Un Viaje a la Carta: Bretaña (2/5)
Estábamos tan solo en nuestro cuarto día de viaje, pero ya comenzábamos a tener aquella sensación de estar perdiendo la noción del tiempo. Por un lado, teníamos claro que el viaje “acababa de empezar”, pero por otro… eran tantas las sensaciones vividas y los lugares visitados que parecía imposible que hiciera tan solo cuatro días desde que habíamos salido de casa.
Por supuesto no habíamos visitado todo lo que la magnífica región del Loira nos ofrecía, habíamos dejado bastantes cosas en el tintero, pero habíamos disfrutado de lo que nos había apetecido en cada momento, que era lo que nos habíamos propuesto para este viaje, y con ganas de seguir conociendo nuevos lugares pusimos rumbo a nuestro próximo destino: “La Bretaña”.
Para llegar a ella antes debíamos recorrer otro buen puñado de kilómetros así que intentamos llevarlo lo mejor posible, charlando, haciéndonos cómplices de nuestras búsquedas de pequeños tesoros, y compartiendo miles de momentos musicales que ponen la banda sonora a este viaje, aunque si hubiera una cámara oculta podría dañar la sensibilidad de muchos de vosotros. Decidimos hacer el trayecto mayoritariamente por autopista para perder el mínimo tiempo posible, así es que en cuanto pudimos tomamos la autopista A11 hasta Nantes, y luego la N165 que ya no abandonaríamos hasta llegar a nuestro primer destino del día.
Nuestra primera parada nos llevó hasta Carnac, situado a 32 kilómetros al oeste de Vannes. Este pequeño pueblo es conocido principalmente por sus misteriosos menhires megalíticos, uno de los alineamientos más grandes e importantes del continente. A parte de que fueron ideados y levantados por manos humanas no se sabe con seguridad si se trata de enterramientos, si cumplen alguna función meramente decorativa o bien si constituyen algún sistema de orientación en conjunción con otros yacimientos encontrados en el mundo. De hecho esta última opción es la que toma más fuerza en la actualidad.
Según los datos de nuestras guías existía en Carnac un área especifica para autocaravanas, por lo que una vez señalada en el GPS seguimos sus indicaciones para llegar hasta ella. Tras algún enfado con este pequeño compañero de viaje por su empeño en hacernos pasar por las calles más estrechas de la población, dimos un pequeño rodeo y conseguimos llegar al área. En esta ocasión, era una pequeña plaza repleta de autocaravanas. Tuvimos suerte y una de ellas marchaba cuando nosotros llegábamos por lo que raudos ocupamos su plaza.
No quisimos demorarnos mucho y rápidamente nos pusimos en marcha hasta llegar a los curiosos menhires de Carnac, situados apenas a un paseo del área. Disfrutamos de aquel lugar tan especial, como meros espectadores, casi sin entender su significado, pero realmente el lugar tenía un algo que era difícil de explicar, supongo que por algo aquellos menhires tan particulares están situados en aquel emplazamiento, algo tendrá que ver con los lugares telúricos de la tierra. En fin son cosas que a veces se escapan al entendimiento.
Una vez saciada nuestra curiosidad volvimos a la auto y pusimos rumbo hacia Quiberon, situada en la punta mas septentrional de la península de la cual toma su nombre, y lamentablemente uno de los destinos turísticos más populares entre los Franceses, punto este que nos daba realmente bastante miedo. Durante nuestra estancia en el Loira nos habíamos quejado de la cantidad de gente que había en la zona, pero ahora nos parecía anecdótico comparado con lo que nos estábamos encontrando en Quiberón. Intentamos que aquello no terminara haciendo mella en las ganas que teníamos de visitar aquella zona, pero realmente aquello parecían las ramblas en hora punta.
La península de Quiberon consta de dos ciudades: Quiberon y san Pedro Quiberon, de 5.000 y 2.000 habitantes respectivamente. La singularidad del lugar es que es una zona “mas abrupta”. La gente viene a respirar y a disfrutar de la naturaleza a pleno pulmón. La costa salvaje, como se denomina a esta peculiar península se extiende a lo largo de 15 kilómetros. En ella se puede realizar senderismo y practicar el surf, la vela, además de disfrutar de diminutas playas, y de excursiones guiadas para conocer la flora y la fauna de la zona. Quiberon cuenta con 365 islas deshabitadas, pequeñas joyas diseminadas a lo largo de un mar Atlántico embravecido y salvaje que dota a aquella zona de una personalidad inigualable. La única isla habitada es la isla de los Monges.
Nuestra intención era llegar al extremo de la península, donde se encuentra Quiberón, así que poco a poco y con mucha paciencia por el denso tráfico, recorrimos lentamente la carretera que recorre la península hasta su extremo. Lástima de la multitud de gente que ululaba por todo el lugar y que hacia que perdiera un poco el encanto que tendría que tener una zona denominada “la costa salvaje”. El lugar realmente era espectacular, salpicado por cientos de flores multicolores que dibujaban una estampa única enmarcada por sus impresionantes playas, encontrando en algunos tramos sus aguas a tan solo unos metros de la carretera, invitándonos a detenernos en alguno de los abarrotados párkings que fuimos encontrando a nuestro paso.
Decidimos continuar hasta nuestro destino sin apenas detenernos, así que finalmente llegamos a Quiberón. Primer paso: encontrar el área donde aparcar la autocaravana y posiblemente pasar la noche. Después de unas cuantas vueltas encontramos el área con facilidad ya que estaba bastante bien indicada, a pie de playa en el camino que circunvala la población. Lo cierto es que hasta esa fecha yo creo que era el área más grande que habíamos visto con diferencia (luego, durante el viaje, veríamos algunas mayores todavía) pero en aquel momento la sorpresa fue monumental. Tras recorrer el área encontramos la que nos pareció una buena plaza para pasar la noche, así que una vez estacionada y depositado el ticket en su interior (tipo zona azul), nos dispusimos a dar un agradable paseo.
