Berlín

jun 2, 2011 by     9 Comments    Posted under: Autocaravana, Grandes viajes

Con un aleteo de alas describo círculos sobre Berlín. A vista de pájaro intentamos centrarnos en ella. Es imposible perderse en esta ciudad, en la cual siempre acabas delante de su colorido muro, es como una pequeña paradoja. Vuelvo a cerrar los ojos y así cobran vida hasta las piedras, luces de neón al anochecer. Comienza la nostalgia, la morriña de tener que abandonar otro lugar especial. Pero así funciona el viajero, hoy aquí mañana allí. Lo importante está ante nuestros ojos, en entender lo que vemos y en tener la virtud de seguir sorprendiéndonos. Solo tenemos que tender la mano y dejarnos llevar a través de siglos de cultura, de gentes olvidadas que vuelven una y otra vez en busca de lo que un día perdieron. Supongo que es el precio que paga cualquier ciudad después de una guerra.

Berlín, tiene de todo, la alegría suficiente como para tirar hacia delante y haberse convertido en una ciudad de referencia. La precaución de las ciudades que les han hecho daño y todavía se lamen las heridas. Pero también el futuro de una ciudad que se ha sabido reinventar como ninguna otra. Así es Berlín, dura y delicada al mismo tiempo. Una gran ciudad, no tanto en términos de población, ya que tiene la mitad de habitantes que puede tener Londres o París, pero si en superficie, con sus novecientos kilómetros cuadrados es una ciudad enorme a la hora de visitarla. Esta ciudad que ha sabido equilibrar la modernidad, con la tradición en una perfecta armonía, nos ha enseñado su cara más amable.

Recuerdo risas, horas de caminatas bajo un sol intenso, ojos sorprendidos, en otros casos emocionados, iglesias azules que te visten de paz, atardeceres que mezclan acero y tonos anaranjados, en una sucesión de espejos que reflejan la belleza impactante del Reichstag; tardes con olor a chocolate y blueberry muffins en el aroma café, y sobre todo dos exploradores que se rinden ante la personalidad, de una ciudad tan compacta como Berlín.

Día 12: Röbel – Berlín.

Bajo un manto gris de nubes, recorrimos los ciento cincuenta kilómetros que nos separaban de Berlín. Atrás dejábamos Röbel y el precioso lago Müritz, así como la posibilidad de tomarnos un día de descanso navegando por sus aguas. Sin embargo, apenas había una sombra de tristeza reflejada en nuestros rostros, pues el destino nos había ofrecido un día más para disfrutar de Berlín, algo que a estas alturas de la ruta sin duda debíamos valorar.

Poco a poco, los lacustres paisajes de Meckelnburg fueron transformándose, en el levemente urbanizado extrarradio de Berlín, y es que apenas sin darnos cuenta nos encontrábamos a las puertas de la ciudad. Nos dirigimos en primera instancia al área de autocaravanas, pues si algo tenemos claro a la hora de visitar una ciudad, es que hay que dejar la autocaravana a buen recaudo, para así poder olvidarnos de ella durante la visita.

Eran varias las opciones de que disponíamos, un par de áreas y algún cámping, pero finalmente nos dirigimos al área de la cual teníamos mejores referencias. Apenas era un recinto vallado rodeado de edificios, en el que medio centenar de autocaravanas y campers ya estaban instaladas. Nos dirigimos al acceso, donde una chica muy amable salio a nuestro encuentro. En un perfecto inglés nos preguntó la longitud del vehículo y los días aproximados que íbamos a estar, y más tarde nos acompañó a la plaza donde íbamos a pasar las siguientes tres noches.

El área era correcta, para nuestro gusto un tanto masificada, pero cumplía a la perfección el cometido para el que habíamos ido hasta allí. Un lugar seguro en el que poder dejar a “Suny” y tener más o menos cerca el transporte publico. Además, la plaza se encontraba prácticamente en medio del área, suficientemente alejada del vallado para amortiguar el ruido, ya que habíamos oído comentar, que había gente que se quejaba y le molestaba durante la noche.

Apenas sin perder tiempo, cogimos los bártulos dispuestos a dar una vuelta. Nuestra intención era principalmente, la de comprar los pases de transporte publico que nos servirían para los siguientes tres días. Preguntamos a la dueña del área por un lugar donde comprarlos, quien nos remitió, calle abajo, a una de las estaciones principales de transporte. Según ella, a unos 3 Kilómetros la encontraríamos, con lo cual sin prisa, comenzamos a caminar. Afortunadamente, junto al área se encontraba la parada de metro de Schwartzkopffstraße, pero no se podían comprar los dichosos pases en ella.

Decidimos continuar a pie. Al no llevar ni guía ni mapa, íbamos totalmente perdidos en una ciudad tan inmensa como Berlín. No teníamos apenas referencia de ningún lugar, ya que únicamente habíamos salido para comprar los billetes. Seguimos caminando y nos terminamos perdiendo. De pronto, como por arte de magia, apareció ante nosotros, Tacheles, precisamente uno de los lugares que más ganas teníamos de visitar, así es que, ni cortos ni perezosos nos adentramos en este lugar emblemático.

Tacheles es uno de los lugares más visitados de la Capital Alemana. Símbolo de la cultura alternativa. Ocupada por artistas desde 1990, la casa permanece abierta veinticuatro horas al día y se ha convertido en uno de los atractivos turísticos de la capital alemana, ya que recibe alrededor de cuatrocientos mil visitantes al año. Más de setenta pintores, escultores, y músicos llegados de todo el mundo, ocupan los treinta estudios del Tacheles, en los que los artistas tienen total libertad creativa y deciden si trabajar con las puertas abiertas o en privado.

Situado en el barrio de Mitte, en pleno centro de la ciudad, Tacheles fue utilizado como centro comercial a principios del siglo XX, como oficinas durante el nazismo y después de la Segunda Guerra Mundial, usado como almacén.

Tras la caída del muro, en Berlín surgió el movimiento artístico denominado “subcultura”, que tenía como filosofía principal la autonomía, espontaneidad y la improvisación. Artistas procedentes de distintas partes del mundo, ocuparon el edificio con fines culturales y lo denominaron, Tacheles, cuya traducción coloquial del hebreo es “llevar a cabo”.

