Azotada por mareas y vientos terribles, rodeada por arenas movedizas y accesible solo a través de una estrecha carretera, la Abadía de Mont Sant Michel se eleva majestuosa desde su pináculo de roca como un vigilante celoso que codicia el preciado tesoro que guarda. Símbolo de Normandía y patrimonio de la Humanidad, descrita por Guy de Maupassant como “Una gigantesca joya de granito”, delicada como un encaje y dura como la propia roca en la que está construida. Atestada de torres y esbeltos campanarios, rodeada de sombras escurridizas que te transportan a otro mundo, la abadía ha sido lugar de peregrinación por más de mil años. Sant Michel esta en medio de ninguna parte, rodeada de misterio, de belleza, de impunidad… porque los Normandos dicen que se encuentra situado en su provincia, los bretones opinan igual y las fronteras entre ambas regiones coinciden justo allí, un difícil equilibrio que convive en aquellas tierras ajenas al entuerto. Nosotros con permiso de ambos os la hemos emplazado en Normandía.
Llegamos a Saint Michel en el ocaso de nuestro séptimo día de viaje después de haber disfrutado de todo lo que la Bretaña nos había ofrecido. Aterrizamos allí ansiando algo de continuidad en el buen tiempo que habíamos tenido en Saint Maló y Dinan que tanto nos habían maravillado. Era por tanto el broche final a un día esplendido y no había mejor lugar que aquel para finalizarlo. Saint Michel es uno de aquellos lugares que hay que visitar, aunque otros seis millones de personas opinen lo mismo que tu. Evidentemente, llegar a él no resulta demasiado complicado, únicamente hay que seguir el denso tráfico de coches que se dirigen hacia ella. Nuestra intención era pasar allí la noche y eran muchas las opciones que para ello nos habían recomendado. Algunos decían que el parking que hay junto a la abadía es caro y no da ningún servicio, que era mas recomendable el camping…. pero nosotros somos de la opinión que si vas al Mont Saint Michel … tienes que dormir en el Mont Saint Michel, por lo que nos dirigimos directamente al área que se encuentra a sus pies!
Probablemente la palabra que definiría nuestras caras cuando vimos en el horizonte la silueta estática de Sant Michel fue de incredulidad. Una larga cola de coches iban en peregrinación hasta su gran base donde nos invitaba a cobijarnos bajo su imponente manto.
Llegamos al área y nos quedamos “alucinados” y es que sin duda alguna aquel párking congregaba el mayor número de autocaravanas que habíamos visto por metro cuadro. Yo creo que ni en la feria del caravaning hay tantas autos!!!
Pagamos los 8,00 euros que costaba pasar allí la noche y entramos en ella. Empezamos a recorrer las distintas calles que formaban aquella laberíntica área. Nos fijamos en las matriculas de algunas de las autocaravanas que había allí aparcadas y era increíble la procedencia tan dispar de todas ellas, así como los distintos elementos de acampada que allí había; autos, caravanas, tiendas, y algunos inventos realmente curiosos se congregaban en aquel lugar que parecía ser, junto a Cabo Norte, otra de las “Mecas” del autocaravanismo. A nosotros, porque no decirlo… nos hacía ilusión haber llegado hasta allí. Finalmente, después de dar alguna vuelta encontramos una plaza con buenas vistas, bastante tranquila, y como pudimos nos acoplamos en ella.
Sacamos las bicis con ansias por descubrir aquel gigante de piedra y fuimos a dar un pequeño paseo para inspeccionar el terreno. Teníamos que hacer unas pequeñas compras con lo cual nos dirigimos al pueblo que habíamos visto al entrar en la Abadía. Después de pedalear un rato y comprar las cuatro cosas que necesitábamos, nos dirigimos de nuevo a la auto. Al llegar casi no podía ni respirar. Habíamos tenido tantos cambios climáticos durante el viaje que al final habían hecho mella en mi salud y una fuerte tos comenzó a torturarme seriamente. Tenía la cabeza tan congestionada que no me apetecía ni moverme del sito. Conrad decidió volver a coger la bici para ir a dar una vuelta y yo me quede hecha un ovillo en la auto mimando estos virus franceses que tanto cariño me habían tomado. Me quede acurrucada y al momento me debí quedar dormida porque lo siguiente que recuerdo fue a Conrad despertándome diciendo que tenía que salir para ver todo aquello. Con la fiebre que probablemente tenía, me tome un Gelocatil, me abrigué a conciencia y salimos a disfrutar de un paseo por las arenas doradas del Mont Sant Michel. Estaba como flotando por la fiebre y unos sospechosos escalofríos recorrían mi espalda, dejándome atenazada en algunos momentos. Estaba tan cansada que me hubiera tatuado en la frente un cartel que dijera “Por favor no molesten”.