Como hemos comentado, el área se encuentra a unos Kilómetros del centro de Quiberón, recorrido que se hace agradablemente en bici o a pie por el camino que recorre los increíbles y escarpados acantilados de la costa de la Bretaña.
Casi sin darnos cuenta, llegamos a la población, donde disfrutamos de una de sus maravillas, el castillo de Turpault, construído en 1904 por un industrial de la seda de Cholet. Durante la Segunda Guerra Mundial fue ocupado por los alemanes. Actualmente es propiedad de un ex-militar francés, de nombre Reichard. Entre las anécdotas que brinda éste lugar, cabe destacar el que ha sido un escenario natural para la filmación de películas del cine internacional. Es una visita muy recomendable que se puede hacer por uno de los caminos aduaneros que llega hasta el.
Anduvimos cogidos de la mano por los rocosos acantilados como flotando en la bruma, el atardecer estaba en su cenit y las postales que nos ofrecía eran inolvidables. Después de disfrutar de su espectacular entorno, decidimos poner punto y final a la visita haciendo una pequeña recomendación y es que hagáis el paseo por los famosos acantilados de Quiberon, para que veáis en primera persona el contraste entre su brava costa Atlántica y el soportar estoico de sus acantilados con los tremendos oleajes que en ella se producen, en contraste con la suavidad del color tostado de su finísima arena y la tranquilidad que posee la otra costa de la península, teniendo una calma absoluta y el reflejo caprichoso de sus aguas cristalinas.
Pusimos rumbo hacia la auto con calma, y vaya!… el área resulto estar mas lejos de lo que pensábamos. A la ida, entre fotos y charlas apenas nos habíamos dado cuenta de la distancia, pero el camino de vuelta se nos hizo un poco mas duro ya que se levanto un fuerte viento que nos llevaba casi en volandas y nos hacia perder fuelle. Para quien quiera hay un “trenecito” que sale desde la población y recorre el camino de la costa, con parada en el área, algo de lo que nosotros nos dimos cuenta cuando ya casi habíamos llegado.
Cuando llegamos al área el fuerte viento que habíamos tenido como compañero de regreso, se torno en un aire gélido que soplaba con bastante virulencia, recordándonos la latitud a la que nos encontrábamos, así que rápidamente nos metimos en la auto y nos pusimos a buen recaudo. Desde allí, mientras planeábamos tranquilamente el itinerario de día siguiente disfrutamos de la impresionante puesta de sol, que todos los allí presentes nos empeñamos en fotografiar, aunque el fuerte viento nos pusiera las cosas a veces difícil. Ya de noche, tras una buena cena, una ducha reparadora y una charla agradable, dimos por finalizado otro día de ruta por tierras Francesas.
Día 5: Península de Quiberon – Costa Granito Rosa
Ya nos estábamos poniendo en pié cuando el claxon del panadero sonó con fuerza alborotando la tranquilidad de la mañana en el área. Qué maravillosas son estas áreas francesas en las que puedes comprar pan recién hecho sin apenas tener que moverte de la autocaravana.
La mañana estaba fría y bastante nublada, así que una vez desayunados nos abrigamos bien antes de prepararnos para emprender la marcha. Salimos de la auto y nos dimos cuenta que aparcados ante nosotros había una autocaravana con matrícula española en la que había escrito el nombre de Edu Boy. –“Este me suena”- dijimos, y viendo que estaban por allí nos dirigimos a ellos para saludarlos. Resulta que eran unos compañeros del foro de AcPasion, quienes al igual que nosotros y muchos más, habían decidido visitar la Bretaña durante las vacaciones.
Tras una amigable charla, nos pusimos en marcha pues el día era largo y había bastantes kilómetros que recorrer. En nuestra planificación de la noche anterior estuvimos contando los días que teníamos y los lugares que queríamos visitar, y nos dimos cuenta de que no nos iba a dar tiempo a visitar todo lo que teníamos previsto, punto que ya teníamos claro casi al mismo momento de salir de Barcelona. Un pequeño error de cálculo que nos hacia tener que reducir un poco nuestra estancia en la Bretaña. Fue por ello que decidimos dar otro pequeño salto e ir directamente a la costa de Granito Rosa, saltándonos toda la costa oeste de la Bretaña. Evidentemente nuestro plato fuerte en este viaje eran los Países Bajos y no queríamos llegar demasiado justos para poder disfrutarlos.
Iniciamos nuestro camino en dirección al norte de la Bretaña, y más concretamente hacia Perros Guirec. Para ello tomamos el camino más recto a través de un sinfín de cómodas y tranquilas carreteras secundarias, que en algunos casos parecían montañas rusas por las fuertes subidas y repentinas bajadas que nos encontramos, pero siempre en línea recta, y que nos permitieron llegar a Perros Guirec poco antes de la hora de comer.
Para quien no lo conozca, comentar que Perros Guirec es una población relativamente grande, de más de 7.000 habitantes. En nuestro caso la población en si no era lo que nos interesaba, por lo que pusimos rumbo directo a la costa. Tomamos la carretera que la recorre y nos dirigimos directamente al área de autocaravanas de Tregastel. El área era relativamente grande, para cerca de un centenar de autocaravanas, pero aún así quedaban poquitas plazas cuando llegamos, así es que nos espabilamos como pudimos para adueñarnos de una.
