Cabreres 2010, regresando a los orígenes.

jul 11, 2010 by     No Comments    Posted under: Eventos

Sufrimiento sea probablemente la primera palabra que me viene a la cabeza cuanto pienso en ciclismo, y sin embargo es un deporte que me fascina desde que tengo edad para pedalear. Sufrimiento parece ser también la palabra que han elegido los organizadores del Cabreres·btt para inspirarse a la hora de escoger el recorrido de la edición de este año 2010, en el que la famosa maratón popular ha regresado a sus orígenes, ofreciéndonos un recorrido duro y espectacular, que para esta ocasión, ha dejado a un lado la competitividad del evento.

Acudíamos a la decimoctava edición del Cabreres·btt sabiendo a lo que nos vamos a enfrentar. Era nuestra segunda asistencia al evento y eso le confiere a uno cierta tranquilidad de que ya sabe lo que es terminarlo. No nos engañemos, un “halo” de dureza envuelve a esta salida en los ámbitos del ciclismo de montaña, pero la pasada edición a mi me pareció un recorrido duro pero asequible para los que simplemente nos gusta disfrutar del “mountain-bike”.

Para esta edición teníamos previsto reunirnos, además de con el grupo de amigos con los que hicimos la ruta el año pasado, con un grupo de autocaravanistas aficionados al ciclismo de montaña con los que coincidimos en un foro de Internet, para vernos, charlar e intercambiar opiniones antes de la pedalada, e incluso en algún caso para realizarla conjuntamente. Y es que de hecho probablemente sea esto lo que más me gusta del Cabrerés, su carácter festivo y el gran ambiente de deporte que se respira durante todo el fin de semana.

Tras debatir el lugar en el que concentrarnos, finalmente decidimos que dado el elevado número de autocaravanas que nos íbamos a juntar (11 en total), lo mejor sería utilizar la zona de acampada prevista en el centro de la población y que ya utilizamos la pasada edición. El principal inconveniente de la misma es evidentemente el precio, nueve euros por persona, un coste algo elevado para familias numerosas quienes lo único que necesitan es un lugar donde poder dormir. Pero teniendo en cuenta lo bien ubicada que se encuentra, junto a la salida de la “cursa”, y entonando aquel “un día es un día” nos citamos todos allí el sábado 22 de mayo.

Día 1. Sábado.

Teniendo en cuenta lo cerca que l‘Esquirol está de Barcelona, en esta ocasión decidimos salir tranquilamente el sábado por la mañana y así llegar lo más descansados posibles. Finalmente, entre recoger y salir acabamos llegando poco antes de la hora de comer a Santa María del Corcó. El día, muy caluroso, aconsejaba buscar un lugar con algo de sombra. Lamentablemente la parte baja de la zona de acampada se encontraba prácticamente llena, y por otra parte el pronóstico de lluvia para la tarde del sábado, por impensable que fuera en aquel momento, desaconsejaba hacer “cuatro por cuatro” con la autocaravana, no fuese que no pudiéramos salir de allí al día siguiente.

Como en tantas otras ocasiones, nos costó horrores decidir dónde poner la autocaravana. Que si “ahí estará un poco inclinada”, que si “ahí pegara mucho el sol”, y así entre ir de un lado para otro buscando un lugar, nos fuimos encontrando con muchos de los “foreros” con los que nos habíamos citado. Tras decidirnos finalmente por un lugar, comimos algo y nos dispusimos a disfrutar de la tarde. Nuestra intención era dar un paseo por los alrededores de l’Esquirol, por los que el amigo Josele nos recomendó una bonita ruta, pero nos entretuvimos charlando antes de salir con lo que se nos echó encima la hora , y empezaba la mini-cabreres, un acto que no quisimos perdernos.

Cientos de niños salieron disparados como la vida les fuera en ello. Otros más pequeños, se sentían ya ganadores con tan solo lograr no caerse de la bici. Algunos padres se unían a la carrera, velando por sus “pequeños” y aportándoles la sabiduría que sus años sobre dos ruedas les ha brindado. Pero lo mejor de todo es que todos, mayores y pequeños, disfrutaban de un deporte apto para todas las edades.