Pero el atardecer estaba tan bonito que me negué a que unos malditos virus me hicieran la pascua y no me dejaran disfrutar de todo aquello. Sobre la arena, jinetes montando a lomo de sus majestuosos caballos nos ofrecían una imagen inolvidable de aquel lugar. Por suerte, poco a poco las medicinas comenzaron a ejercer su magia, permitiéndome disfrutar un poco mas de aquel atardecer. Fuimos siguiendo las roderas que Conrad había ido dejando durante su paseo en bici, adentrándonos donde antes había mar, y ahora se dibujaba la silueta de la arena fina y húmeda. Sant Michel se alzaba imponente en medio de aquel entorno y decidimos rodearlo por completo, disfrutando de aquella estampa única que solo se puede disfrutar en los días de marea baja.
Observamos Sant Michel como aquel que está viendo la cara oculta de la luna, y es que de hecho el escenario era realmente excepcional. En el horizonte tan solo un brillante destello nos recordaba que cerca de nosotros se encontraba un mar lleno de vida, que se había retirado dejando poco más que arena reluciente bajo nuestros pies y algunos riachuelos que debíamos ir sorteando. Fotografiamos aquel original atardecer en Sant Michel, y acabamos por completar el circulo perfecto, llegando nuevamente a su puerta. Era tarde pero aun así se respiraba mucho ambientillo en su interior, por lo que decidimos entrar a dar un breve paseo para ver que se “cocía” dentro de sus murallas.
Cruzamos su portal y nos encontramos con un sinfín de pequeños comercios turísticos, restaurantes y hostales diminutos que se amontonaban en una estrecha calle que ascendía serpenteante hasta la cima del monte, donde se encontraba el acceso al monasterio. A aquellas horas seguía siendo complicado caminar por la gran afluencia de gente que había por todo el lugar, y eso que era tarde, por lo que no queríamos ni imaginar lo que debía ser visitar Saint Michel en hora punta. Dimos un breve paseo, hicimos algunas compras sin importancia y regresamos a la auto ya apenas sin luz. Si para algo nos había servido esta pequeña incursión era para saber que si queríamos visitar el Monasterio al día siguiente debíamos hacerlo a primerisima hora.
Llegamos a la autocaravana con los últimos rayos de sol escondiéndose en el horizonte. Disfrutamos de aquel momento, rodeados de centenares de autocaravanas en medio de aquella llanura, viendo poco a poco como el Mont Saint Michel desaparecía en medio de la noche, quedando solo visibles un centenar de pequeñas lucecitas que parecían relucientes luciérnagas diseminadas en un desierto de piedra. Cenamos algo y nos acostamos pesadamente sobre la cama. La silueta alargada de Saint Michel se proyectaba en nuestra ventana y nuestros ojos se resistían a cerrarse para conciliar un reparador y necesario sueño. Mis pulmones se afanaban en tomar pequeñas cantidades de un bien tan preciado para ellos como el oxigeno, deseando que mis amigos, los virus, decidieran buscar un lugar mas adecuado donde habitar por toda la eternidad.
Día 8- Mont Saint Michel – Arromanches
Nos levantamos temprano en nuestro octavo día de viaje con la sensación de que íbamos a descubrir un gran tesoro guardado por celosos centuriones. Queríamos visitar el monasterio de Saint Michel sin demasiada gente. Desayunamos y nos pusimos en marcha enseguida. Lamentablemente nuestro primer amanecer en Normandía nos ofrecía un día frió y desolado, algo que seguía con la tónica habitual de este viaje.
Nos abrigamos todo lo que pudimos para así poder contraatacar la niebla y el frió intenso de aquella gélida mañana. Pasaban pocos minutos das las nueve cuando cruzábamos las murallas de Saint Michel. La oficina de turismo que hay justo a la entrada estaba abierta por lo que pensamos que no nos vendría mal perder unos minutos y coger algo más de información. Sobretodo nos interesaba saber como estaba el tema de las mareas, por si teníamos la posibilidad de ver Saint Michel rodeado de agua, pero lamentablemente eso no sucedería hasta pasados varios días, y para aquel entonces nosotros estaríamos ya muy muy lejos de aquel lugar. Resignados a algo que ya imaginábamos antes de preguntar comenzamos la ascensión hasta el monasterio que se encuentra en la cima. La verdad es que recién desayunados no era lo que nos iba a sentar mejor, pero al menos nos quitó el frió de golpe.