Siempre amenazado por un inminente cierre, el edificio ocupa un espacio de 2.200 metros cuadrados. Debido a su estado ruinoso, en 1998 los artistas de Tacheles, firmaron un acuerdo para poder permanecer en el lugar durante diez años más, a cambio de reformar el edificio y ocuparse de su mantenimiento. Desde entonces, los alquileres pagados por los artistas, la venta de publicaciones, el dinero proveniente de un restaurante propio y las donaciones voluntarias, han conseguido mantener en funcionamiento la atmósfera creativa de Tacheles, cuyos costes de servicios suponen alrededor de trece mil euros mensuales. Una vez finalizado este contrato, la situación de Tacheles empeoró, ya que el propietario de los terrenos quebró y su principal acreedor, el HSH Nordbank, reclamó la superficie en el centro de Berlín, lo que incluye la casa cultural.

Los planes del banco, una vez consiga disponer de los terrenos, pasan por vender la parcela situada en la Oranienburger Strasse, una de las calles más turísticas de Berlín, cuya fama precisamente se debe a Tacheles. Cierto es que en hoy en día, su estado es penoso. El edor insoportable, pero en vez de apoyar iniciativas de este tipo, simplemente intentan silenciarla y mirar hacia otro lado. Con lo cual, os recomendamos encarecidamente, que si visitáis Berlín, no os perdáis este emblemático lugar, por que puede ser que la próxima vez que volváis, ya no este en pie. Esperemos que esto no suceda… pero según están las cosas, la especulación aplastara el arte sin dejar el más mínimo aliento.

Salimos con una mezcla de incredulidad, decepción y rabia. Un lugar con tanta magia condenado a ahogarse en su propio vomito. Como me fastidia este tipo de cosas, pero por mucho que quieran enterrarlo bajo sus escombros, Tachelles, ha sabido siempre renacer de sus propias cenizas, esperemos que esta vez también lo consiga.

Seguimos caminando. Nos encontrábamos en la Oranienburger Strasse, una importante calle de Berlín, que en aquel momento, para nosotros, no tenia mas que un peculiar y divertido nombre (calle de la hamburguesa con cebolla). De pronto, llamó poderosamente nuestra atención la fachada de un edificio que se encontraba ante nosotros. Se trataba de la nueva sinagoga (Neue synagoge), con su resplandeciente cúpula dorada, dominando todo el distrito. Opulento y oriental, reflejaba a la perfección el orgullo y el creciente estatus de la comunidad judía en la ciudad, que tradicionalmente se había asentado en esta zona.

En 1938 fue asaltada por los nazis, aunque en este caso los atacantes fueron rechazados por un valiente policía llamado, Wihelm Krützfeld. Unos años después, en 1943 el edificio quedo casi destruido por las bombas de los aliados. La reconstrucción comenzó en tiempos de la RDA y actualmente alberga exposiciones sobre la vida de los judíos en Berlín.

Después de admirar la grandiosa sinagoga, seguimos con nuestro camino. Afortunadamente, tras dar un par de vueltas más, logramos encontrar la estación a la que nos habían dirigido, para comprar los dichosos billetes de transporte, la estación de Frederikstrasse, una de las mas importantes de la ciudad. En su subsuelo se encuentra una galería comercial en la que por suerte, conseguimos encontrar la Oficina de Información. En ella, amablemente nos vendieron los dos bonos que nos servirían para utilizar libremente el transporte público, durante los tres días de estancia que pensábamos estar en Berlín, a razón de 21,90 euros/persona. Estos ofrecían además la posibilidad de obtener descuentos en una serie de actividades y visitas turísticas en la ciudad.

Ya con la tranquilidad de tener los bonos en nuestro poder, nos dirigimos a comer algo. Era tarde y nos temíamos que si volvíamos a la autocaravana,  ya no habría quien nos levantara otra vez, por lo que decidimos comer algo rápido en el Mc Donalds que había justamente en la estación, y más tarde seguir descubriendo la ciudad. Lo cierto es que estábamos nerviosos ante todo lo que nos ofrecía Berlín. Nos paramos en la esquina con Friedrichstrabe, y observamos el paso elevado que sostiene las vías del S-Bahn. Esta estación era la última parada de la línea este-oeste, antes de llegar a la frontera con Berlín Occidental. El cierre de la frontera en agosto de 1961, transformó la estación de paso en una estación terminal, y en un paso fronterizo para viajeros de ambas partes de Berlín. El pabellón de los trámites fronterizos aún existe.

Debido a las incontables despedidas que hubo en ella hasta 1989, se apodo como el “Palacio de las Lágrimas”, a causa de las dolorosas y sombrías despedidas que allí se producían. Desde mediados de los años noventa, la estación Friedrichstrasse ha sido remodelada completamente. El antiguo edificio, anteriormente utilizado para controlar a los viajeros que cruzaban hacia Berlín Occidental, se encontraba al norte de la línea ferroviaria y estaba conectado con la estación mediante un túnel. Con su fachada casi inalterada, representa el testimonio material más importante del antiguo paso fronterizo. Hoy, en el actual “Palacio de las Lágrimas“, tienen lugar eventos de todo tipo.

La Fundación Casa de la Historia organizó en la antesala del Palacio de Lágrimas, una exposición con documentos históricos y estaciones mediáticas sobre el antiguo paso fronterizo. El lugar pone realmente la piel de gallina. Nada revela hoy en día su duro pasado, pero leyendo las paginas de historia, te das cuenta del dolor tan insufrible que se vivió entre estas frías paredes. Lagrimas cristalinas rodando por rostros incrédulos.

Tomamos el tren hasta la estación Central de berlín, la Estación de Haupbaunhof. Esta es la mayor estación ferroviaria de la unión europea, y está ubicada en el centro de la ciudad. Desde ella podemos acercanos caminando, a lugares tan emblemáticos como, el Reichstag, la cancillería o la puerta de Brandenburgo. La estación fue diseñada por el arquitecto alemán Meinhard Von Gerkan, y sustituye a las ocho estaciones que existían en Berlín a finales del siglo XIX. La nueva construcción consta de una sola estación de intercambios, en dos niveles en forma de cruce.

