Alemania Central

may 9, 2011 by     9 Comments    Posted under: Autocaravana, Deportes, Grandes viajes, Trekking

Cada vez nos adentrábamos más en la zona centro de Alemania, concretamente en regiones como la baja Sajonia-Bremen, Turingia y Sajonia-Anhalt, y Norte de Baviera, de las que a excepción de alguna población, muy poco habíamos oído hablar de ellas. Esto convertía nuestro paso por estas regiones en una de las grandes incógnitas del viaje, por lo que estábamos expectantes por lo que nos íbamos a encontrar.

Lamentablemente, el fantástico clima veraniego del que habíamos disfrutado los primeros días del viaje, parecía ir poco a poco abandonándonos, pues las noches resultaban cada vez más lluviosas y los días más grises, algo que, aunque ya imaginábamos que nos podía suceder, siempre le cuesta a uno asimilar.

Afortunadamente, una vez solucionados los problemas mecánicos en nuestra autocaravana, e inmersos en el país germano, nos encontrábamos dispuestos a seguir descubriendo más tesoros de un país, cuyas primeras instantáneas nos habían dejado un agradable sabor de boca.

Día 6: Rothenburg ob der Tauber – Wartburg

Nos levantamos en un día tan gris, que parecía que aun no había amanecido. Tras una noche de incesante lluvia, el día resultaba realmente desapacible, pues la luz apenas entraba en la autocaravana. Desayunamos con una sensación extraña. Nos pusimos los chubasqueros y las botas para no mojarnos demasiado, pues aunque a ratos parecía cesar, un aguacero tremendo estaba descargando sobre Rothenburg aquella mañana.

Nos encaminamos hacia el centro de la población. Estaban cayendo literalmente chuzos de punta, y tan solo teníamos un pequeño paraguas para cobijarnos. Vislumbramos una tiendecita abierta y nos acercamos para preguntar si tenían paraguas. Compramos uno, horroroso, pero es que madre miá, que diseños mas feos tenían! Emprendimos la marcha de nuevo bajo aquel paraguas fucsia, viendo la vida de color de rosa, pero casi sin poder apreciar la ciudad que teníamos ante nuestros ojos. Con este panorama intentamos centrarnos en Rothenburg.

A mediados del siglo XIX, Rothenburg fue descubierta por pintores de la talla de Carl Spitzweg y Ludwig Richter, que vieron en el lugar la esencia del pasado romántico alemán, lo que la convirtió en parada obligatoria para los viajeros británicos que se dirigían al sur, hacia Suiza e Italia. Fue así como los lugareños se dieron cuenta de que su futuro dependía del turismo, y de una de las políticas conservacionistas mas restrictivas de Alemania, que llevaron a prohibir cualquier intrusión moderna, como rótulos de tiendas, que pudieran dañar su imagen medieval.

Una de las mejores maneras de disfrutar de unas buenas vistas de Rothenburg, es desde las alturas, subiendo a lo alto de la gran muralla que la rodea y que dispone de un camino que permite circunvalar la ciudad. La muralla data del siglo XIII, pero fue reconstruida después de los daños sufridos en la Segunda Guerra Mundial, siendo los propios soldados Norteamericanos y Británicos, los que con sus donaciones hicieron posible su reconstrucción. Hoy en día existe un programa para su mantenimiento en el que, todo aquel que done más de 1.000 euros tendrá una piedra marcada con su nombre y lugar de procedencia (en el tramo de muro cerca del bastión del hospital).

A nosotros, a parte de las impresionantes vistas, lo que mas nos gusto de este camino fue que estaba bajo techado, lo que nos permitió disfrutar de la ciudad desde un lugar un poco mas resguardado, puesto que seguía lloviendo sin cesar. La techumbre aparecía ante nosotros brumosa, y sus colores vivos contrastaban con el tono grisáceo que tenia Rothemburg a aquellas horas. Sus casitas de madera daban un aspecto acogedor al lugar, pero lo desolado del día hacia que tuviésemos una sensación un tanto fría del entorno.

Una vez terminada la ruta “aérea”, pusimos nuestros pies en una tierra repleta de charcos relucientes. Como hubiéramos disfrutado con unas buenas botas de agua. La incesante lluvia sonaba atronadora bajo nuestro paraguas, y un millar de diminutas gotas de agua resbalaban sin piedad sobre nosotros. Aun así, nos adentramos en sus callejuelas, perdiéndonos a través de calles empedradas y de escaparates deslucidos por la tormenta. No había ni un alma recorriendo la ciudad, únicamente algún que otro turista que, como nosotros, se resistía a no disfrutar de la localidad, pero poco más.

Visitamos sus famosas tiendecitas navideñas y compramos varias figuritas para el árbol de navidad. En aquel momento, empapados, pensamos en lo bonita que tendría que ser Rothemburg en Navidades, con sus callejuelas alegres teñidas de un blanco inmaculado por la nieve, y adornadas con cientos de guirnaldas y lucecitas, que darían un aspecto de cuento mágico a todo el entorno, realmente tendría que ser como vivir en una postal navideña.

Mas tarde, nos dirigimos hacia la zona sur de la población. Allí, sus murallas dan paso a un pequeño jardín, en el que se halla un mirador cuyas fantásticas vistas son muy recomendables, siempre y cuando tengáis la suerte de visitarla en un día soleado. Nosotros, simplemente pudimos constatar que nos encontrábamos bajo un mar inmenso de nubes grises y a parte de la borrasca, poco más pudimos observar.

Congelados y empapados, parecíamos uno de los personajes de Dickens, la única nota de color en aquel fantasmagórico lugar, lo daba nuestro paraguas fucsia, que era el contrapunto perfecto a tanto gris y blanco. Decidimos regresar finalmente a la autocaravana. Habíamos hecho cientos de fotos, pero lamentábamos que en un día tan gris y feo como aquel, no reflejaran la autentica belleza del lugar, cuya importancia turística es realmente merecida.

Al volver hacia la autocaravana, nos encontramos en el mojado pavimento, un montón de dibujos infantiles, que debían haber trazado los alumnos de algún colegio cercano. Parecía como si camináramos por el mágico camino de Oz, pero esta vez íbamos encontrando pequeños tesoros: un pez azul, un corazón rojo, un pulpo verde y todo ello, bajo la incesante lluvia de Rotheburg.