Realmente fue un acierto hacer la visita a primera hora ya que eran pocos los que a esas horas se encontraban en el lugar. Apenas algunos turistas que como nosotros deseaban realizar la visita con relativa tranquilidad y los comerciantes del lugar que preparaban sus tiendecitas para la avalancha de turistas que les esperaba mas tarde. Exhaustos, llegamos a la cima y sin más demora nos dirigimos a las taquillas para comenzar con la visita.
Mont Saint Michel se erige en el centro de una inmensa bahía donde tienen lugar las mareas mas importantes de toda Europa. El arcángel San Miguel “jefe de las milicias celestes” le pidió a Auber, obispo de Avranches, que construyera y consagrara la primera iglesia en este lugar el 16 de octubre del año 709.
Durante cerca de mil años, hombres, mujeres y niños fueron, por los caminos llamados “del Paraíso”, para buscar la protección del Arcángel del juicio final y así ganar la paz eterna. Fue prisión durante la Revolución Francesa y a finales del siglo XIX comenzaron importantes trabajos de restauración.
La celebración del milenario monástico en 1966 precedió a la instalación de una comunidad religiosa, en el antiguo lugar abacial, perpetuando así la primera vocación de este lugar: la Oración y la Acogida.
Durante ocho siglos construyeron, agrandaron, y embellecieron la Abadía que en el siglo XIII la apodaron “la Maravilla”. Obra de arte arquitectónica y testimonio de arquitecturas. Permite al hombre del siglo XXI meditar en su cripta pre-románica, admirar la fuerza y la majestuosidad del románico y dejarse transportar por el esplendor de sus partes góticas. Gran centro espiritual e intelectual, fue al igual que Roma y Santiago de Compostela uno de los lugares mas importantes de peregrinación de Occidente en la Edad Media. Saint Michel es el símbolo, el vértice donde las potencias de la época se enfrentaron, en tanto que la propia iglesia se convulsionaba a medida que el Medievo daba paso al Renacimiento. En la actualidad existe un proyecto para devolver su estado original al monumento con respecto a tierra firme. Hay razones tanto culturales como ecológicas para ello, ya que la carretera afecta negativamente al delicado equilibrio medioambiental de la bahía y las miles de personas que la visitamos no creo que ayudemos en modo alguno a este precario equilibrio.
Escuchamos nuestros pasos repiqueteando en sus viejas baldosas. Estas, nos devolvían sonidos quejosos de un peregrinar constante. Nuestro eco se perdía en la inmensidad de aquellas antiguas salas. Intentamos perdernos por todos los rincones de aquella majestuosa abadía, la cual había sido mas que generosa con nosotros y nos había mostrado todos sus tesoros. Nos cruzamos con varios sacerdotes jovencisimos que nos dieron los buenos días con una amable sonrisa. Enfilamos nuestro pasos hacia la salida, volviendo nuestras caras para dar un ultimo vistazo a aquel grandioso lugar y así, abandonamos Saint Michel con la constancia de que habíamos visitado mas que una abadía, ya que sus entrañas nos habían mostrado toda la historia que sus regios muros habían vivido a lo largo de los siglos.
Volvimos a la auto y pusimos rumbo hacia el que seria uno de los destinos mas impactantes y emocionalmente mas duro de este viaje, las playas del Desembarco, donde nos perderíamos en la historia de aquellos trágicos días en los que la guerra y la ceguera del hombre dominaron aquellas tierras. Un silencio respetuoso baña las tranquilas aguas de estas fatigadas costas. Quietud, soledad, pavor, desesperación, sangre, muerte… Nada transcurrió como se había planeado y un sinfín de vidas e historias terminaron aque fatídico día.