Las antiguas estaciones fueron severamente dañadas en la Segunda Guerra Mundial y, posteriormente, separadas a causa de la división de Alemania en dos Estados. Toda la red ferroviaria de Berlín, este y oeste, fue administrada y operada por la Reichsbahn de la RDA. Los pocos trenes que vinculaban Berlín Occidental con la Alemania Occidental, no terminaban en las estaciones históricas por sus destinos y orígenes. La caída del muro de berlín en 1989, tras la reunificación y la decisión de instalar la capital en Berlín, obligaron a realizar grandes cambios para integrar la nueva situación.

Al salir de la estación nos encontramos de bruces, con la impresionante Rolling Horse, escultura erigida en la Europaplatz frente a la estación, con su gigantesco caballo dando vueltas en un giro perfecto, reluciente bajo el sol poderoso e impactante para el que posa sus ojos en él.

Después de hacer varias fotografiás, seguimos con nuestro camino, y nos acercamos al Reichstag, impresionante en todo su recorrido, un lugar que habla realmente por si solo. Vimos una cola larguísima y decidimos dejar este emblemático lugar para visitarlo otro día que no estuviera tan concurrido. Este sería uno de los muchos intentos que hicimos para visitar este fantástico lugar. El día alternaba claros y nubes, pero al menos nos estaba permitiendo visitar la ciudad sin mayores problemas.

Llegamos a la puerta de Brandemburgo, antigua puerta de la ciudad y símbolo de Berlín. Nos quedamos boquiabiertos con aquel majestuoso emblema. Hay tanta gente que cuesta hacer una fotografiá en condiciones. Habíamos visto esta puerta en tantos videos musicales y películas, que nos parecía mentira estar bajo sus piedras, tocándola, con ojos sorprendidos, y cara de felicidad. Durante los años en que la ciudad estuvo dividida, la puerta de Brademburgo quedaba directamente detrás de la frontera, dentro del sector soviético. La Pariser Platz formaba parte de la franja fronteriza y por lo tanto, era inaccesible para el público.

A primeras horas de la mañana del día 13 de agosto de 1961, fue cerrada por completo. Los cañones de agua y los tanques fueron preparados y miembros de las milicias de trabajadores, tomaron posiciones ante la puerta de Brandemburgo. A los Berlineses del este y a los habitantes de la RDA les fue prohibido el paso hacia Berlín Occidental. Las primeras barreras fueron reforzadas más tarde con dos muros, uno exterior y otro interior, y las torres de vigilancia hacían que la frontera fuera prácticamente inaccesible. Justo delante de la Puerta de Brandeburgo, el muro fue reforzado para crear una barrera antitanques que tenía tres metros de grosor. El cierre de la frontera y la expansión de las barreras convirtieron la Pariser Platz, en parte de la franja fronteriza. Supuestamente, la plaza vacía debía jugar un papel representativo, pero en realidad sirvió para asegurar la frontera militarmente. La imagen era desoladora. Pero ser berlines en aquella época, era algo complicado. Podías ser retrogrado y progresista, proletario y bohemio, conservador e innovador, oriental y occidental, verde y plateado, y todo ello al mismo tiempo… Berlín era pura contradicción. El amor y el odio jugaban en difícil equilibrio, porque su belleza era más de lo que muchos podían soportar. Su radiante arquitectura era admirable, pero las antiguas huellas Stalinistas y sus patios ruinosos, no terminaban de encontrar un lugar que encajara.

Entre la puerta de Brandeburgo y la plaza Potsdam, se encuentra el monumento a los judíos europeos asesinados: el “Monumento Conmemorativo del Holocausto”. El 10 de mayo del 2005, sesenta años después de la liberación de los campos de concentración, se inauguró en el emplazamiento donde se situaba la antigua cancilleria de Hitler. El monumento consta de dos mil setecientas once estelas de granito de diferentes tamaños, e inquietantemente torcidas y colocados en un sistema irregular, obra del arquitecto estadounidense Peter Eisenman, que recuerda el capitulo más oscuro de la historia alemana, un recuerdo que debe mantenerse vivo, para que los conocimientos sobre el tema sean transmitidos. El lugar es sobrecogedor. Te adentras en él a través de la fría piedra, en un ejercicio de reflexión que te abre los ojos de una manera dolorosa. Lo irregular de su recorrido te hace sentir vulnerable, torpe en algunas ocasiones, y sientes que el remordimiento acecha escondido entre la piedra. Reflexiones en tonos lúgubres, para desenmarañar tanto dolor. Conciencias lavadas una y otra vez, que hacen llorar hasta las pupilas más impuras.

De pronto empezó a diluviar, como si cientos de lagrimas cayeran sobre nosotros. Salimos de nuestra inconsciencia y nos resguardamos como pudimos bajo un toldo. Cinco minutos de lluvia intensa que frenó en seco, para dejar paso a un reluciente sol, por lo que nos quitamos los chubasqueros y seguimos nuestro camino.

Llegamos a la Estación de Postdamer Platz, nos encontramos algunos restos del muro de Berlín. Los observamos en silencio, con curiosidad. Retazos de antaño que bien podrían servir para plasmar este mundo tan loco que nos ha tocado vivir.

Continuamos hasta el Edificio Sony, uno de los más altos y espectaculares de Berlín, este se encuentra situado en esta famosa plaza y es visible desde la distancia gracias a la altura que posee. Fue construido después de la guerra por Helmut Jahn, y se caracteriza por su impresionante cúpula acristalada. Se trata de una cúpula gigantesca, bajo la que se encuentra una divertida y colorida plaza con varios bares y restaurantes. De noche, la cúpula se transforma y se viste de colores ácidos, fucsias, verdes, amarillos, que dan color a la noche berlinesa. Pero el edificio Sony no sólo es un lugar de compras, también posee un museo un tanto curioso: se trata del museo del cine, un lugar interesante, en el que se repasa los momentos más espectaculares que se han vivido en la gran pantalla. Un museo interactivo que dispone de numerosos “juegos” y pantallas, que te permiten descubrir infinidad de datos cinematográficos mientras te diviertes.