Una vez nos hubimos puesto ropa seca, y nuestras manos comenzaron a perder el color rojizo que nos había producido la fría mañana en Rotheburg, nos tomamos un chocolate calentito, para recuperar las fuerzas y el color habitual de nuestra piel. El mundo se ve de otra manera con un buen chocolate humeante. Abrimos el mapa para determinar nuestro próximo destino. Junto a nosotros se encontraba la Romantic-Strasse, con inicio a los pies de los Alpes, donde años atrás visitamos el famoso castillo del Rey Loco, un lugar mágico que nos encanto, pero que en esta ocasión no volveríamos a visitar.

La carretera romántica, nos ofrecía un recorrido a través de las poblaciones de Tauberbischofsheim, Bad Mergentheim, Feuchtwangen, Dinkelsbühl, Nördlingen, Donauwörth y Füssen, pero lamentablemente, el tiempo no era el mas apetecible para hacer una ruta visitando pueblecitos, por lo que decidimos limitarnos a aquellas visitas que pudiéramos hacer “bajo techo”. Eso nos conducía a la ciudad de Würzburg, donde llamaba poderosamente nuestra atención la visita a la Residenz.

Llegamos a Würzburg cerca de la hora de comer. Una ciudad grande y bulliciosa se abrió ante nosotros. Antigua población universitaria, conocida por el descubrimiento del físico Wilhelm Konrad Roentgen de los rayos X, en 1895. No estaba en nuestros planes visitarla, por lo que nos dirigimos directamente a la Residence. Llegamos hasta ella bajo otro aguacero. Justo delante, un amplio parking nos permitió aparcar cómodamente. Al menos así no tendríamos que andar demasiado y volvernos a mojar otra vez. Aprovechamos para comer, mientras veíamos por la ventana la tremenda tormenta que caía en el exterior.

La Residenz es uno de los mejores edificios barrocos de Alemania. El proyecto fue encargado a Balthasar Neumann, que se inspiró, como era natural en la época, en el Palacio de Versalles contando también con la colaboración del arquitecto Hildebrandt. La primera piedra se colocó en 1720 y las obras se prolongaron hasta 1740. Una de las grandes obras que atesora este palacio es su gran escalera. Esta es de tipo imperial con una rampa inicial que se bifurca en dos. El artífice de ella fue Neumann, y para completar esta obra Tiepolo se encargo de la decoración pictórica de la bóveda, creando una de las mayores obras al fresco del mundo, que rivaliza con la del salón del trono del Palacio Real de Madrid, realizada también por el mismo artista.

Al igual que en la escalera, para la decoración del fresco de la Sala del emperador, se eligió también a Tiépolo. Esta sala esta situada en el centro de la fachada trasera, se abre hacia el parque del palacio y atestigua la estrecha relación entre Würzburg y el Sacro Imperio. Los palacios se siglo XVIII eran inconcebibles si no se rodeaban de espectaculares jardines. Para esta residencia, Neumann los diseño poniendo la naturaleza al servició de la ornamentación, con fuentes, paseos, estanques, estatuas… Estos jardines se concluyeron con la creación de un bosque inglés, el cual, aun siendo totalmente artificial y creado por la mano del hombre, da la impresión de ser natural y salvaje.

Este palacio puede que sea uno de los mas representativos del barroco centro-europeo. Esto hace que estéticamente este bastante alejado de los gustos de la Europa mas occidental, y nos resulte excesivamente oscuro y triste a la vista, sobretodo arquitectónicamente hablando, debido a su duro barroco. Nada mas entrar, pasamos por taquilla para sacar los tickets, a razón de siete euros por persona. Pedimos algo de información sobre la visita, y nos dijeron que se tenia que pagar a parte, a lo cual contestamos un -”no, gracias”-, pues nuestra guía ofrecía mucha información, y tampoco nos pareció lógico que cobraran la información a parte. A continuación, una amable señorita nos dijo que teníamos que dejar todo, mochila y cámara en consigna, pues estaba totalmente prohibido fotografiar el lugar, lo que nos indignó todavía más.

Lo cierto es que ya iniciamos la visita algo descontentos, pero a medida que continuábamos, lo estábamos aun más. Cierto es que la Residenz tenia su encanto, pero tampoco encontramos en ella nada que nos resultara excepcional, quitando el impresionante fresco de Tiepolo, que es magnifico, por lo que decidimos hacer el recorrido sin perder demasiado tiempo.

La verdad es que salimos con la sensación de que nos habían tomado el pelo, más aún cuando nos dimos cuenta, de que el acceso a los jardines de la Residenz eran gratuitos, ya que en parte ellos habían sido los culpables de que hubiésemos ido hasta allí. Supongo que el mal tiempo que estábamos teniendo, nos había jugado una mala pasada, y no habíamos mirado bien la información antes de entrar, pero una vez allí, ya no podíamos hacer nada, simplemente intentar disfrutar de los jardines y poco más. Dimos un pequeño paseo, aprovechando que la lluvia nos ofrecía una pequeña tregua. Hicimos cuatro fotos, hasta que el tiempo volvió a empeorar. Con un total desanimo, volvimos hacia la autocaravana.

La verdad es que con aquel tiempo poco mas podíamos hacer, y tampoco nos apetecía adentrarnos en una ciudad cuya visita no teníamos planeada. Decidimos mejor aprovechar aquellas horas de mal tiempo, para recorrer los Kilómetros que nos separaban de nuestro siguiente destino, deseando que allí tuviéramos mas suerte con el tiempo.

Regresamos a la autocaravana, pagamos el parking (4 euros), y emprendimos el camino hacia Eisenach, población situada en el estado federado de Turíngia, en la cual se encuentra el castillo de Wartburg, otro de los lugares que teníamos pensado visitar. Cerca de 180 Kilómetros eran los que teníamos hasta allí por lo que, según nuestros planes, nos daría tiempo a llegar tranquilamente en un par de horas, encontrar lugar donde dormir, e incluso salir a dar una vuelta si el tiempo nos lo permitía.

Decidimos tomar la carretera 19 que nuestro mapa señalaba como especialmente bonita, pero la verdad es que nunca la llegamos a conocer, puesto que a la altura de Walldorf nos encontramos que, apenas sin aviso previo, estaba cortada. Nos pusimos a dar vueltas, guiados por un GPS que parecía haberse vuelto loco y es que parecía no existir un recorrido alternativo que no nos obligara a dar una vuelta kilométrica. Cansados, paramos un momento en un cruce a pié de carretera. La casualidad quiso que en aquel momento apareciera un vehículo, cuyo conductor paró, bajó del coche, y se acercó hacia nosotros. Ya pensaba que venia a echarnos la “bronca” por quedarnos allí en medio parados, pero lo que hizo fue preguntarnos si necesitábamos ayuda. Nos miramos, sorprendidos por su gesto de amabilidad, y le indicamos como pudimos, pues solo hablaba alemán, que la carretera estaba cortada y que no sabíamos como llegar a Eisenach.