El desembarco de las tropas alidadas durante la Segunda Guerra Mundial, al mando del General Estadounidense Eisenhower y el Mariscal Británico Montgomery, se conoce con el nombre de operación Overlord. El éxito de la operación dependía de dos claves fundamentales: El factor sorpresa y la naturaleza del ataque. Había que jugárselo todo a una carta, ya que un ataque a pequeña o mediana escala hubiese sido antes o después repelido. No se buscaba la victoria en la batalla, sino la derrota total de Alemania. Con dicho propósito, se hizo creer a los Alemanes que la invasión tendría lugar simultáneamente en Sicilia y en el paso de Calais, al norte de Normandia. La “desinformación” funcionó y el comandante Alemán encargado de la defensa Atlántica, el mariscal de campo Rommel, se dirigió a Alemania para asistir a la fiesta de cumpleaños de su esposa, confiado en que los aliados no intentarían nada con el mal tiempo. Cuando a las 3 h del 6 de Junio de 1944 los primeros paracaidistas se lanzaron sobre la península de Cotentin, Hitler y Rommel no fueron informados. A las 6 de la mañana comenzó el desembarco en las cinco playas seleccionadas al efecto, cuyos nombre en clave eran Utah, Omaha, Juno, Gold y Espada, 45.000 hombres se lanzaron a lo largo de 80 km de costa. El sector Oeste (Utah y Omaha) correspondía a los Americanos. El sector este (Espada, Juno y Gold) era responsabilidad de Británicos, Canadienses, Polacos y Franceses libres.
Dificultades en la navegación provocaron que, a lo largo del día D , la mayoría de las lanchas del desembarco no alcanzaran sus objetivos… Las defensas eran inesperadamente fuertes e infligieron numerosas bajas en las tropas estadounidenses en cuanto estas desembarcaron. Bajo un fuego intenso avanzaron con dificultad para eliminar los obstáculos de la playa, obligando que los desembarcos posteriores se acumularan en los pocos canales que se habían despejado. Debilitados por las bajas recibidas nada más desembarcar, las tropas asaltantes supervivientes no pudieron despejar las salidas de la playa, fuertemente defendidas, causando más problemas y consiguientes retrasos para los desembarcos posteriores. Finalmente se consiguieron pequeñas penetraciones por grupos de supervivientes que llevaron a cabo asaltos improvisados, escalando los acantilados entre los puntos mejor defendidos. Al final del día se habían ganado dos pequeñas posiciones seguras aisladas que, contra las defensas más débiles de tierra adentro, se aprovecharon posteriormente para conseguir los objetivos originales del día D durante los días siguientes. Los aliados perdieron ese mismo día 10.000 soldados, 2 navíos de guerra, 127 aviones y 300 lanchas de desembarco. Ninguno de los objetivos militares importantes, como la toma de Caen, se cumplieron, pero la sorpresa fue total y a pesar de las considerables bajas se controló un sector de costa suficiente para desembarcar otros 80.000 hombres en una semana. La marea cambió en el Canal de la Mancha y amaneció un día nuevo para la historia.
La batalla de Normandia terminó el 25 de Agosto con la liberación de París, dejando un ingente numero de bajas como testimonio de su decisiva importancia en el conflicto. Los Alemanes perdieron 200.000 hombres y otros tantos cayeron prisioneros. 53.000 soldados aliados murieron en combate y 15.000 fueron dados por desaparecidos. Otros 150.000 heridos y alrededor de 40.000 civiles perdieron la vida. La destrucción de ciudades y campos fue casi total y la mayoría de poblaciones de Normandía se encontraba en ruinas…
Las historias heroicas abundaron en el extremo Oeste de la playa de Omaha hasta el Pointe du Hoc, donde una avanzadilla del ejército de Estados Unidos escalo los acantilados al alba para neutralizar las baterías Alemanas. Fueron atacados violentamente y al final solo sobrevivieron 65 de los 225 soldados.
Los restos de la mayoría de los soldados Franceses que murieron yacen en sus ciudades de origen, pero el paisaje de Normandía nunca volverá a ser el mismo. En él se congregan cementerios Estadounidenses, Británicos, Canadienses y Polacos. El más famoso de estos cementerios es el de Coleville sur Mer. Más macabros son los cementerios Alemanes. El más grande es el de la Cambe, contiene 21.160 tumbas con la siguiente inscripción: Aquí yacen soldados Alemanes, muchos de ellos tan solo eran niños de apenas 16 años. Un sinsentido que nos llevo a recorrer estas famosas playas del desembarco e intentar entender el porqué de tanta barbarie…
Empezamos la ruta dirigiéndonos a la más occidental de sus playas, la Utah Beach, situada entre las poblaciones de Pouppeville y la Madeleine. En ella se encuentra el Museo de Utah Beach un impresionante monumento a la memoria del desembarco aliado en Normandía, en el que se relatan las hazañas militares y técnicas que hicieron famosa la playa de “La Madeleine”. El Museo fue construido alrededor del bunker conocido con el código WN5, en el lugar exacto donde tropas estadounidenses llegaron a suelo francés el 6 de junio de 1944.