Salimos del bullicioso edificio Sony y nos encaminamos hacia el no menos bullicioso, Checkpoint Charlie. Este lugar era uno de los pasos fronterizos que unía el Este y el Oeste, durante la Guerra Fría. De hecho, es el más famoso de entre los siete que existían en la ciudad, y fue en el cual se concentró más cantidad de gente, para pasar del Berlín oriental hacia el occidental el día de la caída del muro. Está ubicado en la calle Friedrichstraße, a unos quince minutos andando desde la Potsdamer Platz. El punto de control del Checkpoint Charlie, fue demolido poco tiempo después de caer el Muro de Berlín, a mediados de 1990. De hecho no quedaría ninguna muestra de él, si años atrás no se hubiera reconstruido una de las casetas de control, y en la actualidad no estuviera plagado de personajes que se ponen un uniforme, y hacen el paripé para conseguir unas monedas. De hecho, si quieres hacerte una fotografiá en el lugar, tienes que dar un euro por hacerla. Todo vale en este Berlín de postal.

También se ha abierto un museo (el Haus am Checkpoint Charlie Mauermuseum) que rememora la historia de la Guerra Fría y los horrores del muro. Los berlineses, que están ya de vuelta de todo, han bautizado a este lugar bajo el divertido apodo de “Disneyland de Berlín”, haciendo referencia a que se ha convertido en una gran atracción turística, ya que hay un sinfín de buscavidas intentando ganarse la vida, a costa del viajero. Algo que nos resultó curioso fue la razón por la cual pusieron el nombre Charlie a este puesto fronterizo, ya que tiene que ver con el alfabeto fonético que utilizaba la OTAN. Por ser el tercer puesto de control, se correspondería con la letra C, siendo los dos primeros caracteres Alpha y Bravo, con lo cual ahí quedo eso, Charilie para los restos…

Salimos despavoridos de aquel circo que no nos llamaba la atención lo más mínimo. Después de deambular un buen rato, y de darnos cuenta de que estábamos realmente agotados, ya que estábamos haciendo todo el recorrido a pie, decidimos hacer una parada, para sentarnos, descansar, tomar fuerzas y degustar algún refrigerio.

Había varios locales pero ninguno nos convencía, hasta que de pronto encontramos el que seria nuestro “oasis” de descanso en Berlín, el Aroma Café. Un lugar agradable en el que a parte de tomarnos un delicioso café y chocolate, descubrimos lo que fue una constante en esta parte del viaje, las blueberry muffins, o lo que es lo mismo, magdalenas de arándanos, una delicatessen que descubrimos por pura casualidad, pero que aún hoy en día, se nos hace la boca agua al recordar aquellas fantásticas paradas a media tarde, para disfrutar de un “tet a tet” en un lugar que difícilmente olvidaremos.

Nos levantamos de la mesa casi arrastras. No podíamos dar ni un paso más, por lo que cogimos el metro y nos dirigimos a la estación Schwartzkopffstraße, que es la que nos dejaba directamente en el área. No era especialmente tarde pero estabamos molidos. Llegamos a la auto, dimos unos mimitos a Gish, y nos pusimos manos a la obra. Teníamos obligaciones domesticas, con lo cual preguntamos a la persona responsable del área donde podíamos hacer la colada, quien nos comentó que cerca de allí habia una lavandería tipo americana, en la cual poder hacer la colada. La encargada muy amable, nos ayudó como pudo, mediante señas, a poner la lavadora y la secadora. Dejamos allí la ropa dando vueltas, nos acercamos a la autocaravana y en una hora volvímos para llevarnos la ropa impecable.

Nos gustó la experiencia, pues nos lo habíamos pasado pipa poniendo la lavadora y escuchando música en aquel lugar tan divertido. La señora de la lavandería, nos hechaba miradas cómplices y risueñas, y nosotros aunque cansados, se las devolvimos haciéndonos cómplices de aquella oronda y rosada mujer.

Volvímos a la autocaravana con una sensación de felicidad total, pero nuestros pies casi no podian ni moverse. Parecía como si lleváramos unos enormes zapatos de payaso y no pudiéramos caminar en condiciones. Nos dimos una ducha calentita, cenamos animadamente escuchando algo de música, y comentamos cuanto nos habia gustado Berlín. La capital había superado todas nuestras expectativas, y estábamos totalmente ansiosos por volver a sus calles.

Aún estando el área en el centro de Berlín, un sutil aroma a flores entra suavemente por la ventana. Hacia calor y una deliciosa somnolencia comenzaba a envolvernos dulcemente, pero me dolian tanto los pies que no era capaz de conciliar el sueño. Me levanté, me dí un gratificante masaje con voltaren, y me volví a meter en la cama. Miles de instantáneas se agolpaban en mi cerebro, respiré profundamente y mi pulso comenzó a ir más despacio… otra respiración y ahora si, felices sueños…

Día 13: Berlín.

Nos levantamos con calma, ya que estábamos muy cansados, pero aún con el cansancio las ganas de seguir descubriendo Berlín estaban intactas. Conseguí salir de la cama de milagro, casi tuve que tirarme de ella para no tener que poner los pies en el suelo… me dolían muchísimo. Me volví a dar la pomada, e iniciamos el día con más ganas que fuerzas.

Lamentablemente mis pies me iban a dar bastante guerra. Me dí cuenta que las suelas de mis zapatillas estaban muy desgastadas, con lo cual decidimos que mi calzado había tocado fondo, y que era hora de comprar unas nuevas. La decisión estaba tomada! Cogimos el metro y nos dirigimos a la parte occidental de la ciudad, en la que se encontraba  el famoso centro comercial KDAEWE, en el que aprovechamos para comprar las zapatillas. Gracias al cielo las encontramos rápidamente, preciosas y encima a buen precio, no se puede pedir mas… El centro comercial era enorme, pero nosotros tuvimos suficiente con tener en nuestro poder mis relucientes “bambas”. Me las calcé allí mismo y al menos salí en mejores condiciones de las que había entrado.

Nos acercamos caminando hacia el primer plato fuerte del día, la Kaise-Wilhelm-Gedächniskirche, conocida coloquialmente como el pintalabios y la polvera, situada en el antiguo Berlín occidental, concretamente en la Kurfürstesdamm, muy cerca del zoo. La bulliciosa plaza donde se encuentra, estaba totalmente repleta de gente, que como nosotros se quedaba perpleja ante aquella singularidad.