El hombre nos indicó el camino alternativo que debíamos tomar, así que con un “vielen dank” (muchas gracias) nos despedimos de él y continuamos con nuestra ruta. Desde luego si he de recalcar algo sobre este viaje, es sin duda, la extrema amabilidad de la gente, ya que ha sido una constante en toda nuestra ruta. La carretera alternativa fue relativamente buena, pero entre el mal tiempo, que no mejoró demasiado, y el rodeo que tuvimos que dar, llegamos a Eisnach mucho mas tarde y cansados de lo que hubiésemos querido.

Era ya prácticamente de noche por lo que decidimos buscar el área, pero aquel no parecía ser nuestro día. Unas obras en la carretera no nos permitían llegar a la que había a las afueras de Eisenach, por lo que tuvimos que dirigirnos a una situada a aproximadamente 5 Kilómetros. Llegamos a ella con poca luz, pero con la suficiente para ver que el área estaba totalmente anegada por la lluvia. Además, las instalaciones estaban en obras, por lo que nos veíamos en un barrizal, con el depósito de agua casi vacío y encima teniendo que pagar 6 euros por pasar allí la noche. Definitivamente este no era nuestro día.

Tomamos aire y pensamos que quizás en el castillo de Wartburg habría un parking en el que poder dormir y así a la mañana siguiente visitarlo sin tener que movernos, y hacia allí que nos fuimos. Llegamos a él, y lo encontramos inmerso en una densa niebla, que hacía de aquel el escenario perfecto para cualquier película de terror. Afortunadamente junto a su acceso había un parking, y en él un par de autocaravanas aparcadas. -”Aleluya”- dijimos, y nos dispusimos a acomodarnos.

Pero, aunque no os lo creáis, nuestro día no termino allí, pues de camino hacia el castillo, habíamos parado en una gasolinera cercana para llenar gasoil y agua. Resulta que, con el ajetreo por entendernos con los dueños de la gasolinera en nuestro precario alemán, nos habíamos olvidado allí el tapón del agua, por lo que tuvimos que hacer nuevamente el camino de ida y vuelta, añadiendo otros 10 Kilómetros a los realizados durante el día.

Si el infierno existe, aquel día fue lo mas parecido a estar viviendo en el. Al fin llegamos, nos acomodamos, cenamos algo, y caímos rendidos en la cama, deseando recuperarnos lo antes posible, del desgaste que nos había provocado aquel día “pasado por agua”.

Día 7. Wartburg – Goslar.

Nos despertamos tranquilamente tras una noche en la que no se había odio más ruido que el de las gotas de lluvia repiqueteando contra el techo de la autocaravana. Afortunadamente, desde hacia rato no se oía nada, lo cual significaba que la lluvia parecía haberse esfumado.

Abrimos las ventanas y vimos que estábamos sumidos en la niebla, una niebla densa y húmeda que lo inundaba todo, haciendo de aquella una mañana especialmente fría. Y pensar que hacia un par de días nos estábamos asando de calor!!!

Desayunamos, nos abrigamos bien, y nos dirigimos a visitar el castillo de Wartburg. Este castillo es el más famoso de la familia noble de los Ludovigios y figura entre uno de los mejor conservados de la Edad Media alemana.

Al entrar en el castillo se abre un libro de historia de mas de 900 años: el excelente arte cortesano de la Edad Media, la vida y obras de Santa Isabel, la traducción de Martín Lutero del Nuevo Testamento, el Sängerkrieg (certamen de canto y poesía) que tenía lugar a principios del siglo XIII, la festividad de los ciudadanos alemanes, trescientos años después de la Reforma, la romántica ópera de Wagner “Tannhäuser”. Goethe y otros conocidos poetas también pasaron varias épocas aquí.

El castillo de Wartburg, con su historia casi milenaria, es uno de los castillos más conocidos y mejor conservados de Alemania. Cuenta la leyenda que fue fundado en el año 1067 y su historia se remonta al tiempo de los landgraves de Turingia. En el siglo XIX fue renovado y acondicionado. La medieval estructura del edificio fue restaurada y en parte complementada por nuevas construcciones históricas. No es solamente un castillo sin más, Wartburg es un testigo de la historia y cultura alemanas, además desde 1999 es patrimonio de la humanidad.

Llegamos a él tras ascender por un pequeño y empinado camino, ribeteado por una enorme escalinata. Nuestros músculos estaban aun fríos y parecían protestar por la incesante subida al castillo. Nos adentramos rápidamente en sus murallas a través de su puente levadizo. Pequeños bancos brumosos nos perseguían, como si de fantasmas se trataran. El lugar nos pareció alucinante nada mas poner nuestros ojos en él.

El interior del castillo se encuentra perfectamente conservado, haciendo las delicias de todos sus visitantes, quienes cámara en mano disfrutamos tomando instantáneas de un lugar que parecía haber salido de la maquina del tiempo. Dimos un pequeño paseo por sus patios interiores, observando todo lo que nos íbamos encontrando, con una admiración cada vez mas palpable. Sus casas pintadas de un blanco impoluto, nos introducían una y otra vez en un pasado realmente sublime. Todo en él era perfecto, su pozo ribeteado de negro, sus mágicos dragones decorando sus portezuelas, el encanto de su pavimento adoquinado. Todo te proyectaba a tiempos muy lejanos donde la vida fluía con otro tempo mucho más lento y distinto al nuestro.

Comentar que la visita al interior de las murallas del castillo es gratuita, no así las distintas visitas guiadas a su interior, todas en alemán. Nosotros, escarmentados tras la visita a la Residenz en Wartburg, no quisimos perder tiempo y dinero en ellas pues normalmente, únicamente se visitan los aposentos y viejos enseres que dan a entender la forma de vida de la época, lo cual, sinceramente, no llamaba mucho nuestra atención. Eso si, el resto del lugar es realmente excepcional.

Regresamos tranquilamente a la autocaravana. El día estaba despejando y aunque no nos lo creíamos, un cálido sol empezaba a asomarse tímidamente. Emprendíamos la marcha, cuando uno de los vigilantes del parking se acercó a nosotros y nos dijo que teníamos que pagar 5 euros. Al haber llegado de noche, la barrera estaba abierta, y tenia pinta de que no fuera mas que una pequeña propina para que aquel intrépido hombrecillo se ganara la vida, pero considerándolo poco más que un “impuesto revolucionario”, pagamos, y seguimos con nuestro camino.