Una vez instalados nos dispusimos a comer, mientras veíamos desde la ventana como las primeras gotas golpeaban en los cristales de la auto, con lo que un día que ya había amanecido bastante gris, empeoraba y se ponía a llover de una manera copiosa. Hemos de comentar que durante todo el viaje el tiempo revuelto ha sido una constante en esta ruta, incluso en momentos puntuales se nos llego a hacer un poco cuesta arriba. De hecho el no haber elegido antes estos dos destinos (Bretaña y Normandía) había sido precisamente por el mal tiempo que suele hacer siempre por aquella zona.
Después de comer Conrad se estiró y se quedo dormido al momento. Le tapé con la pequeña manta de viaje y me puse el chubasquero dispuesta a salir al exterior a descubrir que ofrecía aquel lugar. Salí despacito, paseando bajo la lluvia sin ninguna dirección concreta, dejándome simplemente llevar… El agua caía sobre mi y hacia que las gotas resonaran de un modo ensordecedor sobre mi capucha. Era gracioso contemplar a toda la gente metida dentro de sus autocaravanas sin intención alguna de salir de ellas. Mientras tanto yo caminaba… un paso tras otro chapoteando entre los charcos que se formaban a mi paso, observando cada escena que me iba encontrando, fotografiando los pequeños rallos de luz que se filtraban entre las nubes negras que decoraban un cielo azul metálico fantástico, formando parte de aquel lugar que se me antojaba extraño y desconocido. Fue una sensación rara, de soledad absoluta, de no poder compartir aquel momento con nadie mas… pero al mismo tiempo fue un momento de descubrimiento muy interesante, de esos que te hacen pensar en lo humano y en lo divino.
De pronto encontré una pequeña panadería y entre a comprar un exquisito pan de cereales que olía a gloria. Mas tarde regresaba a la auto con ganas de achuchar a Conrad y de compartir con el todo lo que aquel paraje perfecto nos ofrecería. Le desperté suavemente con un murmullo… tenia una carilla muy graciosa como de no entender nada… tras su siesta le conté mi pequeña aventura en solitario, echamos unas risas y nos dispusimos a dar otro paseo para conocer esta vez si, la costa de granito rosa.
La costa de Granito Rosa es un mundo aparte. Los paisajes tradicionales bretones se borran para dejar paso a una sinfonía de colores que han dado renombre a este rincón del mundo engarzado entre Perros-Guirrec y la isla de Batz. Se extiende aproximadamente a lo largo de 50 kilómetros desde Paimpol a Trebeurden.
A principios del siglo XIX se erigieron aquí bonitas villas barrocas que ofrecen en las playas de Trégastel o Trébeurden bonitas vistas panorámicas al Archipiélago de las Siete Islas y de la bahía de Lannion.
La costa de Granito Rosa también es una reserva natural con una increíble diversidad. La cercanía de los peñones rocosos en el mar ante Trébeurden o de la isla Millau son sólo un ejemplo… y su confirmación, la creación de la primera clínica ornitológica en Trébeurden para salvar a las aves marinas en caso de mareas negras, lugar que teníamos planeado visitar al día siguiente.
Por casualidad o no, escritores habidos por el deseo de naturaleza desembarcan con sus maletas en esta costa. Joseph Conrad vivió mucho tiempo en la Isla Grande y el poeta escocés Kenneth White cantaba a la naturaleza y al carácter celta desde Sainte Anne de Trégastel.
No se puede evocar la costa de Granito Rosa sin hablar de su caos rocoso. Para observarlo basta con pasear por el Sendero de los Aduaneros desde el faro de Menz Ruz, hasta la punta de Ploumanach. El mar y el viento han erosionado el litoral de granito, desprendiendo grandes bloques y labrando en ellos autenticas esculturas. Los Amantes, la Calavera, el Diablo o la Tortuga son algunos de los nombres de los gigantes pétreos que salpican el paisaje, a veces en equilibrios imposibles.
Antes de salir dudamos si coger las bicis o ir a pié, ya que junto al área se iniciaban varios caminos muy apetecibles para recorrer la costa, pero teniendo en cuenta el mal tiempo que teníamos, finalmente decidimos ir a pié. Empezamos a caminar, y de pronto nos encontramos con un espectáculo que nos dejó con la boca abierta. El mar había desaparecido!!! y de repente en el lugar que debería estar el agua solo había algas, rocas, arena y barcos embarrancados!!! Menos mal que habíamos decidido no coger las bicis porque ni cortos ni perezosos nos metimos en lo que en otro momento del tiempo había sido el mar, y andamos bahía adentro hasta encontrar el agua.
Estuvimos andando durante horas, escalando las enormes rocas y pasando de una bahía a otra mientras el mar nos lo permitía. La belleza de aquel lugar era desoladora, rocas diseminadas por aquí y por allí sin ninguna aparente lógica, el color rosa intenso inundandolo todo, y un cielo con unas nubes impolutamente blancas que hacían que aquel lugar tuviera tal peculiaridad que te desconcertaba. La zona está plagada de contrastes entre las tonalidades cobrizas, rojas y anaranjadas del granito, el verde de la vegetación y los tonos azules metálicos del cielo y el mar.
Llegamos al puerto de Tregastel, lo bordeamos y nos dirigimos hasta el faro. El paisaje era increíble y afortunadamente las nubes empezaron a resquebrajarse dejando paso a unos dorados rayos de sol que hacían aun mas peculiar el paisaje. Eran muchas las ganas de continuar, pero empezaba a ser tarde y nuestras piernas empezaban a quejarse. Además, todo lo que habíamos andado ahora había que desandarlo por lo que iniciamos el regreso al área. Cuando llegamos un esplendido atardecer alumbraba la autocaravana. Quien iba a decirnos al comenzar aquel día con un cielo tan nublado que íbamos a acabar disfrutando de una puesta de sol como aquella, pero aquella zona era locura en cuanto a la climatología, ya que cambiaba en un mismo día varias veces…
Ya en la autocaravana cenamos, nos pegamos una duchita que nos supo a gloria, y nos quedamos tranquilos disfrutando de un capítulo de la serie de “Lost” que nos ha estado acompañando durante todas las vacaciones.