La Kaiser-Wilhelm-Gedächniskirche, fue mandada construir por el emperador Guillermo II a finales del siglo XIX. Se trataba de un gran edificio de estilo Neorrománico, formado por cinco torres, una de ellas elevada de 136 metros sobre el suelo. Durante la Segunda Guerra Mundial sufrió gravísimos daños estructurales, y años después se decidió reconstruirla de un modo fuera de lo común: se dejó en pie una de las torres en ruinas y a su lado se edificaron dos modernas estructuras, una torre conocida popularmente como el “pintalabios” y otro edificio más bajo denominado la “polvera”.

La iglesia antigua, posee numerosos y bonitos mosaicos sobre la vida de Guillermo II. Incluye también una exposición sobre la historia del monumento. Resultaba triste observar lo grandioso que era el edificio antes de la guerra. La iglesia nueva, diseñada por el arquitecto Egon Eiermann con su planta octogonal, puede resultar exteriormente incluso un tanto anodina, pero resulta impactante observar su interior, de lineas minimalistas que dotan al espacio de un misticismo único. Su composición es realmente increíble, ya que está formada por más de veinte mil cristales de tonalidades azuladas, que envuelven a este lugar en paz y sosiego.

La luz se filtraba de una manera tan perfecta, que estoy segura de que no volveremos a ver nada parecido, en ningún otro lugar del mundo. Parecía como si te bañara literalmente y cada poro de nuestra piel se transformara ante su cálida presencia. La figura dorada de su cristo, le daba un aspecto casi futurista. Jamas hemos visto nada parecido en ninguna otra iglesia que hayamos podido visitar. Un lugar excepcional y diferente, no exento de polémica, pero hemos de decir que a nosotros nos encantó.

Ambas iglesias son uno de los mejores ejemplos de cómo Berlín ha sabido reinventarse. Una ciudad bombardeada a diario durante dos años, con muchos edificios semi-destruidos, pero que han sido remodelados, ofreciéndonos hoy en día una visión diferente y original de lo que fueron. Es sin lugar a dudas, la mejor metáfora de la arquitectura berlinesa: ¿por qué el pasado y el futuro tienen que estar reñidos?

Salimos de la iglesia y nos costaba centrar nuestra atención en la Breitscheidplatz, uno de los puntos mas bulliciosos de la capital, con su trafico constante y una hetereogenea población de tribus urbanas. Nos resultaba curioso ver como los vendedores de dulces, ahuyentaban a las avispas de sus mercancías, mediante aspiradoras. Las que eran más rápidas se libran del encarcelamiento, pero las que quedaban rezagadas acababan en las tripas de la aspiradora. Todo en Berlín parece tener un doble sentido, es una ciudad que no deja de sorprendernos. En definitiva, un lugar que no hay que perderse. Una verdadera maravilla arquitectónica, que difícilmente puede admirarse en otra lugar de Europa.

Decidimos tomarnos las cosas con un poquito mas de calma, y regresamos a la autocaravana para comer y descansar un poco. No queríamos que nos pasara como el día anterior y llegar tan perjudicados al anochecer. Todavía quedaban demasiadas cosas por ver y había que dosificar nuestras fuerzas.

Después de comer, nos volvímos a poner en marcha y nos acercamos a la zona Este de Berlín, concretamente a la famosa AlexanderPlatz. A finales de la guerra la zona estuvo completamente desolada por los bombardeos, durante las casi tres décadas en las que Berlín estuvo dividida, y la Alexanderplatz fue el centro neuralgico del Berlín Oriental. En los años sesenta, como parte de su plan para reformar este sector de la ciudad, la República Democrática Alemana amplió la Alexanderplatz y la hizo peatonal.

El acontecimiento más importante acaecido en esta plaza, fueron las protestas del cuatro de noviembre de 1989. Ese día, medio millón de personas se manifestaron contra el gobierno comunista y cinco días después, el nueve de noviembre, el gobierno anunció la libertad para cruzar el muro de berlín. Todo un acontecimiento que ha quedado para siempre en los anales de la historia.

La zona Este de la ciudad, contrasta tremendamente con la zona occidental que habíamos visitado. Realmente parecían dos ciudades totalmente distintas. Nos encaminamos hacia el Fernsehturm, una torre de televisión de 368 metros de altura. Inaugurada el tres de octubre de 1969. Actualmente es el segundo edificio más alto de Europa tras la Torre Ostankino de Moscú.

Dentro de la esfera que hay en la parte alta de la torre, hay un restaurante giratorio. Justo debajo se encuentra el mirador a doscientos cuatro metros de altura, al que se accede por medio de dos ascensores. Hicimos un intento de visitarla, pero la cola era larguísima, y no nos apetecía esperar allí dos horas a que llegara nuestro turno.

Nos dirigimos hacia el Ayuntamiento Rojo, el Rathaus, situado en la calle Rathaus, cerca de la catedral, de la fuente de Neptuno, de la iglesia de Santa María y como no, de la famosa torre de televisión. El Rotes Rathaus o Ayuntamiento Rojo está situado en el distrito de Mitte, y es la sede del gobierno federal del estado de Berlín. El nombre de “ayuntamiento rojo” no se debe a la política, sino al color de los ladrillos con los que esta construido. En el centro de este complejo, se sitúan dos figuras en bronce sorprendemente modestas de Marx y Engels. Fue realizado en el año 1861 por Hermann Friedrich Waesemann, en un estilo similar al del alto renacimiento italiano. Como pasó en el resto de Berlín, el edificio fue seriamente dañado por las bombas aliadas en la Segunda Guerra Mundial. El edificio fue remodelado en los años cincuenta. Después de la separación, quedó en el lado soviético y sirvió como ayuntamiento de esa parte de la ciudad, al igual que el Rathaus Schöneberg fue el ayuntamiento de Berlín Oeste. Después de la reunificación, la administración del Berlín unificado se trasladó al Ayuntamiento Rojo. Un edificio significativo donde los haya, que resulta curioso por toda la historia que lleva a su espalda.

Seguimos andando hasta llegar a la zona más imperial de Berlín: La plaza Gendarmenmarkt y la avenida Unter den Linden. En Gendarmenmarkt se encuentra dominada por tres edificios singulares, el del teatro “Schauspielhaus”, el de la catedral alemana “Deutcher Dom” y el de la catedral francesa “Französischer Dom”. Es quizás la plaza más bonita y suntuosa de Berlín. Cerca de la opera, nos encontramos otro monumento singular, en este caso conmemorativo, que recuerda que en este lugar, el once de Mayo de 1933, los nazis organizaron su famosa quema de libros, empezando por las obras de Karl Marx.