El plato fuerte del día, los Montes de Hartz, se encontraban a unos cien Kilómetros de donde nos hallábamos, pero no había más que pequeñas carreteras secundarias para llegar hasta allí, lo cual nos llevaría mas tiempo del deseado. Afortunadamente, el sol empezó a brillar con fuerza, haciendo de aquel trayecto un agradable paseo por las brillantes y solitarias llanuras alemanas.

Poco a poco, la carretera fue adentrándose en el denso bosque, y es que sin darnos cuenta nos introducíamos en el Parque Nacional de Hartz. Nuestro objetivo allí era la visita del Brocken, el pico mas alto de Alemania, a excepción de los Alpes.

Llegamos al pueblo de Braunlage, principal centro comercial del Hartz y desde el que se iniciaba el recorrido hasta el Brocken, según la información de que disponíamos. Nos dirigimos directamente a la Oficina de Información Turística, pero lamentablemente a aquellas horas se encontraba cerrada. Aprovechamos para detenernos a comer, mientras escudriñábamos la información que teníamos, hasta lograr averiguar que el tren que conducía al Brocken salia desde la estación de Schierke, situada a escasos cinco Kilómetros de Braunlage. Qué escueta llega a ser la información que ofrecen las guías en muchas ocasiones! Retomamos rápidamente la marcha con destino a la estación, y no habíamos llegado todavía a ella cuando pasamos junto a la pequeña estación de Elend. Ansiosos nos detuvimos en su aparcamiento y fuimos a investigar.

La estación parecía estar abandonada, pero a parte de nosotros, había una pareja de Alemanes con su hija pequeña. Como pudimos, les preguntamos si desde allí podíamos tomar el tren al Brocken, a lo que ellos asintieron, por lo que nos quedamos esperando a que el tren de vapor nos llevara hasta la cima del Brocken.

Uno de los placeres de visitar el este de Alemania, es precisamente poder viajar en uno de sus antiguos trenes de vapor. Estos, son mucho mas que atracciones turísticas: son auténticos ferrocarriles que tras muchos años siguen en pleno funcionamiento, prácticamente con la misma mecánica que la de hace un siglo, proporcionando un servicio diario a los pasajeros. Sus maquinistas no son aficionados, sino empleados profesionales del ferrocarril. Habíamos leído mucho sobre estos viejos trenes, y teníamos la idea romántica de subir hasta la cima del Brocken en uno de ellos. También se puede hacer la ascensión a pié, pero en esta ocasión optamos por este antiguo sistema de transporte.

Esperamos cerca de veinte minutos, cuando comenzamos a vislumbrar en el horizonte, el vapor que desprendía el tren a su llegada. Al acercarse pudimos comprobar que era una verdadera preciosidad. La maquina, negra lustrosa como recién salida de fabrica, arrastraba un convoy de antiguos, pero bien conservados vagones rojos. Nos subimos en uno de ellos y nos sentamos en sus confortables asientos de piel. Poco imaginábamos en aquel momento la aventura que estábamos a punto de vivir.

Al rato llegó la revisora, vestida con traje de ferroviario de época, y nos apunto en una libreta el precio del billete, pues no hablaba más que un rudo alemán, como ha sido habitual en casi todo el viaje. Veintiséis euros por persona, ida y vuelta, un precio que nos pareció un tanto caro, pero que pagamos gustosamente. Nos dio los tickets y a continuación nos dijo algo, pero al ver que no entendíamos nada, se dirigió a nuestros compañeros de vagón, la misma familia con la que habíamos coincidido en la estación, quienes parecieron responder que se harían cargo de nosotros.

Sin entender demasiado lo que estaba sucediendo, continuamos con nuestro viaje, ajenos a todo, ensimismados con aquel trayecto en un tren del pasado, saltando de un vagón a otro como en las películas del oeste, haciendo mil fotos del tren y del oscuro bosque que estábamos atravesando.

Nuestra sorpresa llego cuando el tren se detuvo en la que parecía ser la última parada. La familia de alemanes nos hizo gestos para que les siguiésemos. Al parecer, teníamos que hacer transbordo. Algo alertados pues para el regreso tendríamos que hacer el recorrido solos, nos dirigimos a un pequeño tablón de horarios, antes de que llegara el próximo tren.

Fue en ese preciso momento cuando nos dimos cuenta de que no podríamos volver, pues a la hora a la que teníamos previsto tomar el tren de regreso desde el Brocken, no tendríamos tren para hacer transbordo y llegar hasta Elend. Con cara de pánico, intentamos hablar con la revisora y explicarle el caso, pero parecía no entender nada. Nuestros compañeros de tren, la familia que os había comentado antes, viendo nuestro nerviosismo, se involucraron en el asunto para intentar echarnos una mano. Lo cierto es que se portaron como si fueran a ellos a quienes les habían vendido los billetes mal.

Nuestro tren ya había llegado y nosotros andábamos de un lado a otro sin saber muy bien si tomar el tren de regreso a la autcaravana y perder los billetes, o coger el que iba al Brocken y buscarnos allí la vida. En este impás de duda, el matrimonio nos hizo un gesto para que subiéramos con ellos. Así lo hicimos, casi sin pensar, apenas en el mismo instante en el que arrancaba el tren. Nos hicieron sentar junto a ellos y, como pudieron, nos dijeron que no nos preocupáramos. Nos dieron su numero de móvil, y nos instaron a que cuando acabáramos de visitar el Brocken, les llamáramos al móvil y vendrían a buscarnos en coche a la estación de Schierke, en la que ellos se bajaban, para llevarnos hasta la de Elend, que era donde teníamos la autocaravana.

Imaginaros la cara de incredulidad que se nos quedó! No nos conocían de nada y aun así, se ofrecieron a venir a buscarnos desde otro pueblo, donde ellos estaban pasando sus vacaciones. En aquel momento, he de reconocer que se me cayeron hasta las lagrimas. Entre los nervios y la emoción, realmente nos quedamos sin saber ni que decirle.

Después de despedirnos de ellos, y apuntar su numero de móvil, ascendimos a través de parajes de una belleza indiscutible. Una hora de un viaje de ensueño a través de la cima redondeada del Brocken. El punto mas alto de los montes del Harz a 1.142 metros con sus torres y postes, visibles desde la distancia. Ocupa un lugar especial en el corazón de los Alemanes. De hecho, hemos de decir que eramos los únicos, ya no digo Españoles, si no de otra nacionalidad que allí había.