Día 6: Costa Granito Rosa – Saint Maló
Nuestras esperanzas en que el plácido cielo con el que nos habíamos acostado se mantuviera hasta el día siguiente se desvanecieron en cuanto abrimos el ojo a primera hora de la mañana. Un manto de nubes cubría nuevamente el cielo, algo que empezaba a ser la tónica habitual del viaje y que nos resultaba una pesada carga que día a día teníamos que llevar.
Ahora empezábamos a entender las caricaturas que estábamos encontrando en muchos suvenires de la zona, haciendo referencia a la climatología de la Bretaña y Normandia (tipo: lluvia en Invierno, en Primavera, en Otoño y en Verano). Poniendo al mal tiempo una media sonrisa y con las esperanzas de que la climatología sufriera la misma evolución que el día anterior desayunamos fuerte y nos dispusimos a disfrutar a tope del nuevo día, pero hemos de confesar que comenzábamos a estar un pelin cansados del mal tiempo…
Nos pusimos rápidamente en marcha poniendo rumbo hacia nuestro primer destino del día, la Ille Grande, una isla virgen situada a 15 kilómetros de Lannio y accesible por carretera, que acoge una importante reserva ornitológica, en la que además se ha creado la primera clínica ornitológica para salvar a las aves marinas en caso de mareas negras. Para llegar a ella tomamos la carretera D788 que recorre la costa llegamos hasta Penvern, donde está la puerta de acceso al Observatorio Ornitológico de Illa grande, al que llegamos después de dar alguna vuelta algo desorientados al no estar del todo bien indicado.
Aparcamos tranquilamente a Suny en un amplio parking existente junto al mismo y nos dispusimos a explorar la zona. Realmente merece la pena dar un paseo y contemplar las diversas aves marinas, petreles, pingüinos, cormoranes, etc… que anidan en esta espectacular isla. En la recepción del observatorio informan sobre excursiones guiadas desde Perros Guirec al archipiélago de las siete islas, pero al final decidimos no visitarlas por el fuerte viento que estaba soplando durante aquella mañana. Con lo que tuvimos que conformarnos con ver sus magníficos acantilados y contemplar todo aquel espectáculo de viento y aves que teníamos delante. Muertos de frió y con la lagrimilla cayendo por nuestros rostros a causa del fuerte viento, nos decidimos a regresar a la auto y seguir nuestro camino.
Nuestra idea era dejar la costa del Granito Rosa e iniciar camino hacia Cap Fregel, pero antes decidimos acabar de recorrer la carretera de la costa. Al poco rato nos encontramos un área para autocaravanas muy bien situada junto a una amplia playa de arena fina. No era nuestra intención encontrar un lugar donde pernoctar, pero debido a la cola que había por la mañana en el área donde habíamos pasado la noche para repostar, habíamos decidido irnos sin vaciar sin darnos cuenta de que andábamos bastante “necesitados”. Fue por ello que decidimos aprovechar la tranquilidad del lugar y vaciar y cargar agua tranquilamente.
Al rato continuamos con nuestra marcha hasta llegar a los pocos Kilómetros a la población de Trebeurden. Había en ella un amplio parking así que decidimos parar para hacer algunas compras. Una vez nos hubimos deleitado en la increíble Boulangerie de la población, de regreso a la autocaravana, pasamos junto a la oficina de Turismo, y decidimos que no está de más pedir algo de información porque nunca se sabe lo que puede uno encontrar.
En la oficina, una chica muy atenta, nos recomendó que nos dirigiéramos a la Pointe de Bihit, un peñasco desde el que se obtienen unas magnificas vistas de toda la costa. Nos ofreció así mismo un planito en el que venían muy bien indicados los distintos paseos que se podían hacer a su alrededor para conocer bien la zona.
Nosotros, que andábamos bien de tiempo aquella mañana, decidimos no perder la ocasión y tras recoger a Suny nos dirigimos a la Pointe de Bihit. En lo alto de un acantilado se encontraba un aparcamiento junto al mirador, donde empezaba el sendero por el que llegar al peñasco. Bien equipados nos pusimos en marcha y tras descender la empinada bajada llegamos al peñón. La verdad es que el lugar estaba bien, pero para ser sinceros tenia mejor pinta desde el acantilado que desde allí mismo, con lo cual hicimos varias fotos y de regreso decidimos desviarnos por otro sendero en dirección a Le Castel pasando por la playa de Tresmeur.
Ciertamente nos sorprendió encontrar en Trebeurden aquellas magnificas playas de arena blanca y fina, con un horizonte salpicado de islotes y rocas. Nos quedamos con ganas de sacar el kayak y de haber disfrutado de un paseo por la zona, pero la auto estaba demasiado lejos para poder bajarlo hasta la playa, una pena porque el espectáculo era realmente único. Había varios islotes que con el kayak hubiéramos podido descubrir a la perfección, pero haber quien era el guapo que bajaba con el por aquellos impresionantes acantilados.
Dimos un largo paseo, vaya y tan largo que cuando llegamos a la autocaravana después de tres horas, estábamos molidos. Era ya tarde por lo que decidimos que no había mejor sitio que aquel para comer.
Una vez descansados y saciado nuestro apetito, iniciamos de nuevo la ruta, en esta ocasión a buen ritmo y por las carreteras más rápidas que pudimos tomar para dirigirnos sin más demoras a nuestro próximo destino, el Cap Fregel, el cabo más importante de la Costa Esmeralda. Para ello tomamos la N12 que no abandonaríamos hasta Saint-Brieuc, donde ya nos desviamos por la carretera de la costa en dirección a Cap Frehel. Por cierto, había dicho “sin demoras”, pero eso es algo que no pudimos cumplir. El culpable de ello fue el cielo azul y un sol increíble que empezó a brillar con fuerza sobre la arena blanca de las enormes playas que la marea baja había dejado al descubierto. A ambos lados de la carretera encontrábamos centenares de vehículos aparcados de quienes querían disfrutar de un día de verano como este.