El centro de la plaza, está coronado por una estatua del poeta alemán Friedrich Schiller. La sala de conciertos “Konzerthaus Berlin” fue construida por Karl Friedrich Schinkel en 1821. Basada en las ruinas del Teatro Nacional, que fue destruido por un incendio en 1817. Partes del edificio contienen columnas y alguna pared exterior del Teatro Nacional destruido. Detrás de la catedral alemana podemos encontrar la chocolatería más famosa de Berlín: La Fassbender & Rausch Chocolatiers, no os lo podéis perder.

Empezaba a ser algo tarde y curiosamente nos encontrábamos cerca del Aroma café, por lo que decidimos regresar a tomarnos otras deliciosas Blueberry mufins. Aisss como recuerdo esas fabulosas tardes en aquel lugar donde todo era tan dulce, desde las viandas hasta nuestras charlas flanqueadas por el humeante café berlines.

Regresamos al Reichstag, pero nuestro segundo intento por visitarlo volvió a ser fallido. Había todavía más gente que el día anterior, con lo que volvímos a posponer su visita para el día siguiente, esperando tener más suerte, porque ya comenzaba a darnos miedo irnos de Berlín sin haber disfrutado de sus cristalinos detalles. Decidimos volver a primera hora del día siguiente.

Antes de marcharnos sin embargo, teníamos una última visita pendiente, la East side gallery, la cual por muchas vueltas que dábamos no lográbamos encontrar. Nuestro mapa estaba incompleto y no había manera de localizarla. Finalmente, gracias a las indicaciones de un amable berlinés, nos dimos cuenta de que se encontraba casi a las afueras de la ciudad.

Tuvimos que tomar una de las lineas de tren de cercanías, señaladas como “S”, lo que nos llevó un tiempo precioso, llegando a nuestro destino casi al atardecer. Como cambia el aspecto de la ciudad! Como se notaba que estábamos en las afueras! Todo se veía más descuidado, pero aún así tenía un cierto encanto. Visitamos la galería, que prácticamente consistía en su interminable muro indescriptible… y por fin estábamos ante él.

El tramo del “muro interior” situado en la Mühlenstrasse del distrito de Friedrichshain, fue pintado en 1990 por artistas de veintiún países, y es conocido como “East Side Gallery”. Se pintó con pinceles y pinturas de spray, conmemorando la celebración por la caída del antiguo muro. Los artistas transformaron el muro, de una manera solamente posible en el Berlín Occidental de aquella época.

La construcción de las fortificaciones fronterizas entre la estación de trenes de Ost-Bahnhof y el puente Oberbaumbrücke, no siguió el esquema usual. La frontera política con Berlín Occidental transcurría por el suroeste en la ribera de Kreuzberg, mientras que la totalidad de la superficie del agua pertenecía a Berlín Oriental.

Guardias fronterizos patrullaban el río Spree en barcos. En la ribera de Friedrichshain se alzan segmentos del así llamado “muro fronterizo 75” y detrás del mismo se esconde una valla de alambre de espino. Debido a que la Mühlenstrasse corría paralela a la frontera, formaba parte de la así llamada “ruta protocolaria” que los visitantes estatales utilizaban al ir del centro de Berlín Oriental hasta el aeropuerto de Schönefeld. Los segmentos de muro de hormigón, normalmente utilizados como muro exterior, servían en este caso para evitar que los visitantes vieran la franja fronteriza, restándole así importancia.

En cuanto al “muro interior”, lo que hay conservado tiene aproximadamente un kilómetro y medio de longitud, de manera que la East Side Gallery es la “mayor galería al aire libre del mundo”. Desde 1992 ha sido declarado patrimonio artístico.

Siempre fue difícil evitar el deterioro de la East Side Gallery. Ya poco después de haber sido pintada, los dibujos necesitaron ser restaurados. Muchas de las obras fueron pintadas con pinturas inadecuadas, y sin aplicar una capa de fondo sobre el hormigón, por lo que fueron víctimas de las inclemencias del tiempo. Otros dibujos fueron cubiertos con graffitis. Solamente algunos pudieron ser restaurados apropiadamente. Para poder llevar a cabo una restauración duradera de la East Side Gallery, sería necesario sanear el hormigón para después poder reproducir los dibujos, un trabajo arduo y dificultoso que se esta realizando poco a poco.

Allí delante, plantados ante aquella explosión de rebelión y desobediencia, no puedes más que observar en silencio el gran poder de las imágenes, que en muchos casos tiene mas peso que las propias palabras. Un canto de libertad, que atronó los oídos de quienes se negaban a escuchar lo evidente… Sarcasmo contra la violencia, e inteligencia para acallar a los necios, todo esto es la East Side Gallery.

Nos alejamos del muro con reticencia. En nuestras pupilas se habían grabado a fuego imágenes que jamas olvidaríamos, sensaciones que difícilmente son explicables, a no ser que estés ante aquel muro de la vergüenza, ante aquella piedra repudiada y, sobre todo, ante aquella piedra que habla por si sola.

Ya casi de noche, en aquella estación destartalada, volvimos a coger el tren que nos llevaría de regreso a casa. Agotados, quemábamos nuestras ultimas fuerzas en digerir todo lo vivido, en sumergirnos en esta gran historia y en entender un poco más, todo lo sucedido en esta capital partida en dos. Silencios dentro de una ciudad tan bulliciosa. Nuestra casa abierta de par en par para recibirnos, y un ronroneo cariñoso de Gish dándonos la bienvenida. No se puede pedir más a un día tan redondo como el vivido.

Día 14: Berlín.

Es nuestro último día de visita en Berlín. Nos levantamos con una sensación ya conocida. Nos iba a costar marcharnos de esta gran ciudad, pues habíamos vivido días tan intensos que eramos conscientes de que dejaríamos una parte importante de nosotros en ella. Pero aún teníamos un día entero por delante, y seguíamos con las mismas ganas y expectativas que el primer día. Desayunamos, me volví a poner voltaren en mis doloridos pies, y comenzamos nuestra ruta mañanera.