La cima del Brocken fue de vital importancia al finalizar la segunda guerra mundial, debido a que se haya justo en la frontera entre las dos alemánias, y funcionó como zona militar restringida de la RDA. El lugar tuvo su propia versión del muro de Berlín, para proteger las instalaciones que permitían a la STASI intervenir conversaciones telefónicas de larga distancia.

Estos viejos montes están también cargados de leyendas, que se remontan a la edad media e incluso antes, y también son famosos por su vinculación con la literatura de Goethe. Se dice que en víspera del 1 de Mayo, las brujas se reúnen en las peñas de la cumbre del Brocken, yermas y azotadas por el viento, para asociarse con el diablo y celebrar la fiesta de la Walpurgisnacht (noche de Walpurgis), tal y como Goethe inmortalizó en su obra Fausto. El poeta subió hasta aquí varias veces, con lo cual la mejor forma de experimentar el especial atractivo de esta peculiar montaña, es hacer como él y subir hasta sus cimas.

Bajamos del tren como en un sueño. El lugar era espectacular, no por su belleza en si, sino por la singularidad del paisaje que allí nos encontramos. Resultaba raro, estar en la cima de una montaña y ver que realmente era plana. Un pequeño montículo recordaba la escalada de la cima, pero el resto resulta curioso por ser tan plano y yermo.

Un aire gélido azotaba el lugar y hacia que soltáramos mas de una lagrimilla. ¡Parecía un lugar tan extraño a nuestros ojos!. No me extraña que Ghoete se inspirara aquí para escribir su Fausto, es que realmente se respira un ambiente mágico en todo su recorrido. A lo lejos oíamos el silbato del siguiente tren, y su blanca estela detrás. Hicimos varias fotografiás de su llegada y seguimos con nuestro descubrimiento del Brocken.

No esperéis arboles frondosos, ni una vegetación rica, ni siquiera algo que pueda parecer que allí hay algo vivo. Creo que la belleza del lugar se basa en su desolación, en que solo los fuertes sobrevivían, en un lugar tan duro como este. Continuamos con nuestro recorrido para poder disfrutar de las vistas sobre los montes boscosos del Harzt y la llanura que hay mas allá, así como admiramos las peñas de granito fabulosamente erosionadas, conocidas como el púlpito del diablo y el altar de las brujas.

Hubo momentos en los que pensamos que saldríamos volando, como si fuéramos las famosas brujas, y no por que tuviéramos poderes maléficos, sino por el fuerte viento que azotaba el lugar, que hacia que pareciésemos pequeños muñecos en manos del caprichoso y diabólico viento.

El tren volvía a descargar su grito en el aire, señal inequívoca de que estaba a punto de salir. Era hora de regresar por lo que a él nos dirigimos. El revisor bromeó con nosotros al ver que veníamos corriendo, y nos gastó una pequeña broma, haciéndonos ver que el tren salia ya… Después de reírnos un rato, nos acomodamos en sus asientos y esperamos a que nos bajara de esta tierra yerma, y nos devolviera a la frondosidad de Elend.

Un recorrido tranquilo nos volvía a descubrir los paisajes que habíamos admirado a la subida. Un rincón tras otro, en el que habíamos soñado, y nos habíamos ilusionado con esta peculiar cumbre. Volvíamos satisfechos, nos había gustado su crudeza, lo áspero de su paisaje, y lo desolado del entorno. Era como si los corazones rotos desoyeran su dolor, al adentrarse en un lugar donde la aridez mas dura, jugaba con el esplendor de la vegetación circundante.

De pronto la estación de Schierke apareció ante nuestros ojos. Cogimos nuestras mochilas, bajamos del tren, y nos costó discernir en que época nos encontrábamos. Parecía como si el reloj se hubiera parado hacia un siglo. Nos metimos en la vieja cafetería de la estación, llamamos a nuestro amigo alemán, y en el tiempo en que nos tomamos un aguado café, volvió con su flamante coche, devolviéndonos a los dulces brazos de Suny y Gish.

A él, Timo, solo le podemos decir “vielen Dank für Ihre unendliche Güte “.

Despues de despedirnos con tristeza de él, seguimos con nuestra ruta. Estabamos realmente cansados, pero habiamos vivido una aventura extraña y emocionante al mismo tiempo, en la cual habiamos aprendido lo generosos que pueden llegar a ser estos Alemanes, gente sorprendente, que te ofrece su ayuda sin pedir nada a cambio.

Nuestro destino para el día siguiente era la población de Goslar, y en ella teniamos pensado dormir, pero su area no disponia de  servicio de vaciado, por lo que decidimos hacer una parada en la cercana área de la población de Braunlage.

Muy bien ubicada junto al centro de la población encontramos él área, en un ámplio prado verde junto a una pequeña masia, en la que se encontraban una docena de autocaravanas aparcadas. Lo cierto es que el lugar resultaba muy familiar, quizás demasiado para dos extrangeros como nosotros, recien llegados, a quien todos miraban con cuiriosidad.

Algo incomodados, vaciamos, y emprendimos el camino hacia Goslar, descendiendo de los montes del Hartz, y quedándonos a sus piés. Apenas nos costó encontrar el área, nuevamente las corredenadas GPS de la guía que habiamos comprado eran exactas. En un principio temimos que el area fuera un tanto ruidosa, pero resulto ser la mar de tranquila, con lo que despues de la susodicha cena, baño y charla, nos acostamos con la cabeza llena de recuerdos del día que habiamos vivido. Un día emocionante, divertido, e inolvidable en muchos aspectos.

Día 8: Goslar – Lubeck

Nos levantamos con el buen ánimo que daba ver al sol abriéndose paso a través de las nubes, y es que aunque lo hiciera tímidamente, parecía que la climatología nos permitiría seguir disfrutando de nuestro viaje. Desayunamos, y nos dispusimos a descubrir  la población de Goslar.

Desde el área, situada a las afueras de la población, salia un camino que nos llevaría en apenas diez minutos al centro de la localidad, con lo cual, cogimos las mochilas y nos dispusimos a conquistar la ciudad. Era bastante temprano por lo que hacia algo de frió, pero poco a poco, a la que nos pusimos a caminar, sentimos como los cálidos rayos del sol nos hacían entrar en calor rápidamente.

Rodeada por los bosques del Hartz, la ciudad imperial de Goslar cuenta con una historia milenaria. El hallazgo de las primeras vetas de plata, motivó al emperador sajón a convertir Goslar en su sede principal. Con más de 27 millones de toneladas de minerales, las minas de Rammelsberg fueron el yacimiento continuo de metal más grande del mundo. Gracias al comercio de metal, Goslar gozó de una notable posición dentro de la Hansa.