Nosotros, cansados de varios días de lluvia y mal tiempo decidimos no dejar pasar la ocasión y disfrutar un ratito del lugar. Total, el Cap Frehel tampoco iba a salir corriendo. Donde pudimos aparcamos a Suny y nos dirigimos a la inmensa playa para remojar los pies en el agua del océano atlántico. La verdad es que el agua estaba helada, pero el solecito era una delicia, y el paisaje único. La marea baja había dejado al descubierto varios grupos de rocas en los que los lugareños se apresuraban a recoger mejillones.
Otros, aprovechaban para dar un paseíto en kayak. Nuevamente las tentaciones de sacar el nuestro fueron muchas, pero tener que sacarlo, hincharlo, equiparnos y demás, requería mucho tiempo, y la verdad es que ya nos habíamos demorado más de lo que debíamos durante el día. Eso si, tenemos claro que el próximo accesorio con el que equiparemos a Suny será con una baca a la que poder atar el kayak y nos resulte así más sencillo y rápido utilizarlo.
Finalmente, y después de dejar que nuestros cuerpos se tostaran un rato al sol, y agradecer a los astros que por fin dejasen que los cálidos rallos del sol broncearan nuestros cuerpos, regresamos a la autocaravana con la sensación de bienestar reflejada en nuestras caras y emprendimos el camino para recorrer los últimos Kilómetros que nos separaban de nuestro destino, Cap Frehel. El camino hasta allí invitaba a detenerse en cada esquina ya que eran muchos las sendas que permitían disfrutar de la belleza del lugar, un paisaje agreste, labrado por la interacción del viento y el mar en el macizo rocoso de la costa.
Finalmente llegamos al Faro de Cap Frehel. Un amplio parking (de pago) nos permitió dejar cómodamente aparcada a Suny y rápidamente salimos para disfrutar del lugar.
Los acantilados sobre los que se alza el faro de piedra son los más altos de la zona, con 70 m de altura, y las vistas desde allí eran realmente impresionantes. Lo cierto es que era mucha la gente que se encontraba disfrutando del lugar, pero en esta ocasión no nos importó ya que eran muchos los caminos por los que uno podía perderse.
Decidimos tomar el camino que bordea la costa, en dirección al este. Andamos durante un largo rato, ensimismados por el paisaje, disfrutando del sol, de la compañía, haciendo fotos y respirando el aire fresco y húmedo que las olas lanzaban sobre nuestros rostros. Andamos apenas sin darnos cuenta de cuánto nos alejábamos del faro, y empezamos a ver a lo lejos el Fort La Latte, un impresionante castillo de los siglos XII- XIV que domina un acantilado próximo al faro. En este castillo en 1957 se rodaron algunas de las escenas de la película Los Vikingos. Pensamos en continuar y llegar hasta él, pero con el rodeo que había que dar para salvar los acantilados la verdad es que el trayecto era demasiado, sobre todo teniendo en cuenta que luego teníamos que volver. Fue por ello que decidimos regresar en búsqueda de la auto para que nos ayudara en nuestra conquista al Fuerte.
Llegamos a ella, y pusimos rumbo a Fort La Latte. Afortunadamente el tiempo nos estaba ofreciendo una tarde de verano espectacular y queríamos sacarle el máximo provecho. Al llegar al castillo nos encontramos con que se estaba celebrando algún tipo de Evento Medieval. Había mucha gente y la verdad es que en aquel preciso momento nos dio bastante pereza. Todavía teníamos en nuestras retinas el increíble paisaje del Cap Frehel y el gusto del aire salado del mar en nuestros labios, y la verdad es que no queríamos jugarnos que algo empañara el recuerdo de los increíbles lugares que habíamos descubierto durante aquel día. Fue por ello que dimos media vuelta, e iniciamos camino hacia nuestra próxima parada, Saint Maló. Evidentemente lo teníamos difícil para que nos diera tiempo para ver algo, pero pensamos que era mejor ir con tiempo, encontrar un lugar donde pasar la noche y dejar a Suny aparcada para visitar la ciudad al día siguiente.
Recorrimos tranquilamente los 40 kilómetros que separan el cabo Frehel de Saint Malo, mientras ojeábamos en las guías para encontrar un lugar donde pernoctar y hacer el planing para los próximos días. Finalmente fueron los “Puntos De Interés” que tenemos descargados en el GPS los que nos facilitaron la situación exacta del área. Como para no verla!!! Centenares de autocaravanas se encontraban aparcadas en un amplio párking junto al canódromo de la ciudad.
En el exterior, una zona muy bien montada con dos espacios reservados para los servicios de vaciado y repostaje de las autocaravanas! Era un poco tarde con lo que no había nadie controlando la entrada y la valla se encontraba cerrada. Echamos una ojeada y rápido entendimos la trampa. Había que “colarse” por el acceso de vehículos!!! Ya en el área empezamos a recorrerla para encontrar un lugar donde aparcar. La verdad es que el área era gigante, pero es que estaba hasta los topes!!! Además, las vías del tren pasaban cerca y preferíamos alejarnos cuanto pudiéramos de ellas, finalmente encontramos un lugar al final de la fila. Aparcamos y curiosamente nuestros vecinos de parcela eran españoles.