Al salir dimos un pequeño paseo por los alrededores del museo, contemplando los restos de aquel fatídico día que en ella todavía se encuentran, como son vehículos militares, cañones de asalto e incluso alambradas. Así mismo, encontramos un sinfín de monumentos erigidos para el recuerdo de todas las victimas de aquel día.
Continuamos nuestra ruta dirigiéndonos al Point du Hoc, uno de los principales lugares defensivos de las tropas alemanas y por tanto especial objetivo de ataque para el ejército de Estados Unidos. En él se pueden observar bunquers repletos de agujeros realizados por las balas aliadas, y multitud de cráteres originados por las bombas, reflejando la gran violencia del ataque. Actualmente en el Pointe du Hoc se encuentra un Memorial y un Museo dedicado a la batalla. Gran parte de las fortificaciones del lugar han sido retiradas, con lo cual se observan los restos que aun permanecen en el lugar.
Recorrer aquel lugar significó para nosotros tener un montón de sentimientos enfrentados. Desde allí arriba, en el interior de los bunquers y con el mar del Norte al fondo brillando dentro de los ventanucos de estas construcciones de metal y piedra, uno puede hacerse una idea concisa de la locura que se debió vivir en aquellos momentos. Realmente da escalofríos y después de saber todo lo que allí aconteció, solo puedes llegar a la conclusión de que el hombre es el más fiero depredador en la faz de la tierra. En nuestras caras se reflejaba la tristeza ante aquella desolación.
Con las banderas ondeando por todos aquellos “famosos lugares”, y recalco lo de famosos por la impotencia que da que un lugar haya pasado a la historia por hechos como aquellos, nos dirigimos a visitar el Cementerio Americano de Colleville. Llegar hasta él fue tarea fácil pues es una de las localizaciones más visitadas de la región y está muy bien indicada. Un amplio parking nos permitió dejar cómodamente aparcada la autocaravana y dirigirnos a realizar la visita.
El cementerio fue inaugurado en 1956 por el presidente Frances Coty y el General Marshall, ocupa unas cuarenta hectáreas por encima de Omaha Beach. Aquí reposan 9.387 soldados americanos (entre ellos los dos hijos del presidente Roosvelt) caídos en la batalla de Normandia. Cada día al caer la tarde, una salva en memoria de los caídos resuena en el aire.
Entramos en él y nos encontramos con una desoladora estampa de miles de cruces blancas enmarcadas en un precioso tapiz de hierba verde recién cortada. Un jardín perfectamente cuidado hasta el más mínimo detalle nos invito a entrar en sus dominios. Empezamos a pasear por él recorriendo tranquilamente su vasta extensión, fijándonos aleatoriamente en las inscripciones de algunas de las cruces. La mayoría eran apenas adolescentes, los que habían tenido mas suerte, superaban la veintena de edad. La mayoría de ellos habían fallecido en un intervalo de una semana a partir del día D, sus procedencias eran tan dispares que resultaban curiosas, Georgia, Luisiana, Colorado, Virginia …
Salimos de Colleville tomando una gran bocanada de aire fresco. Llenamos nuestros pulmones y nos dirigimos hacia Omaha Beach. Desde el cementerio existe un camino para hacer a píe que desciende los acantilados hasta la playa de Omaha, pero era tarde y estaban cerrando ya el recinto así que fuimos a buscar la autocaravana y recorrimos los escasos kilómetros que nos separaban de la Omaha Beach. Este fue sin duda, uno de los lugares más importantes del desembarco y de la invasión aliada. Un punto fundamental ya que resultaba imprescindible disponer de un lugar en el que enlazar los desembarcos británicos con los estadounidenses, asegurando así todo el tramo de costa. Dimos un breve paseo por la playa, apenas se encuentran en ella restos del desembarco. –“Menos mal”- pensamos, así al menos pudimos disfrutar de un lugar que aun cargado de una trágica historia no deja de ser una preciosa playa de la costa normanda.