El casco antiguo medieval es patrimonio de la humanidad, debido al gran numero de casas con entramado de madera que existe, y que se ha mantenido casi intacto a lo largo de los siglos. Tiene forma oval y está excelentemente conservado. Fue trazado sobre un espacio muy estrecho, de tan solo un kilómetro cuadrado. El poderoso palacio imperial fue construido en estilo románico. Fue durante siglos la construcción más grande y más segura de los emperadores sajones en el Palatinado.

Goslar fue centro de la fe cristiana, de hecho la llamaban la “roma del norte”. Sus 47 torreones de iglesias y capillas caracterizan la singular silueta de la ciudad. Está marcada por las casas gremiales, pero sobre todo por el histórico ayuntamiento de la Plaza del Mercado, un lugar emblemático y precioso que nos dejo fascinados.

Entre sus preciosas calles pudimos encontrar figuras de Botero, rechonchas en su plenitud, con sus formas redondeadas y altivas, desafiando a todos los peatones que nos parábamos a admirarlas. Visitamos el Brusttuch, un fabuloso edificio de piedra que actualmente es un hotel, pero nosotros lo que queríamos ver era su famosa figura de “La doncella de la mantequilla”, que imperturbable, se rasca el trasero, bajo los ojos indiscretos de todos los que la observamos.

Encaminamos nuestros pasos hacia el magnifico Kaiserpfalz (o palacio real), que se levanta majestuoso sobre las pendientes de césped que hay en el extremo de la ciudad. Al bajar nos encontramos con una sorpresa muy agradable: en una de las casas gremiales, en concreto en la de los alfareros, nos sorprendió ver en su interior bancos pintados en blanco y negro, cuyas formas reproducían a personas, en ellas te podías sentar en su regazo como si fueran a cantarte una nana.

Un montón de tiendecitas de arte, se encontraban en aquella fabulosa plazoleta. Observamos un buen rato y una vez saciada nuestra curiosidad nos encaminamos hacia la auto. A unos dos Kilómetros al sur de la población de Goslar se encuentran las famosas minas de Rammelsberg, cuya explotación funcionó por más de mil años. Ya a bordo de la autocaravana, no nos costo demasiado encontrarlas pues se hallan bien indicadas. Aparcamos, y nos dirigimos a la taquilla, donde preguntamos por el siguiente pase. Varias eran las opciones, pero lamentablemente, hasta las cinco de la tarde no había ninguna visita guiada en ingles, lo que suponía perder lo que quedaba de la mañana y casi toda la tarde. Muy a nuestro pesar, decidimos dejar las minas para otra ocasión.

Goslar nos había encantado, pero todavía teníamos mas balas en la recamara, con lo que nos volvimos a poner en marcha, esta vez rumbo hacia Wolfsburg, una cercana población con una historia muy relacionada con el mundo del automovilismo.

No podemos hablar de Wolfsburg sin hablar de Volswagen, para que se entienda la idea general de este coche. En la década de 1930, el Tercer Reich de Hitler estaba muy ocupado construyendo las “Autobahnen”, por aquel entonces la red de carreteras mas avanzadas del mundo, aunque curiosamente apenas hubiera coches para recorrerlas. Al Führer le encantaban los coches y encargó a Ferdinand Porche que desarrollara un Wolkswagen (o coche del pueblo) para motorizar a las masas a un precio asequible, unos 500 euros.

Inspirándose en los vehículos diseñados por Hans Ledwinka para la marcha checa Tatra, con el motor detrás y de lineas aerodinámicas, Porche produjo un primer prototipo en 1935. Hitler, quedo entusiasmado. Se escogió un emplazamiento para la fabrica que los iba a producir en la actual Baja Sajonia, y en 1938 el propio Führer coloco la primera piedra. La nueva ciudad llamada Kraft durch Freude Stadt (Ciudad de la Fuerza a través de la alegría), fue proyectada en el estilo favorito de los nazis, con bulevares y edificios triunfales.

Pero la guerra comenzó antes de que pudieran fabricarse muchos Wolkswagen clásicos, y el diseño se adapto para producir un vehículo tipo todoterreno llamado Kübelwagen (coche cubo), del cual se construyeron unos 50.000 ejemplares en 1945, junto con su versión anfibia.

Cuando los británicos llegaron a la ciudad en 1945, era un lugar siniestro lleno de barracones habitados por trabajadores forzados procedentes de toda Europa, evidentemente había que darle un nuevo nombre a todo aquello. Y de este modo, los Volkswagen, que en su día simbolizaron el ideal nazi de movilidad, pasaron a representar las virtudes de la República Federal de después de la guerra, por su solidez, fiabilidad y economía.

Tenemos por costumbre ir leyendo la información de los lugares que vamos a visitar antes de hacerlo, pero en el caso de la ciudad de Wolfburg, esta tiene una especial relevancia. Nos adentramos en la ciudad, grande y bulliciosa a aquellas horas de la tarde, en la que evidentemente el fabricante de automóviles tiene una importancia destacada. No lográbamos encontrar el museo, por lo que nos detuvimos junto a la estación, donde señalaba había una Oficina de información turística. Al fondo, un emblema gigante de Volkswagen lucia en lo alto de una gran torre. Miramos a nuestro alrededor y lo cierto es que no nos habíamos dado cuenta pero la mayoría de vehículos que habían eran modelos de dicho fabricante.

Aprovechamos para comer e ir a pedir algo de información. Evidentemente Wolfburg tenía mucho más que ver que tan solo el museo de automóviles, pero como en toda ruta, hay que ceñirse al plan de viaje si uno no quiere perderse por el camino, por lo que nos dirigimos directamente al museo. Dejamos a Suny aparcada en el parking gratuito de que dispone, y nos dirigimos a la taquilla. Compramos las entradas, a razón de 6 euros por persona, más algún que otro capricho que no pudimos contenernos de llevarnos a casa, y nos dispusimos a adentrarnos en el fantástico mundo de este pequeño utilitario.

Allí dentro, uno entiende un poquito mas la filosofía de este coche que nació para que cualquier persona con pocos medios pudiera conducirlo. En este museo, de dimensiones bastante contenidas, encontramos una retrospectiva de los modelos mas famosos y míticos fabricados por esta casa, desde el mítico escarabajo, hasta las preciosas y relucientes furgonetas california, todos ellos colocados en perfecta sincronización para mostrar su mejor cara.

El lugar está escrupulosamente dispuesto para satisfacer el paladar más exquisito, haciendo la delicia para todos los que estábamos allí inmersos, en aquel batiburrillo de coches de exposición. Olor a goma y gasolina, que hacían de aquel lugar realmente un santuario.