Les saludamos, y aprovechamos para preguntarles por el funcionamiento del área. Según nos dijeron el área permanecía abierta por la noche ya que los guardas llegaban por la mañana, a las nueve, y era entonces cuando pasaban a cobrar a quien hubiese llegado después de irse ellos. A la explicación también añadió el comentario de lo curioso que era ver la estampida que había antes de que llegaran los guardas para no tener que pagar la noche. La verdad es que todavía no entiendo como viajando con estos vehículos haya gente que “salga corriendo” para ahorrarse los 10 euros que cuesta el área…
Estuvimos charlando un rato con ellos aunque pronto el hambre nos hizo despedirnos. Empezaba a ser tarde así que nos preparamos algo de cena. Mas tarde, después de una duchita nos quedamos haciendo nuestros planings para los próximos días y leyendo algo de la historia de la población que visitaríamos al día siguiente que nos tenia totalmente entusiasmados, Saint Maló, la ciudad Corsaria.
Día 7: Saint Maló – Mont Saint Michel
Reza un dicho popular que el habitante de Saint Malo no es ni bretón ni francés, es Malouense, y es que dicha población tiene una historia muy singular. El nombre de Sant Malo proviene del monje Gales Mac Low, quien fundó la comunidad en el siglo VI sobre la península de Aleth.
Sant Malo emerge en la Costa Norte de Bretaña como un navío pétreo, el galeón inexpugnable, el único bastión considerado seguro por sus habitantes, piratas acostumbrados a surcar los mares saqueando barcos y puertos enemigos. La villa conoce su esplendor a partir del siglo XIV, cuando comerciantes y corsarios construyen grandes mansiones que se asemejan a los castillos de popa de sus navíos, en muchos casos utilizando materiales de los mismos. Lamentablemente la mayoría quedaron destruidos por el gran incendio de 1661. La ciudad fue reducida a escombros por los bombardeos aliados de 1944, pero afortunadamente ha sido reconstruida fidedignamente, piedra a piedra, en uno de los mejores ejemplos de esfuerzo francés por recuperar la normalidad después de la Post-guerra.
Saint Malo actualmente es uno de las paradas turísticas más importantes de la Bretaña Francesa, y es que su arquitectura la hace parecer aun hoy estar dispuesta a resistir el ataque de los piratas ingleses mas fieros.
Con toda esta información revoloteando por nuestra cabeza durante toda la noche nos despertamos en nuestro séptimo día de viaje con muchísimas ganas de disfrutar de la ciudad de Saint Maló. El día había amanecido con un cielo azul radiante espectacular, menos mal!!!! El sol brillaba con fuerza desde primera hora de la mañana, y nosotros muy metidos en el papel de tantos y tantos piratas que han poblado la ciudad, dudábamos si desayunar con leche o Ron!!!!!
Una vez desayunados (un café y unas tostadas, no penséis mal) y bien equipados salimos de la autocaravana dispuestos a visitar la conocida ciudad bretona. Nos dirigimos a la entrada del área en la que ya se encontraban los guardas, pagamos el correspondiente ticket por haber pasado allí la noche, y nos dirigimos a la parada de autobús que hay justo al lado de la entrada.
Según nos explicaron, con el mismo ticket del párking dispones de un servicio gratuito de autobuses que cada media hora enlazan el parking con el casco antiguo de la población! Lo cierto es que no deja de maravillarme lo bien preparada que esta Francia para el turismo. A los pocos minutos llegó el autobús. Eran poco mas de las nueve de la mañana pero ya eramos muchos los autocaravanistas que nos dirigíamos a visitar la ciudad. Al poco rato el autobús se detuvo, en el puerto junto al casco antiguo de Saint Malo, rodeado por su imponente muralla.
Para acceder a la antigua ciudadela hay que pasar por una de las siete puertas que atraviesan su muralla. Esta antigua muralla, construida con granito de 7 metros de espesor y dos kilómetros de largo, puede ser recorrida mientras se disfruta del paisaje en el que, con la subida de la marea, el espectáculo de fuerza y belleza del mar logra que pierdas la noción del tiempo. Eso sí, para acceder a la ciudad a pie hay que esperar a que la marea baje y, entonces, al sur del casco antiguo, veremos asomar maravillosas playas doradas, que están bañadas por el mar de color esmeralda que da nombre a la Costa que bordea esta fortificación: La llamada Costa Esmeralda.
Nosotros no quisimos perder la ocasión de pisar nuevamente la arena de la amplia playa que la marea baja había dejado al descubierto así que tomamos la calle que rodea la muralla y nos dirigimos en dirección al mar. Nuevamente la playa se encontraba llena de Malouenses que querían aprovechar aquellos agradecidos rayos de sol de un esplendido día de verano como aquel. También, con esta retirada momentánea del mar, pudimos visitar la isla de Grand-Bé, donde uno se puede imaginar escribiendo, acompañado sólo del arrullo del mar, al escritor Francois-René de Chateaubriand, nacido en Saint Malo y enterrado aquí mismo por expreso deseo en 1848.
Al rato y una vez saciadas nuestras ansias de playa, decidimos que había llegado el momento de explorar la ciudad por lo que nos introdujimos en ella a través de una de las puertas de su muralla. Saint Malo nos enamoro nada mas poner el pie en ella. Ya dentro de la ciudad, nos encontramos con un sinfín de calles estrechas donde la cultura celta se respira en cada rincón, pudiendo seguir las huellas dejadas por marineros y corsarios. Entre las paradas obligadas encontramos la visita a la Catedral de Saint Vincent, donde pudimos observar la maravillosa colección de vidrieras, tanto medievales como modernas. Si uno presta atención puede así mismo contemplar las dos únicas casas que se conservan cuyas fachadas de madera emulan la popa de un barco, con un color oscuro parecido al del bronce envejecido. Recorrimos sus calles disfrutando de sus adoquines, de sus ruidos, de sus silencios, del juego de sombras que se producían en cualquier esquina, los cantos de los piratas se nos antojaban lo mas normal en una ciudad como aquella, de hecho parecía como si esos cantos faltaran como colofon final a una ciudad encantada y curtida en mil batallas.