Disfrutamos de la estampa, divertida donde las haya, y en cuanto perdimos de vista el último niño nos dirigimos a las carpas de la organización para, ya que estábamos allí, recoger el dorsal para el día siguiente. Al parecer los efectos de la crisis han llegado también al mundo del deporte: Donde había un precioso dorsal de plástico, este año habia uno de papel teóricamente resistente al agua. Donde había bidones de agua y cámaras de repuesto, este año dos barritas energéticas. Y en lugar del chip para controlar los tiempos y establecer una clasificación este año entonaban el “hágaselo usted mismo”. La excusa a este último cambio, muy discutido por muchos participantes, era que este año la prueba no era puntuable para el Open Provincial de Barcelona como lo fue el paño pasado, y al ser una salida popular sin ánimo de competición no resultaba necesario establecer una clasificación.

Respecto todos estos cambios tan solo emitir dos comentarios: En primer lugar, sí que es cierto que los asistentes al Cabreres lo hacemos de forma lúdica, tan solo a disfrutar del paisaje, pero también lo es que el ciclismo es un deporte donde uno se exige siempre el máximo a sí mismo, y disponer de un control de tiempo es algo que a todos nos gusta, además de que permite una mayor fluidez de los ciclistas a la hora de salir. Y en segundo lugar, encuentro lógico que hagan recortes en un año de crisis, pero de ser así quizás también lo deberían haber hecho en el precio de la inscripción.

Estábamos debatiendo con los organizadores sobre los pros y contras de esos cambios cuando de pronto la lluvia se apodero de toda nuestra atención. Una fina lluvia que estaba cayendo se transformó en una fuerte tormenta de la que todos nos intentábamos resguardar. -“Pobres niños”- dijo alguien, y es que apenas hacia 5 minutos que habían iniciado el recorrido de Mini-Cabreres. Tras un buen rato la tormenta cesó, momento que aprovechamos para ir corriendo a la autocaravana a cambiarnos de ropa pues estábamos empapados.

Por el camino vimos como empezaban a llegar las pobres criaturas, rebozadas en barro. Pero lo cierto es que sus caras no mostraban pena sino más bien lo contrario, orgullo tras haber vivido aquella pequeña aventura y llegar como auténticos campeones.

Ya en la autocaravana y tras el susto al ver que el aguacero por poco destroza el toldo de la autocaravana, nos quedamos por la zona de pernocta, charlando con los amigos, recibiendo a algunos que llegaban, y preparando nuestras “burras” para la paliza que les esperaba al día siguiente, hasta que bien entrada la noche nos resguardamos en nuestros pequeños hogares para cenar bien y acostarnos prontito que al día siguiente había que madrugar, o quizás no tanto ya que todavía hubo tiempo para un café y unas risas antes de irnos a dormir.

Día 2. Domingo.

Eran poco más de las seis de la mañana cuando el “campamento” se puso en pié. La hora de salida establecida por la Organización era un margen de tiempo de entre las siete y las nueve de la mañana, algo que el año pasado facilitó una salida sin embotellamientos. Sin embargo este año, al no disponer del chip de control de tiempo, todos se apresuraban en salir lo antes posible. Nosotros, teníamos previsto salir sobre las ocho de la mañana, pero aun así el escándalo no nos permitió alargar el sueño.

Saqué la cabeza por la ventana para ver que tal había amanecido el día. Por increíble que parezca una densa y húmeda niebla lo cubría todo, haciendo de aquel un paisaje poco apetecible para ponerse a pedalear. El pronóstico era de calor, pero a esas horas hacia un frio considerable que quitaba las ganas de ponerse el maillot de manga corta. Tras desayunar bien y abrigarme, salí a encontrarme con los compañeros de fatiga. El primero, Sepu, lo tenía en la autocaravana justo de al lado. Con cara de nervios nos dimos los buenos días y empezamos a preparar el material. Algo más tarde llegaron los compañeros que venían desde Barcelona, con lo cual eran cerca de las ocho y media cuando tomábamos la salida.