Salimos con una sonrisa de oreja a oreja. Solo nos había faltado escuchar alguna canción de los Beach Boys, para recrearnos en el efecto de los años 70. Una experiencia fantástica que nos encantó. Ya en la calle, nos montamos en nuestra auto, y nos dirigimos al Allersee, un lago situado a las afueras de la ciudad, alrededor del cual se está desarrollando una gigantesca zona ludica. Caminos para pasear en bici, playas, centros de deportes acuáticos, e incluso un parque acuático en el que tuvimos tentaciones de entrar, pues el día era francamente caluroso. De hecho, nos acercamos hasta la puerta, pero lamentablemente era sábado, lo que propiciaba que la afluencia de gente fuera masiva. Decidimos dejarlo para otra ocasión, pues si algo hay en Alemania, son parques acuáticos, y lo más curioso es que los precios de entrada son realmente económicos.

Algo tristes, pues nos habíamos hecho ilusiones de que nos íbamos a dar un baño relajante, reiniciamos la marcha. Nuestra intención era dirigirnos directamente a Lubeck, en la costa del báltico, pero apenas habíamos recorrido unos pocos Kilómetros, cuando de pronto vimos unos edificios con cúpulas doradas que llamaron poderosamente nuestra atención. Se trataba de la población de Gifhorn, de la que no teníamos ningún tipo de información pero, desde la auto, nos pareció un lugar indescriptible, por lo que decidimos detenernos e ir a investigar de que se trataba.

Situada en la Baja Sajonia, en la confluencia de los ríos Aller e Ise, se encuentra Gifhorn, cuya historia se remonta al 1196. Antiguamente había una antigua ruta de la Sal, que se situaba entre Brunswick y Lüneburg que hizo famoso dicho recorrido. La localidad en si es muy bonita, con sus pintorescas casitas de colores y varios entramados de madera que resultan altamente apetecibles, pero lo que realmente nos impresionó fue el parque internacional del Molino, único de estas características en toda Alemania.

Cubre un área aproximado de 100.000 metros cuadrados. Hay 15 molinos de viento originales y un molino de agua. Contra mas nos adentrábamos en el lugar mas excepcional nos parecía. Había varias construcciones, que parecían recién sacadas de la película Anna Karenina, su fantástica iglesia Rusa Ortodoxa de madera de San Nicolas, simplemente nos dejo sin palabras.

Pero no solo era su iglesia, si no su excepcional entorno. El gran lago SchossSee de aguas ambarinas y bañado por nenúfares; el sol reflejándose de una manera tan sutil que hacia brillar con fuerza sus aguas; su precioso puente de madera suspendido ente las nubes, y las barcas juguetonas que navegaban a lo largo y ancho del rió.

El lugar nos dejo realmente alucinados, y el atardecer que allí vivimos aun más. A veces el destino nos brinda estas sorpresas, y sin comerlo ni beberlo, encontramos un lugar de esos que parecen no existir en el mapa. Fuimos caminando por aquellos caminos interminables coloreados de verde, a ambas orillas sus casitas de madera se asomaban tímidamente, intentando mostrar toda la belleza de un lugar, en el que todo resultaba tener un sitio preestablecido. Seguimos con paso firme, había trazada una ruta que nos llevaría directamente hasta el pueblo, con lo cual decimos pegarnos un poco mas la paliza, ya que estaba bastante retirado y llegar hasta su centro.

Dimos varios pasos y nos encontramos con el Palacio de Guelph, construido en el Renacimiento, que fue la residencia del duque Francisco de Brunswick y Lüneburg. Allí nos encontramos en medio del lago, dos estatuas casi sumergidas enfrentadas una a la otra mirando al cielo. Realmente cada sutil detalle del lugar era evocador, y tenias que tener los ojos bien abiertos para no perderte ninguno.

Llegamos al pueblo cansados, pero encantados de la vida, dimos un par de vueltas por el lugar, soleado y silencioso. Cada pieza en su sitio, cada personaje esperando que el anterior le diera pie para la siguiente frase. Fue genial, anduvimos observando todo aquello como si el mas mínimo detalle se pudiera perder para siempre. Después de saborear aquel lugar, dimos media vuelta, volviendo sobre nuestros pasos, y regresamos donde había comenzado esta aventurilla. Pero ya todo había cambiado, nos llevábamos tanto de este lugar, que para siempre sus cúpulas doradas formarían parte importante, de un gran viaje como estaba resultando ser este.

Apenas había luz, pero hasta nuestras pupilas llegaban pequeños destellos, efectos de los diminutos rayos de sol que aun se filtraban sobre el agua. Nos resistíamos a abandonar Gifhorn, pero ya casi no se veía nada, y todavía teníamos un largo trecho hasta llegar a Lubeck, con lo cual, subimos a lomos de Suny, y volando como en un fantástico cuento, pusimos rumbo hacia nuestro plateado y ansiado mar Báltico.

Fueron algo más de doscientos Kilómetros los recorridos hasta llegar a Lubeck, todos ellos a través de llanos y frondosos bosques. Que agradable es conducir por Alemania! Tan solo el gran número de radares que encontramos, incomodaron nuestra marcha. Si si, radares, porque aunque Alemania sea un país conocido por no tener límites de velocidad, los tiene en muchos lugares, pero siempre en aquellos cruces o tramos peligrosos en los que evidentemente conviene reducir la marcha.

Finalmente llegamos a Lubeck. Varias eran las áreas de que dispone la ciudad. Nosotros elegimos una situada en las afueras, pues nos temiamos que la que se encontraba en el centro fuera muy ruidosa y no nos permitiera descansar. Llegamos a ella ya de noche, pero aun así aprovechamos para vaciar. No parecía especialmente bonita y se encontraba prácticamente llena, pero como pudimos, aparcamos en un huequecito que quedaba, dispuestos a pasar allí la noche.

Había sido un día muy intenso, como lo estaban siendo todos en este fantástico viaje. Cenamos algo, nos tumbamos en la cama, y respiramos profundamente. Alemania nos estaba fascinando, mucho más de lo que a priori nos hubiéramos imaginado. Cuantos recuerdos, cuantas sensaciones vividas, pero sobre todo, cuanta magia encierra este gran país.

A la mañana siguiente nos esperaba Lubeck y la costa del mar Báltico, cuyos recuerdos de nuestro viaje a Dinamarca todavía perduraban en nuestra memoria. Un mar frió y pausado, un mar extraño, sobretodo para los que vivimos a orillas del Mediterraneo, pero sin duda, un mar que anhelábamos por encima de todo y nos apetecía volver a saborear.