Empezó a anochecer y el gélido viento del norte azotaba nuestras caras aconsejándonos que regresáramos a la autocaravana a descansar. Dudábamos si quedarnos en aquel parking cercano a la playa, pues eran muchas las autocaravanas que nos acompañaban, pero su cercanía con la carretera lo hacía poco tranquilo y necesitábamos un lugar agradable donde reponer fuerzas. Miramos nuestras guías y encontramos en las inmediaciones de Arromanches un área que podía ser un buen lugar. Apenas diez kilómetros nos separaban de allí, así que nos pusimos en marcha. Al poco rato llegamos a ella, junto a una antigua gasolinera y una pequeña cafetería se encontraba un extenso manto de césped en el que ya había una decena de autocaravanas aparcadas. Era un área privada, pero el dueño, muy amable, salió rápidamente y nos indico donde podíamos aparcar y coger electricidad. Más tarde tomamos una cena reparadora y una ducha calentita.
No sé si seria por los kilómetros recorridos o por la dureza de las visitas realizadas, pero creo que fue en aquel preciso momento en el que tuvimos un lamentable despiste que nos hizo perder todas las fotografías tomadas aquel día. Por suerte, eso fue algo que no supimos hasta que llegamos a casa, al final de viaje, cuando nos pusimos a repasar todo el material fotográfico que habíamos tomado durante el viaje y nos dimos cuenta de que faltaba todo aquel día. Menudo disgusto nos llevamos cuando nos dimos cuenta de ello, pero ya nada se podía hacer al respecto, con lo cual…
Ajenos a aquel desastre “informático” y después de llevar todo el día recorriendo las playas del desembarco, nos fuimos a dormir. Lamentablemente no podía cerrar los ojos y hacer desaparecer las imágenes de cuerpos esparcidos por un callejón sin salida. Esta frase daba vueltas en mi cabeza una y otra vez. La guerra nos ha acompañado desde los albores de la civilización. Por desgracia nada ha sido más constante en la historia del hombre que la guerra. Esperemos que esto cambie y podamos dejar un mejor legado a las próximas generaciones.
Día 9- Arromanches – Fecarn
Nos levantamos sin prisas, de nuevo con un día frió y grisáceo que parecía entonar con las visitas que durante aquella mañana teníamos planeadas. No me entendáis mal, es realmente impactante ver de cerca y descubrir todos los detalles de un momento histórico tan importante como aquel, pero tanta barbarie por fuerza al final pasa factura en tu estado de animo. Desayunamos tranquilamente, recogimos y pusimos rumbo a nuestra primera visita, la batería de Longues-sur-Mer.
Situada a tan sólo 5 kilómetros de Arromanches, es la única batería de Normandía que aún conserva sus cañones. Estos cañones de 150 metros, instalados en unas casetas de hormigón, tenían un campo de tiro de 120° y un alcance de 19,5 kilómetros. Este lugar era una de las defensas más avanzadas de los alemanes y amenazaba los planes aliados la mañana de los desembarcos. Emplazados en lo alto de una verde colina y a una distancia considerable de la línea de costa, estos cañones eran verdaderamente temibles. Su potencia de fuego era muy considerable y los soldados que desembarcaron fueron sus primeras victimas.
Las baterías se encuentran en la misma posición en la que las dejaron los alemanes. Salen en numerosas películas de guerra. También, dentro del complejo, podemos observar todavía las trincheras que comunicaban las baterías, así como pequeñas casetas donde se guardaba la munición.
Era pronto con lo que tuvimos la suerte de poderlas visitar con relativa tranquilidad. Os parecerá mentira pero no os podéis imaginar la de gente que llega a haber visitando todos estos emblemáticos lugares, resultando en algunos casos, casi imposible acceder al interior de algunos lugares como bunquers y demás, por toda la gente que en ellos se encuentra.
Dimos un agradable paseo por el entorno. El cielo estaba completamente nublado pero los prados de trigo estaban preciosos con aquella luz y la costa de Normandía, por mucha historia dramática que lleve escrita, no deja ser impresionante. Seguimos andando tranquilamente sin darnos cuenta de cuánto nos estábamos alejando de la autocaravana. Era temprano todavía pero aun nos quedaban muchas cosas por visitar, así que regresamos poco a poco y pusimos rumbo hacia nuestro siguiente destino. Se trataba de Arromanches, un pueblecito costero de la Baja Normandía francesa, a unos 25 kilómetros de Caen, que fue epicentro geográfico del Desembarco de Normandía. El pueblo es muy pequeño, apenas llega a los 500 habitantes, y permanece bastante “muerto” durante el invierno. Pero en verano la cosa camba ya que la afluencia de turistas en el lugar es bastante importante.
A pesar del reducido tamaño del pueblo éste tiene dos museos, los cuales evidentemente están dedicados al desembarco de Normandía. Uno proyecta películas de gran formato sobre la guerra y el desembarco, y el otro es más interactivo con piezas en exposición, historia y equipos informáticos.