Por suerte la niebla aunque persistía empezaba a levantarse por lo que decidimos dejar la ropa de más abrigo en “casa”. Entre risas tomamos la salida y un pequeño paseo cruzando l’Esquirol nos sirvió para desentumecer los músculos antes de adentrarnos en la montaña. Tras alguna que otra subida y bajada para calentar empezó el Cabrerés. Como primer plato una subida de cerca de algo más de tres Kilómetros, algo que ya sabíamos. Lo que no imaginábamos es que algunos tramos de la subida era imposible hacerlos pedaleando.

Entonando aquel “esto lo hacen para asustarnos” pusimos al mal tiempo buena cara y nos esforzamos por hacer la mayor parte de la subida dándole a los pedales, y la que no pudimos… a pie (y mira que me gusta poco). El sol empezó a brillar con fuerza y pronto empezaron a sobrar todas aquellas prendas de abrigo que nos habíamos dejado puestas por precaución. Coronamos ese primer repechon, e iniciamos un rápido descenso que nos adentró nuevamente en la niebla, nublándonos la vista y haciéndonos caer alguna que otra lagrimilla por el frio. Una verdadera lástima porque algunos de los caminos por los que estábamos pasando nos hubiesen permitido disfrutar de una maravilla de paisajes en un día sin una densa niebla como aquella.

Iniciamos un nuevo ascenso, ahora sí, de cerca de 15 Kilómetros alternados con alguna que otra bajada que nos llevaría hasta la Butifarrada en mitad de la carrera. Abandonamos finalmente la niebla, lo que nos permitió disfrutar de algunos tramos de unas increíbles vistas del Collsacabra, recordándonos el porque de nuestra asistencia a este evento. Y la verdad es que por mucha “carrera” que fuera eran pocos los ciclistas que no se paraban al pié de aquellos impresionantes acantilados para sacar una instantánea de aquel momento.

La lluvia caída la tarde anterior tuvo también su papel en esta carrera, dejándonos como recuerdo unos bonitos tramos de barro y charcos en los que los ciclistas nos pudimos rebozar completamente. Lamentablemente, en demasiados tramos la organización se empeño en hacernos subir por cuestas llenas de piedras y muy trialeras que no había otra forma de subir que no fuera a pié, un intento a mi entender poco afortunado de devolverle la dureza al evento. No me entendáis mal, me encantan las subidas, pero para hacerlas montado en la bici y no con ella a hombros.

Finalmente, llegamos a la butifarrada. Después de un primer avituallamiento donde apenas pudimos disfrutar más que de bebida isotónica aguada y cuatro trozos de naranja no esperábamos mucho de aquel desayuno. Un “bocata” más bien frio y un vasito de zumo fueron el resultado. Resignados ante el efecto de la “crisis” en el evento, nos tomamos un pequeño descanso para recuperar fuerzas.

Emprendimos nuevamente la marcha y nada mejor para digerir bien el almuerzo que un buen descenso. Nada de pistas amplias con buen firme, en esta ocasión había llegado el momento de las trialeras y los caminos ratoneros que tanto me gustan. Después de tanta subida y sufrimiento teníamos ganas de divertirnos, y vaya si lo hicimos, tanto que como resultado tuvimos un pinchazo en la bici de “Sepu”, eso sí, lo bien que nos lo pasamos no nos lo quita nadie. Al puro estilo Formula 1 reparamos la rueda en un santiamén y reemprendimos la marcha. Lógicamente, el descenso había sido tan solo un espejismo, y rápido volvimos a encontrarnos con esas agónicas subidas que tanto caracterizan al “mountain-bike”. En esta ocasión no había piedras, pero el barro resultante del diluvio del día anterior, y los miles de ciclistas que habían pasado ya por allí dejaron un camino en algunos tramos impracticables, pero muy divertidos.