Nos volvimos a dirigir hacia el Reichstag. No dicen que a la tercera va la vencida? Pues nosotros esperábamos que así fuera, pero por increíble que pareciéra… aún había más gente que en días anteriores. Volvimos a desistir jugandonos todo a una sola carta, dejando la visita al Reichstag para ultima hora de la tarde. Después de desistir en nuestro empeño, nos dirigimos hacia la Isla de los Museos.

Ya de entrada vimos que habíamos cometido un error garrafal, pués era Sábado, con lo cual Berlín estaba repleto de viajeros que venían a pasar el fin de semana. No había manera de poder ver algo en condiciones. Intentamos visitar el Museo Pergamon, que es uno de los museos más importantes sobre el arte egipcio, pero la cola daba dos vueltas al edificio.

La lastima fué que la gran sacrificada de este viaje, iba a ser  precisamente su famosa isla de los Museos, pero en aquel momento no podíamos hacer otra cosa. Ya habría otra ocasión para volver y disfrutar de lo que hoy, nos quedaba pendiente.

Agobiados de andar de aquí y para allá y de perder casi todo la mañana sin ver más que gente y más gente, decidimos volver a la autocaravana, comer temprano, ducharnos para refrescarnos de la mañana tan calurosa que habíamos tenido, y hacer las cosas al revés.

Decidimos cambiar de planes y aprovechar la tarde para hacer las visitas que nos quedaban. Ademas, queríamos vivir la noche Berlinesa, con lo cual empalmaríamos visitas con ocio nocturno. Nos lo tomamos con calma, esperando a que cesara un poco el calor. Nuestra idea era disfrutar de la tarde-noche de Berlín, por lo que aprovechamos la sobremesa para hacer un poco de limpieza en la autocaravana, ya que al día siguiente comerzaríamos otra vez con nuestra ruta, y después de tres días de “tralla” en la capital, teníamos la auto que parecía una leonera.

Más tarde, nos dirigimos nuevamente al Reichstag, en un último intento por visitarlo. Afortunadamente, vimos que había cola, pero ni la mitad que por la mañana. El tiempo de espera no llega a la hora, por lo que decidimos quedamos. La tarde estaba preciosa, y por el fin el Reichstag nos esperaba. La espera se hizo deliciosa. Comenzaba a hacer fresco y la brisa funcionaba como un bálsamo reparador. Finalmente entramos. Nos cachearon, como hicierón con el resto de personas que iban a entrar al edificio,  y de pronto nos encontramos por fin dentro de aquel enorme caparazón de acero y cristal.

En la entrada nos entregaron una audio guiá en castellano que nos introdujo de bruces en la sede del Bundestag alemán. Desde que se reabrió en 1999 y quedó coronado por su reluciente cúpula, diseñada por el arquitecto británico Norman Foster, se ha convertido en un poderoso símbolo del país, creada para expresar la apertura del proceso político. El edificio es espectacular y enorme. Allí dentro te sientes relamente chiquitito. Todo en él parece tener su justa medida, ni menos ni más, todo tiene un equilibrio envidiable. Si algo faltase o sobrase, ya no seria el Reichstag.

Comenzamos a subir por la rampa que nos llevaría directamente a la cima de su impresionante cúpula, pero resultaba difícil detener nuestros ojos y pausar nuestros anhelos, cuando el atardecer comenzaba a teñir de color aquella estructura fría y reluciente, convirtiéndola en un ser vibrante, recorriendo sus grandes tentáculos metálicos, e insuflando en ellos el elixir dorado de un sol que parecía brillar como nunca. La estampa dejaba sin aliento. Desde la altura observábamos todo Berlín a vista de pájaro. A nuestros pies aparecía bañada en su brumosa capa dorada, y sus edificios aparecían relucientes bajo la atenta mirada de sus risueñas farolas. Brillantes neones, que coronaban una ciudad disfrazada de noche festivalera.

Cuanto nos había costado llegar hasta aquí, pero que grande era la recompensa que nos había deparado el destino. Se podía haber congelado el tiempo allí mismo, y no habría podido detener los frenéticos latidos de mi corazón, un atardecer de los que no se olvidan estaba teniendo lugar en este mismo momento, nos sentíamos cómplices de aquello, como si nadie más pudiera entender aquel momento, como si el resto de personas estuvieran dibujadas en la pared.

La guinda al pastel berlines, las blueberry muffins multiplicadas por billones de sabores y experiencias. Los últimos rallos de luz se escondían en el horizonte, dejando paso a la noche más incitadora, a esa que queríamos unirnos y saborear como el más dulce recuerdo.

Bajamos del Reichstag, como el que baja de la más alta cumbre y ve cumplido todos sus sueños. La noche estaba preciosa y aún nos quedaban muchas más cosas por descubrir. Comenzamos nuestro tour turístico por todos los lugares más significativos que habíamos visitado durante estos tres días fréneticos, para verlos vestidos de fiesta y con sus mejores sonrisas. La ciudad de noche estaba preciosa. Todo lo que habíamos oído sobre su inigualable iluminación, resultaba ciertamente inolvidable.

Lugares como la puerta de Brandemburgo, la Postdamer plazt y la Sony Gallery, mostraban su cara más colorida, y nos sorprendía ver como muchísima gente al igual que nosotros, sacaba su trípode para inmortalizar aquellos lugares que bien merecían un pequeño pedestal en forma de fotografiá. Nuestro tour nocturno y fotográfico estaba resultando una maravilla. Estábamos como niños con zapatos nuevos, pero también agotados. Sin embargo, antes de volver a casa queríamos pasarnos por el “Zapata”, un lugar emblemático en el que puedes disfrutar de música en directo, en compañía de gente divertida.

La noche tocaba a su fin, y nuestras fuerzas también. Salimos del local con los oídos casi tapados por los decibelios del concierto, pero nos lo habíamos pasado genial. Habíamos bailado, saltado… nos habíamos reído, y sobre todo, nos íbamos con un sabor de boca excepcional. Como nos iba a costar despedirnos de este Berlín que se nos había colado tan dentro.

Noches alegres que hacen sentir pletórico, feliz, lleno de vida,  que deseas que no acaben nunca,  y que su magia dure para siempre. Momentos vividos que quedarán tatuados en nuestra piel, y que por mucho tiempo que pase, no caerán en el olvido. Comencé este relato con un aleteo de alas, y lo termino con un tímido suspiro que anhela volar y encontrar aquel ángel que guarda desde las alturas esta ciudad infinita.