Llegamos a Arromanches en pocos minutos ya que no nos encontrábamos demasiado lejos de allí. Según nuestra información, la población dispone de un área específica para autocaravanas. Lo que no decía dicha información es que estaba prácticamente en medio del casco antiguo, por lo que callejear para llegar hasta ella fue más complicado de lo que imaginábamos. Al fin la hayamos y tuvimos la fortuna de llegar justo cuando otra autocaravana marchaba. Menos mal porque el área estaba completa y una vez ocupamos la plaza fueron muchos los que llegaron buscando un lugar y tuvieron que marcharse. Quizás el problema venga porque muchos de los allí “instalados” parecían llevar ya bastantes días veraneando en aquel lugar, lo que no permitía la adecuada itinerancia. No todo podía ser perfecto en Francia.
Apenas eran algo más de las doce del medio día, pero que queréis que os digamos… tantos días en Francia al final uno se acostumbra hasta a sus horarios, así que decidimos saciar nuestro apetito y comer algo antes de realizar la visita. Luego, salimos a dar un paseo por la población, la que ciertamente nos sorprendió y no precisamente para bien. Las calles del centro se encontraban abarrotadas de banderitas de los países aliados, algo muy característico en toda la zona pero que en este caso era ya excesivo. Además, un sinfín de pequeños comercios de suvenires, restaurantes, y hotelitos inundaban sus calles, todos con una evidente imagen de recuerdo de aquel fatídico día. Supongo que hay muchas maneras de hacer turismo, pero ciertamente convertir un hecho tan trágico como aquel en una fuente para hacer dinero de una manera tan descarada nos pareció de todo menos ético.
Tan rápido como pudimos salimos de aquel bullicio y pusimos rumbo hacia el lugar que habíamos venido a visitar, el puerto artificial del desembarco de Normandia , que se encuentra en la playa de Arromanches, concretamente en la playa que fue denominada Gold beach y que fue el punto de desembarco de las tropas inglesas. Aquí se construyo en pocos días un puerto con bloques Mulberry para poder aprovisionar a las tropas aliadas tras el desembarco, de los cuales todavía quedan hoy los restos en la playa.
El sitio emociona, y si te interesa la historia estoy seguro que al acercarte a la playa y ver ese escenario con los grandes puertos flotantes se te pondrá la carne de gallina, aunque los restos del puerto que fabricaron los aliados (las piezas se fabricaron al sur de Inglaterra y se llevaron a Francia con barcos-remolque) son pocas, y están bastante deterioradas. Aun así no resulta difícil imaginarse cómo estaban hace 60 años. La visita se puede extender, en tiempo y en espacio, cuanto uno quiera. Todo depende de lo que se quiera caminar por la playa, subir colinas y unos acantilados que hay al final de la playa.
Con Arromanches dimos por terminada nuestra parte del viaje destinada al día “D”, sin duda uno de los más trágicos de la historia, siendo a su vez de vital importancia para haber llegado a la Europa que conocemos todos hoy en día. Probablemente, lo que más nos haya llamado la atención de toda la ruta del desembarco ha sido el negocio que hay montado en torno a aquella barbarie. Pudimos ver como ciudadanos llegados de Inglaterra, Estados Unidos, etc… vestidos con trajes militares, se paseaban orgullosos por las inmediaciones de estos lugares comiendo grasientas salchichas y exaltando toda aquella sangre derramada por un ideal. Supongo que su razón tendrán ya que hay que alabar lo que aquellos heroicos muchachos hicieron por todos nosotros. Al fin y al cabo hay que recordar que eran los “buenos”, pero después de ver todo aquello te da la sensación de que no ha habido ganadores ni perdedores, simplemente un ingente numero de chicos jóvenes venidos de todos los rincones del mundo y que por unos u otros ideales que probablemente ni ellos mismos entendían, y muchos intereses que la mayoría de nosotros desconocemos, dejaron allí sus vidas convirtiendo aquel día en uno de los más sangrientos de la historia.
Nosotros, cansados de revivir este momento emprendimos de nuevo la marcha en dirección a Bayeux, una ciudad en la que también encontramos vestigios del Desembarco de Normandía pero que en dicho caso decidimos ignorar para hacer un pequeño retroceso en el tiempo y acercarnos a una ciudad poco conocida, pero que guarda como secreto una importante pieza de la historia. Se trata de lo que ellos llaman la Tapicería de Reina Matilde. En realidad, es un largo bordado de lana sobre lienzo de lino (70m por 0.50m) que es muy recomendable visitar para poder admirar sus delicados motivos.