Luego, un rápido descenso por una pista asfaltada nos permitió descansar un poco los brazos, a la vez que innumerables carteles nos avisaban que tuviéramos cuidado con la velocidad ya que nuestros neumáticos no eran los más adecuados para ello. Apenas sin darme cuenta pasé por el tercer avituallamiento, donde nos ofrecían nuevamente un chiringuito con una mesa llena naranjas para degustar. Pase de largo mientras pensaba “a quien se le ha ocurrido poner el avituallamiento en mitad de la bajada” y continué pegado a la rueda de otro participante que llevaba buen ritmo. Tanto le seguí que perdí a Sepu, y teniendo en cuenta que ya eran pocos los Kilómetros que quedaban pensé que ya nos veríamos en la meta.

Un último tramo de descenso por sinuosos y estrechos caminos me ofreció probablemente el tramo más divertido y espectacular de este Cabrerés. En una de las curvas no pude evitar detenerme para tomar una fotografía y es que aunque voy al Cabreres a correr, lo hago para divertirme y no para llegar el primero. Me detuve junto a un motorista de la organización con quién comenté la excepcionalidad del paisaje, a lo que el lamentó la niebla que no nos había permitido disfrutar de las excepcionales vistas del primer tramo.

Continué mi descenso, agotado pero a la vez extasiado por lo divertido del recorrido cuando de repente me encontré una cola de ciclistas parados. Retenciones en medio de la ruta? Esto es ya lo último. Al parecer poco más adelante había un paso complicado para cruzar el rio que no había otra manera de pasar que no fuera uno a uno. Resignado, entablé charla con los compañeros de espera, y es que sin duda lo mejor de este mundillo es el “buen rollo” que en él se respira. Más de media hora después cruzábamos los pasos complicados, y llegábamos a uno de los rincones más singulares y mágicos de este Cabrerés. Un pequeño y añejo puente de piedra se alzaba por encima del rio en medio de los densos árboles, una estampa que todos nos apresuramos a fotografiar.

Finalmente y tras dar las últimas y sufridas pedaleadas llegué a la meta, exhausto pero contento por haber terminado de nuevo otra edición del Cabrerés. Allí nos fuimos reuniendo poco a poco con todos los amigos con los que iniciamos la ruta, para dirigirnos luego en búsqueda de nuestro preciado trofeo, el maillot, y por supuesto algún líquido con el que refrescarnos.

Ya de regreso a la zona de acampada nos fuimos encontrando con todos los que habían participado en la salida. Como en todo había opiniones para todos los gustos. Había a quien no le había gustado nada, y también quien decía que era el mejor recorrido que habían hecho nunca. En mi caso, tampoco he realizado tantas salidas de este tipo pero en mi opinión había mejorado mucho en paisajes respecto a la del año pasado, pero sin embargo las duras trialeras por las que nos habían hecho subir la habían hecho en algunos momentos un poco “cansina”, sobretodo porque como ya he dicho … yo había venido a pedalear, y no a andar.

Una vez comimos algo y nos pegamos una ducha que nos permitiera volver a sentirnos personas, nos despedimos uno a uno iniciando cada uno el recorrido a su próximo destino. Para algunos ese destino era el hogar ya que tenían que trabajar al día siguiente. En nuestro caso disponíamos de un día mas que nos permitió relajarnos tranquilamente, tostándonos al sol en las doradas arenas de la playa de Sant Pere Pescador.

En aquel momento muchos nos preguntábamos si repetiríamos al año próximo. La verdad es que la prueba es excepcional pero las aglomeraciones de tres mil ciclistas pedaleando a la vez y una organización no demasiado convincente en esta edición, me plantea muchas dudas de cara a repetir el año que viene. Ahora, después de muchas semanas de haber realizado la salida, si alguien me pregunta, le diría que probablemente repetiré, porque realmente el Cabreres es mucho más que una salida de btt. Es un encuentro al que asistimos muchos de los que nos gusta este deporte y en el que creo que sigue mereciendo la pena participar.

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