Saint Malo te atrapa y enamora de una manera como pocas ciudades lo han hecho. Nos resulto adorable el repiqueteo de su campana, los cientos de olores de una ciudad que se ve vivida, de su gente amable y de su carácter pétreo, del encanto que aflora en el conjunto monumental de una ciudad dura como el mármol y que ha sabido resistir a miles de envites, a lagrimas tan saladas y amargas que se mezclaban con la salinidad propia de su mar impoluto. Batallas ganadas y perdidas, pero sobre todo vividas…
Nos resistíamos a abandonar Saint Malo, parte de su magia estaba claro que ya no nos abandonaría, que formaría parte de este viaje, por que esta ciudad se había colado en nuestro corazón y difícilmente saldría de el.
Finalmente y después de empaparnos de toda la cultura corsaria de aquel lugar tan especial, salimos de la ciudad entonando un “hasta luego” y fuimos dirección a la parada del autobús que nos llevaría de regreso al área, cantando aquella legendaria canción que dice: “ron, ron, ron … la botella de ron”, y es que probablemente Saint Maló no sea la ciudad más bella de toda Francia, pero aun así después de haber sufrido las heridas infringidas por los incendios y bombardeos que tanto la han dañado … sigue conservando toda la dignidad y encanto de las ciudades que se saben únicas!
La verdad es que llegamos a la parada al sprint ya que justo estaba a punto de marcharse el autobús que iba de regreso al área, comenzaba a ser tarde, habían sido cinco intensas horas recorriendo las preciosas calles de Saint Malo y no nos apetecía tener que esperar media hora mas hasta el próximo autobús! La carrera que nos metimos había servido, ya que a los pocos minutos el autobús nos llevaba de nuevo hasta la auto.
Ya en el área comimos y descansamos un rato mientras planeábamos nuestro próximo destino. Nuestra intención era dirigirnos al Mont Saint Michel, pero antes queríamos hacer una parada en la población de Dinan de la que teníamos muy buenas referencias. Ojo, no confundir con Dinard que también se encuentra pegadito a Saint Maló, muy conocida sobre todo por las fantásticas vistas que desde ella se dispone de la ciudad corsaria.
Una vez comidos nos pusimos rápidamente en marcha. Un día tan radiante como aquel había que aprovecharlo por lo que no había tiempo para cabezaditas ni tonterías. Antes de salir, eso si, aprovechamos para repostar en el área que a aquellas horas estaba prácticamente vaciá. Salvo una pequeña retención que encontramos al coger la autopista no tardamos demasiado en recorrer los cerca de 35 Kilómetros que había hasta Dinan. Por cierto, os hemos comentado que en toda la Bretaña las autopistas son gratuitas? Curioso, verdad? Al llegar a Dinan dimos un par de vueltas hasta encontrar donde dejar la autocaravana aparcada. El GPS andaba un poco “descontrolado” y nos daba miedo acabar metiéndonos en el casco antiguo de la ciudad con Suny y montar un espectáculo como nos ha pasado en otras ocasiones. Finalmente encontramos un cómodo parking junto al castillo de Dinan, pegado a las murallas. Era de pago pero descubierto, y nos pareció bastante tranquilo así que decidimos que era un buen lugar donde dejar a Suny aparcada.
Ya a pié nos dispusimos a disfrutar de la población. Dinan es uno de los ejemplos mejor preservados de arquitectura medieval de Europa. Conserva casi la totalidad de su muralla original, así como las torres fortificadas que la jalonan. Dentro del recinto fortificado, la ciudad se revela como un burgo medieval, absolutamente increíble. Las mansiones típicas de Dinan muestran en sus fachadas enormes vigas de madera coloreada. La ciudad cuenta ademas con notables monumentos, como la Basílica de Saint Sauveur, erigida en el siglo XII en estilo románico bizantino (se conserva de esta época la fachada Oeste), a parte de su precioso castillo.
El nombre Dinan es el resultado de la contracción de dos palabras celtas «Dunos» y «Ahna»: la colina de Ahna, dios de los vivos y de los muertos. En el siglo IX, al pie de una colina y a orillas del río Rance, se instalaron unos monjes. Nominoé, el “primer rey bretón”, les dio tierras y les acordó privilegios contra la promesa de fundar un monasterio para proteger las reliquias de un santo. Los religiosos se dirigieron, entonces, a la isla de Sercq donde robaron los restos de San Magloire, antiguo obispo de Dol.
Los cruzados movilizaron a los señores de Dinan, y en especial a Rivallon el Pelirrojo, quien en plena batalla en Palestina prometió construir a su regreso una iglesia. Esta iglesia seria la iglesia Saint Sauveur (San Salvador) construida alrededor de 1120. Esta primera iglesia románica fue modificada varias veces en el siglo XV, antes de convertirse en basílica en 1954. Los conventos de los Cordeliers (Franciscanos) y de los Jacobins (Domínicos), fundados en el siglo XIII y restaurados en el siglo XV, contribuyeron al auge religioso de la ciudad.
Nosotros paseamos durante largo rato por la población. Primero callejeando por sus estrechas callejuelas, saboreando su olor, del sabor de su música y de sus músicos callejeros que encontramos en cualquier esquina.
La verdad es que Dinan nos sorprendió ya que su estado de conservación es increíble. Cada lugar, cada casa y cada tienda tenían algo que las hacia especialmente relevantes.
Cruzamos así todo el casco antiguo. Para la vuelta, decidimos hacerlo “por lo alto”, así que hicimos el camino de ronda existente por encima de las murallas permitiéndonos contemplar la población como si de los deshollinadores de “Mari Popins” se tratara y es que la vista de todos los tejados era también realmente curiosa.
