor, salpicado de pólvora y ruidosos chupinazos que desentonaban con una noche tan en calma como aquella. Tarragona estaba de fiesta, y nos posicionamos para contemplar aquellos fuegos artificiales sentados el uno junto al otro.

Cerramos los ojos y seguimos viendo los colores que acabábamos de observar en el firmamento y que se habían quedado gravados en nuestras retinas. El cielo ya estaba en calma, la brisa entraba suave por la ventana, y un dulce sopor nos comenzaba a ganar. Nos abandonamos en manos de un poderoso caballero llamado “sueño”.

Domingo:

Eran poco más de las nueve de la mañana y no se escuchaba ni una mosca en el camping. El calor volvía a ser sofocante, pero ya nos estábamos acostumbrando a él. La noche había sido placida y reconfortante. Habíamos dormido como niños y nos levantamos llenos de vida. Desayunamos en calma mientras volvíamos a admirar la belleza del lugar en el que nos encontrabamos.

La mañana había amanecido tranquila, y afortunadamente el mar era un manto verde turquesa. Parecía el  momento ideal para hacer una pequeña travesía en kayak, por lo que tan pronto como pudimos nos pusimos a inflarlo y a preparar el resto de material.

A la media hora, estaba todo preparado,  nos pertrechamos con todos los bártulos para realizar una salida que nos llevaría a descubrir el espacio natural de Torre de la Mora, pero en esta ocasión desde el mar. Nos dirigimos a la playa y como pudimos descendimos por las escarpadas escaleras con el kayak a cuestas, hasta que finalmente llegamos a la arena. Con cuidado nos abrimos paso entre la gente hasta llegar al agua.

Un suave oleaje nos dificultaba la entrada en el mar, consecuencia más bien de estar desentrenados. Finalmente, superamos esa primera dificultad y comenzamos a remar tranquilamente, disfrutando del entorno. El agua estaba tan cristalina que parecía haber un desierto de pequeñas dunas debajo de nuestros pies. Realmente el lugar era magnífico.

Rodeamos el peñasco en el que se alza la imponente  Torre de  la Mora. Junto a ella vimos también nuestra autocaravana, “Suny”, disfrutando de unas esplendidas vistas de toda la costa. Nos cruzamos con un par de kayaks  y es que, es este un deporte muy practicado en aquel increíble tramo de costa, y  seguimos remando plácidamente.

Poco a poco fuimos haciendo nuevamente el recorrido que la tarde antes habíamos realizado por tierra. Pasamos por delante de la playa de Rocaplana, llena de bañistas a aquellas horas. Desde el mar pudimos ver al final de la playa el pequeño sendero que se internaba en el bosque y aparecía de nuevo trepando por los abruptos acantilados hasta la Torre de la Mora.

Continuamos  hasta llegar a Waikiki. Las vistas desde el mar eran también increíbles, aunque lamentamos en esta ocasión no disponer de una cámara acuática con la que poder ofreceros una instantánea de aquel momento. Se aceptan donaciones :-) . Seguimos remando tranquilamente, bordeando toda la costa, disfrutando de un entorno privilegiado que lamentábamos no haber descubierto antes, y nos encontramos en la Punta de la Creueta, un compendio de rocas anaranjadas y puntas afiladas que dan la bienvenida una y otra vez a olas caprichosas que se desdibujan contra ellas.

Tras un último esfuerzo llegamos por fin a Playa Llarga, la cual se encontraba bastante concurrida a esas horas de la mañana. Con cuidado nos acercamos a la orilla y bajamos del kayak, haciendo una pequeña parada para descansar. Nos quitamos los neoprenos y nos tiramos sobre la arena para que los rayos del sol calentasen nuestros cuerpos y de paso igualar el moreno a tiras de nuestro cuerpo. Después de estar un buen rato allí tumbados, volvimos a calzarnos los neoprenos y nos adentrarnos nuevamente en el mar.

Decidimos dar un pequeño y relajado paseo, remando pausadamente, y disfrutando de la increíble vista de Platja Llarga desde lo lejos. De pronto varias decenas de gaviotas comenzaron a agruparse a nuestro alrededor y a tirarse en picado muy cerquita de donde nos encontrábamos. La estampa nos hizo gracia y decidimos acercarnos todavía más a ellas. El agua cristalina nos permitía ver un enorme banco de peces moviéndose rápidamente bajo nosotros, intentando no ser engullidos por las glotonas gaviotas. Era todo un espectáculo y nosotros nos encontrábamos justamente en medio. Una y otra vez las incansables gaviotas se tiraban de cabeza y una y otra vez salían sin su anhelado premio. Después del agotamiento se dejaron llevar como nosotros, meciéndose sobre  las aguas.

Nos quedamos allí parados durante un buen rato, disfrutando de la escena, hasta que decidimos ponernos nuevamente en marcha. Al dar media vuelta nos encontramos con un fenómeno demasiado habitual en estos casos, y es que el viento soplaba de cara, lo cual nos dificultaría el regreso al camping. Con paciencia, remamos poco a poco pero incesantemente, recorriendo nuevamente toda la costa, hasta que vimos a lo lejos la cala del camping donde habíamos iniciado nuestra excursión.