-El viaje continua en la quinta parte del relato: Postdam y Sajonia.-

La alemania de las mil caras IV: Berlin from conrad y echobelly on Vimeo.

Créditos vídeo: Polock: Sometimes

ROAD BOOK

Día 12: Röbel – Berlín.
Kilómetros día: 140 Kms.

Días 12, 13, y 14: Estancia en Berlín
Pernocta: Área Berlin – Mitte (Pág. 161 guía ADAC)
GPS: 52º 32’ 18’’ N – 13º 22’ 20’’ E
Capacidad: 45 Plazas.
Precio: 19 €/dia.
Estacion de metro mas cercana: Schwartzkopffstraße.

9 Comments + Add Comment

  • Hola chicos:

    Estabamos ya impacientes jeje. Me ha gustado mucho vuestra estancia en Berlin, muy reivindicativa, pero es que ir a berlin y no reividincar es un delito.

    Preciosas fotografias, un texto cañero y conciso, y un video genial y divertido. Me lo he pasado como un enano disfrutando del relato.

    Me quedo con la apertura de la ciudad y por la dura historia que carga a sus espaladas. Magnifica berlin y magnificos vosotros por transmitir lo que sentis de esta manera tan intimista. Me encanta.

    Saludos y quedo a la espera de la quinta parte jejeje.

  • Hola Manu:

    Muchas gracias por tu comentario. Tienes toda la razón en cuanto a la reivindicación, pero es que a veces da rabia que por interes economicos pasen tanto de todo… pero bueno, berlin es mucho mas que una actitud reivindicativa jajaja.

    Me alegra que te hayan gustado las fotos, el texto y el video… de hecho solo reflejan lo bien que nos lo pasamos, y es que NOS LO PASAMOS GENIAL.

    Ahora ya sabes, a tener un pelin mas de paciencia, y dentro de poquito la quinta parte.

    Saludetes.

  • Con vuestro relato he revivido toda la historia de Berlin, la verdad me dan escalofrios por todos los atropellos sufridos pèro que gran pais,vaya recuperaciòn.
    Yo el domingo voy de viaje ,por todas las islas griegas,aparte visito Venecia 2 dias y Dubrovnivk que ya conozco pero no me importa ,es una maravilla.
    Ya os contarè ,no tan bien como vosotros però lo mejor posible .Un abrazo

  • Hola Francis, me alegra que te haya gustado el reltato y que te hayas sumergido en las aventuras vividas en él. Una capital fascinante que vivio un verdadero infierno, pero como bien dices resurgio de sus propias cenizas de una manera “insuperable”.

    Esperamos que lo pases genial en tu viaje por las islas… que envidia!!!! Cuentanos con pelos y señales a tu regreso, asi tendremos la excusa perfecta para volver a visitar tu precioso jardin.

    Un besazo.

  • Jo, que bien, que recuerdos, caminar bajo los tilos, pasar la puerta de Brandemburgo y sumergirte en el Reichstag, subir a lo alto y disfrutar de las excepcionales vistas. Que recuerdos.

    Berlin es una ciudad que impresiona y donde no te sientes de fuera. Que ganas de volver.

  • Hola chicos:

    Que gustazo de relato, tan bueno como la pinta que tienen esas blueberry muffins, dan unas ganas locas de ir a buscarlas jejej.

    Nos ha parecido muy interesante, Berlin es una caja de sorpresas. Nosotros fuimos hace demasiado tiempo, con lo cual, haber si tenemos suerte y podemos volver dentro de poquito.

    Como dicen los compañeros, me ha gustado todo… hasta los andares! Realmente una joya.

    Un besote a los dos y quedamos a la espera de la quinta parte jejej

  • Hola a ambos:

    Luis y Maria, totalmente de acuerdo en todas vuestras afirmaciones. Es una ciudad super compacta, en la cual todo el mundo es bien recibido, y sobre todo una ciudad para descubrir, ya que al ser tan grande, hay infinidad de lugares para perderte e intentar empaparte desde su cultura, su historia, tradiciones, etc…

    Nosotros nos volveriamos ir para allá mañana mismo!

    En cuanto a las blueberry muffins, puedes pillar la receta a traves de la red y probarlas en un momento, te saldrá más a cuenta que hasta Berlin a comprarlas, esos si, no tendrán el mismo encanto que comerlas en cualquiera de sus cafes en buena compañia.

    Gracias a los dos por vuestros comentarios, y a esperar a la quinta jajajaj.

    Saludetes.

  • La verdad es que nunca me han atraído las grandes ciudades. Me agobia muchísimo la cantidad de gente y vehículos que hay por todos lados, las enormes distancias, … pero intento casi siempre hacer alguna parada.

    Precisamente Berlín no era de las ciudades que entraran en mis planes, pero he de decir que leyendo el relato he sentido la curiosidad por conocerla y, por supuesto, por probar esas maravillosas magdalenas de arándanos; aunque no sé yo si me arrepentiría de la decisión ya que mis pies son muy delicados y después de ver que te has tenido que poner voltaren “mieditis” me da.

    En fin, que si algún día pasamos cerca de Berlín seguro que cae una visita ;)

    Ahora toca esperar el siguiente relato.

    Un saludo

  • Hola Alicia:

    A nosotros tambien nos cuestan las ciudades, cambiar el ritmo que conlleva hacer una visita de estas caracterisiticas, pero hay ciudades que bien merecen “este cambio de ritmo”.

    Eso si, aprende de nuestros errores, Berlin es muy grande, pero si desde el comienzo te mueves en transporte publico, no notaras tanto el agotamiento que nos produjo a nosotros el primer día. Ya ves, de todo se aprende.

    Tambien es recomendable, hacer coincidir la visita entre semana, habrá menos turistas y colas en los monumentos más importantes. quitaras bastante agobio de gente. Por otra parte, Berlin al ser una ciudad tan grande, no sientes ese agobio que puedes tener al visitar otras cudades mas pequeñas.

    En cuanto a las blueberry muffins, si visitas la ciudad no te las puedes perder, son una exquisitez…

    Por lo tanto, te recomiendo la ciudad al cien por cien. Que no te de miedo…

    Saludetes.

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