-El viaje continua en la tercera parte del relato: Costa del Báltico.-

La Alemania de las mil caras II: Alemania Centro from conrad y echobelly on Vimeo.

Creditos video: Arcade Fire: The suburbs

ROAD BOOK 2ª PARTE

Dia 6: Rotenburg ob Tauer – Wartburg
Kilómetros día: 325 Kms.

- Área Rothenburg ob der Tauber.
GPS: 49º 22’ 55’’ N – 10º 11’ 20’’ E
Capacidad: 30 plazas.
Coste: 10 €/día (distintas tarifas según estancia).

- Aparcamiento Würzburg, junto la residence.
GPS: 49º 47′ 32,75” N – 9º 56′ 11,80” E
Coste: Pago en cajero automático según duración de la estancia.

- Pernocta parking castillo de Wartburg
GPS: 50º 58′ 03,57” N – 10º 18′ 03,48” E
Coste: 5 euros/noche.

Dia 7. Wartburg – Goslar.
Kilómetros día: 185 Kms.

- Estacion de tren de Elend
GPS: 51º 44′ 46,37” N – 10º 41′ 27,19” E
Coste aparcamiento: Gratuito.

- Estación de tren de Schierke.
GPS: 51º 45′ 55,34” N – 10º 40′ 33,88” E
Coste aparrcamiento: Pago en parkimetro.

- Área Autocaravanas de Braunlage (pag. 240 guía ADAC)
GPS: 51º 43’ 3’’ N – 10º 36’ 30’’ E

- Pernocta: Área Goslar. (pag. 235 guía ADAC)
GPS: 51º 54’ 37’’ N – 10º 25’ 3’’ E
Precio: Gratuita. (revisar coste)

Dia 8: Goslar – Lubeck
Kilómetros día: 322 Kms.

- Mina de Goslar.
GPS: 51º 53′ 18,92” N – 10º 25′ 09,02” E
Coste parking: Gratuito.

- Auto-Museum Volkwagen (Wolfsburg).
GPS: 52º 25′ 39,92” N – 10º 48′ 34,92” E
Coste del museo: 6 euros/persona.
Coste del parking: Gratuito.

- Mühlenmuseum (Gifhorn).
GPS: 52º 29′ 39,22” N – 10º 32′ 51,97” E
Coste del museo: 9 euros/persona.
Coste del Parking: Gratuito.

- Pernocta en Area de Lubeck. (pag. 51 guía ADAC)
GPS: 53º 53’ 44’’ N – 10º 42’ 38’’ E
Capacidad: 12 plazas.
Precio: 7 €/noche

9 Comments + Add Comment

  • Muy interesante el relato de hoy, cada vez se me pone los dientes más largos leyendo todo lo escrito sobre aquellos lugares que no conozco. Tomaré buena nota y seguro que si otro año decidimos volver a Alemania tendremos muy en cuenta vuestros relatos.

    ¡Ya estoy impaciente por leer la tercera entrega!

    Un saludo:
    Alicia (“aza” en el foro de AC Pasión)

  • Hola Alicia – Aza:

    Ahora ya te pongo mas cara ;-) ya que te he leido bastante en Acpasion. Realmente el viaje fue “In crescendo” ha medida que ibamos recorriendo kilometros.

    Centrandonos en esta parte del viaje, hemos de decir que fue una zona que nos sorprendio y nos gusto de igual manera. Ademas todas las aventuras y anecdotas vividas durante el viaje, hacen que veamos cada zona con ojos distintos.

    Como bien decimos al comienzo del relato, Alemania tiene mil caras, y cada cara es mas sorprendente que la anterior.

    Saludetes Alicia, y dentro de poquito, la tercera parte.

  • Hola chicos:

    Como dice Alicia, esta segunda parte “Muy muy interesante”, realmente una zona de la cual tampoco yo habia odido hablar nada. Espectaculares las imagenes de los trenes, donde se aprecia la desolación de la que hablais… Menos mal, que teneis la sangre fria, yo no se si me lo tomaria de igual manera, a la que surge una piedra en el camino, a mi siempre me pone muy nerviosa, pero vosotros la saltais y seguis disfrutando del resto, me parece una actitud perfecta.

    Estoy enganchadisima, espero que la tercera parte, caiga pronto… por que esto no es sano jejeje.

    Un besote enorme.

  • Ai, que se me olvidaba… Me ha encantado Giforn, o como se escriba. Que bonito, parece un lugar magico.

  • Hola guapa:

    Pues si, zona interesante, con lugares interesantes y gentes “de sobresaliente”, como ya comentamos si no hubiera sido por la pareja que nos ayudo a volver a la auto, todavia estariamos dando vueltas por Alemania jajaja. Aunque no estaria mal ;-)

    En cuanto a las dificultades, no creas, a veces se hace duro, pero somos de la opinion de que es mejor ver el vaso medio lleno que medio vacio. Con lo cual, es mejor ver las cosas de una manera positiva.

    Me alegro mucho de que este gustando el relato y nuestras aventuras. Ahora un poquito mas de paciencia, y la tercera parte estara colgada.

    Muhcos besitos.

  • Hola chicos:

    Ya me teneis enganchado…jejeje Acabo de terminar de leer las dos primeras partes, y como siempre “me parecen muy muy interesantes”- Lugares bonitos, lugares desolados, lugares de esos que te ponen los dientes largos.

    Quedo impaciente de la entrega de la tercera parte.

    Saludos.

  • Hola Manu:

    Nos alegra que te haya enganchado y que te este pareciendo interesante. Es que Alemania es mucha Alemania…

    Ahora a tener un poquito mas de paciencia, y la semana que viene estara colgada la tercera parte.

    Saludetes.

  • Me está encantado el relato, como todos los vuestros. También estoy recordando algunos de los lugares que también he visitado. Y por supuesto comparto con vosotros el “impacto” que me causó la amabilidad de los alemanes. Esperando impaciente la tercera parte. Saludos.

  • Hola Toñi:

    Por cierto que alegria leerte tambien en blog. Esperamos que sea la primera de muchas otras intervenciones ;-)

    Nos alegra que te este gustando el relato y el viaje… aun quedan muchas cosas, hoy o mañana pondremos la tercera parte ” Costa del Báltico” y seguiremos contando nuestras andanzas por tierras Teutonas. En cuanto a la amabilidad de los Alemanes, realmente lo recalcamos bastante, pero es que nos quedamos realmente flipados, vaya de 10.

    Saludetes.

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