Desembarcamos surfeando sobre las olas, hasta que finalmente el kayak quedó embarrancado en la arena. El día era esplendido y la cala estaba relativamente tranquila por lo que decidimos tumbarnos un rato y tostarnos al sol.

Lo cierto es que después de un invierno tan largo y frío echábamos de menos la sensación de la arena ardiendo bajo nuestros pies y el sol abrasador que te obliga a ir constantemente a remojarte al agua. Uno de aquellos placeres, del que sin tener demasiado sentido, a todos nos gusta tanto disfrutar.

Nos hubiésemos quedado allí mucho más pero el medio día estaba cerca, y como aquella cenicienta que cuando llega la media noche, tiene que abandonar su mágica estancia, a nosotros nos sucedió lo mismo al tener que abandonar la plaza en la que nos encontrábamos. Por suerte, conseguimos convencer a los encargados del camping para que nos dejaran al menos comer tranquilamente en sus instalaciones y después marcharnos, lo que nos permitió comer con relativa calma antes de regresar a casa.

Mas tarde, como aquel niño que regresa de la playa cargado con el cubo, la pala, y demás enseres con los que ha disfrutado todo el día, nos pusimos a guardar el kayak, los remos, las gafas, las aletas, toallas, y un largo etc… de trastos que nos han permitido disfrutar de un magnifico fin de semana de verano.

Que rápido se pasa el tiempo cuando lo estas pasando tan bien, verdad? Pero no se puede pedir más. Ha sido un fin de semana muy completo en el que hemos disfrutado de deportes acuáticos, de trecking, de playita, de piscina, y de relax, una mezcla perfecta para un caluroso mes de Julio.

Ruta de los Corsarios from conrad y echobelly on Vimeo.

Créditos vídeo: Nouevelle Vague- The girl from Ipanema

7 Comments + Add Comment

  • Hola chicos:

    Me ha gustado mucho, mucho, muchisisisimo! jeje. Joer que chulada el camping, eso si que es un camping y lo demas son tonterias.

    El relato como siempre genial. La salida el kayak chulisima, los fuegos arficiales especiales y el trecking muy apetitoso.

    Vaya, un diez como de costumbre. Además con el calorazo que esta haciendo por Zaragoza, solo ver un oasis como ese, se me cae la babilla y se me hace la boca agua…jeje.

    Un besazo a los dos.

  • Hola guapa, que alegria! Pensaba que ya estabas de vacaciones. Como siempre gracias por tus comentarios. La verdad que esta zona es un oasis como bien has dicho. Aguas tranquilas en un entorno impresionante.

    Bueno, y vosotros cuando y donde os vais?… A nosotros todavia nos quedan casi 15 dias antes de irnos, y se nos esta haciendo “interminableeeeeeeeeeeeee”.

    Espero que lo paseis genial, y que a la vuelta lo conteis jajaa

    Besitos a los dos.

  • Hola otra vez. Pues nos vamos hacia Holanda, con vuestro relato jejej, el día 3 de Agosto, con lo cual ya nos queda muy muy poquito. Ya os contaremos a la vuelta.

    Os deseamos lo mismo a vosotros, que lo paseis de PM.

    Psdt: Bernardo dice que esta atacaooooo de los nervios y con unas ganas locas de seguir vuestros pasos por tierras Holandesas.

    Besitos desde Zaragoza.

    Maria y Bernardo.

  • Que envidia Maria, lo vais a pasar bomba, Holanda es una preciosidad y si teneis suerte con el clima, os parecera mas bonito todavia.

    Jolin, que poquito os queda… Nos dais envidia de la mala. Nosotros tendremos que seguir cociendonos todavia un poco mas en Barcelona, pero con un poquito de paciencia, nuestro día de salida llegara pronto!!!

    Un besazo enorme a los dos. Pasarlo de PMMMMMMM

  • ¡Qué bien montado! Menudo finde más completo os pegasteis: snorkel, trecking, kayak, playa, fiestas,… y todo a una hora de casa.
    La verdad es que a veces no valoramos en su correcta proporción la cantidad de cosas buenas y destinos increíbles que tenemos cerca de nuestro hogar. Parece que siempre haya que hacer miles e kilómetros para que las playas sean más playas o los montes más montes.
    Aunque teneis que reconocer que vivís en una zona bastante bien avenida en ese aspecto ¡eh! jejeje.
    Un saludo y que disfruteis de las vacacioneeees.

  • [...] el intento encontraréis muchas rutas y experiencias interesantes. Estos días nos han descubierto la ruta de los Corsarios, en la costa de Tarragona, con paradas en el espacio natural de la punta de la Mora hasta Platja [...]

  • Hola Jony, La verdad es que somos unos privilegiados como dices, por que tener este paraiso tan cerquita de casa no tiene precio.

    Ciertamente la zona da para mucho, y nosotros lo aprovechamos a tope… Ya nos conoces! jaja

    Ala, a esperar que ya queda naaaaaaaaaaaa para irnos de vacas! Ya contareis al final donde habéis terminado con vuestra ruta!

    Lo dicho, a pasarlo bien y luego a contarlo jaja

    Saludetes

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