Un riquísimo helado puso la guinda final a nuestra visita a Dinan. La puesta de sol empezaba a estar cerca, así que decidimos que no había mejor lugar para disfrutar de ella que el Saint Michel, poniendo así el broche de oro a un día que estaba resultando inolvidable.
Regresamos a la autocaravana y nos pusimos en marcha en dirección a nuestro último destino del día, el Mont Saint Michel, uno de los lugares mas visitados de toda Francia, algo que evidentemente significaba que el lugar era digno de ver, aunque teníamos claro que la afluencia de turismo iba a ser enorme. Con el nerviosismo por descubrir un lugar tan mágico emprendimos los cerca de 60 Kilómetros que nos separaban de él, dejando atrás la Bretaña, cuyas costas nos habían maravillado y sus preciosas poblaciones encandilado, pese al mal tiempo que en ocasiones habíamos sufrido durante nuestra estancia. En nuestro horizonte ahora aparecía Normandia como un lugar cargado de historia que teníamos muchísimas ganas de conocer…
El viaje continua en la tercera parte del relato: Normandia
Bretaña from conrad y echobelly on Vimeo.
Créditos vídeo: Telepopmusik- Breathe
ROAD BOOK
Lugares de pernocta utilizados.
Día 4
Pernocta: Área de autocaravanas de Quiberon.
Precio: 5 euros pernocta.
Servicios: Vaciado y agua (1 euro/30 litros de agua)
Coordenadas: 47º 29’ 30.69’’ N; 3º 08’ 21.35’’ O
Día 5
Pernocta: Área de Tregastel
Precio: Gratuita de 7:00 a 19:00 horas, 6 euros/noche.
Servicios: Vaciado y agua
Coordenadas: 48º 49’ 26.75’’ N; 3º 29’ 56.45’’ O
Día 6
Repostaje en el área de Trebourden.
Precio: Gratuita
Servicios: Vaciado y agua (1,50 euros)
Coordenadas:
Pernocta: Área de Sant Maló.
Precio: 7,00 euros/noche.
Servicios: Bus gratuito al centro. Vaciado y agua (1 euro/10 minutos)
Coordenadas: 48º 38’ 26.20’’ N; 1º 59’ 37.85’’ O
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Hola chicos:
Que deciros… Pues lo de siempre, que me ha encantado la segunda parte de vuestro relato. Que preciosidad de fotos y que texto mas bonito. Por cierto ya veo que lo del tiempo complicadillo, no?
Bernardo dice, que os felicite tambien por el nuevo diseño del blog, ya que dice que le encanta, que se pasa horas dando vueltas por vuestro blog jeje
Bueno, no me lio mas, solo daros un besazo enorme y felicitaros por el trabajo bien hecho.
Hola guapa, que alegria. Mil gracias como siempre por tus comentarios. Siempre que te leo se dibuja una sonrisa en mi cara ; -)
Dile a Bernardo que muchas gracias por sus palabras, realmente el cambio ha sido complicado, pero con vuestras palabras siempre se hace mas sencillo.
Un besazo enorme a los dos.
Después del relato, el café y las pastas, ya estoy esperando ansioso la edición del capitulo 3 de la saga Conrad y Echobelly del Mediterráneo al Atlántico. Como sigáis subiendo acabareis en el Mar del Norte.
Pero, me he quedado con la miel en los labios cuando ibamos a llegar al Mont Saint Michel, habeis ido a publicidad….
Un abrazo y gracias por el momento que acabo de pasar.
PD. Me quedo con la frase “no dejo de maravillarme de lo preparada que esta Francia para el turismo” aquí hemos perdido ese sentido pensamos que si damos el servicio somos serviles, que error.
Hola apegao, que sabio eres… Al final lógicamente llegaremos al Mar del Norte, pero tendrás que esperar un ratito todavía jaja
En cuanto a lo que comentas de los Franceses, que decir… pues, que España is diferente : -)
Gracias por leernos y hacernos llegar sensaciones tan positivas.
Saludetes.
Hola de nuevo a los dos, mirando vuestro blog a ver que novedades teniais, veo este viaje a Bretaña, justo nuestro destino para el próximo verano. Como siempre preciosas las fotos (a pesar del tiempo) y muy interesante la información. Yo también espero con ganas la continuación ya que el Mont Sant Michel sería el inicio de nuestro viaje.
Un abrazo. Anna (con una Bambina)
Hola Anna (con una preciosa bambina) : -) Me alegro un montón de leerte otra vez por aquí. Genial que esteis preparando ya el viaje de Verano, realmente la Bretaña es una zona preciosa (lastima el mal tiempo) jaja pero supongo que viene en el lote.
En cuanto a Saint Michel ya estamos a punto de terminar de montar el relato de Normandia, con lo cual en un par de días seguramente estará ya colgado.
Un saludete enorme y gracias por la visita.
Bueno, esta zona ya se queda fuera de la ruta que tenemos marcada para este verano pero la crónica, tanto narrada como fotográfica es preciosa.
Ciertamente, en España no está suficientemente reconocido el turismo en caravana (o similar) y es una pena. Quizá algún día nos equiparemos con nuestros vecinos.
Un saludote.
Hola Jony, lo mejor de ir dejando cosas en el tintero, precisamente es eso… que algún día se llegaran a realizar. Realmente la zona es una maravilla, el tiempo no tanto
pero como decimos siempre de coña, si esta tan verde por algo será…
En cuanto a equipararnos a los servicios para AC de Francia, todavía nos queda muchisiiiimoooo, pero esperemos que al final se den cuenta de que somos un gran numero de gente los que viajamos por el mundo de esta manera y nos dejamos nuestro dinerito y de una vez por todas nos vean como turismo de calidad.
Todo se andará… Saludetes.