Entramos en el antiguo edificio que guarda celosamente dicho tapiz, en un salón gigante y casi a oscuras, se haya el retal, es tan largo que no alcanza la vista a contemplarlo. Cuenta en imágenes, las circunstancias y el desarrollo de la expedición a Inglaterra de una armada acaudillada por Guillermo, duque de Normandía. Acaba con una evocación impresionante de la batalla de Hastings, que permitió a Guillermo, el vencedor, ser coronado Rey de Inglaterra en 1066. En cierta época se consideró que dicho tapiz había sido obra de Matilde de Flandes, esposa de Guillermo el Conquistador, pero es más probable que se tratara de un encargo del Obispo de Bayeaux. Parece que se realizó en Inglaterra a finales del siglo XI. El tapiz es muy valioso por su representación de la vestimenta, armas, tácticas bélicas y costumbres de los normandos, antes de la conquista. Seguro os llamará la atención un detalle: aparece identificado el Cometa Halley, en su aparición en 1066, curioso verdad? Además de esta pequeña joya Bayeux bien merece un paseo por sus calles. Es evidentemente mayor que la mayoría de los pueblos de alrededor, lo que se nota en sus dimensiones, en su tráfico, en su gente, pero a su vez tiene un tamaño justo que permite visitarla cómodamente. Además, dispone de un amplio y cómodo parking para autocaravanas, que aun no estando vigilado nos pareció bastante tranquilo.
Empezaba a ser tarde y después de nuestro recorrido por la cara más amarga de la guerra, necesitábamos algo de tranquilidad y sosiego para seguir en marcha. En nuestros planes estaba visitar la ciudad de Caen, uno de los iconos en la historia del desembarco de Normandía, pero ambos estuvimos de acuerdo en que no nos apetecía seguir con más historia del día “D”, por lo que pusimos rumbo hacia uno de los lugares que más ganas teníamos de visitar en esta parte de nuestro recorrido y que agradecimos enormemente tras la desolación que nos había producido todo lo vivido en las playas del desembarco, se trata de la población de Etretat.
Aproximadamente 150 Kilómetros nos separaban de dicho lugar, por lo que nos pusimos rápidamente en marcha. Tomamos la carretera N13 hasta Caen, donde continuamos por la autopista A13 en dirección al este.
Más adelante nos desviamos por la autopista A29 para cruzar a los pocos kilómetros el denominado Puente de Normandía. Ante una obra de ingeniería como aquella no quisimos perder la ocasión de detenernos para tomar alguna instantánea. El Puente de Normandía es un puente atirantado que atraviesa el río Sena, uniendo las ciudades de La Havre y Honfleur. Su longitud total es de 2.143 metros, siendo la distancia entre los dos pilares de 856 metros. El puente fue diseñado por Michel Virlogeux con la ayuda de Igor Zizic. Su diseño de tirantes fue elegido básicamente porque era más barato y más resistente a los fuertes vientos que un puente colgante de estas características soporta.
Una vez cruzamos el puente y llegamos a La Havre, abandonamos la autopista desviándonos por pequeñas carreteras secundarias. EL GPS empezó a hacer algunas de sus diabluras, metiéndonos por caminos cuyo ancho no aconsejaba el paso de un vehículo como el nuestro. Finalmente y tras descubrir durante un buen rato los rincones más escondidos de Francia llegamos a Etretat, población que se encuentra situada en la denominada costa de Alabastro. Dicha costa se extiende a lo largo de 130 Kilómetros entre las poblaciones de Le Treport y el cabo de la Havre. En ella se pueden admirar los magníficos acantilados blancos y las playas de guijarros que tan famosas han hecho a estas costas. Los acantilados gredosos de la costa de alabastro dan autentico vértigo, ya que se encuentran suspendidos a unos 120 metros de altura.
El sendero que hay que recorrer hasta llegar a ellos es de gran travesía, ya que bordea los acantilados abruptos y ofrecen unas vistas impresionantes que hacen las delicias de los amantes del senderismo y de la naturaleza en estado puro. Está atravesada por numerosos caminos y pequeños ríos que han cruzado valles y acantilados a lo largo de los siglos.
Nada más llegar a sus costas te llama la atención el blanco marmóreo de sus acantilados que a la hora a la que llegamos nosotros brillaban como si de estrellas se trataran.
Dejamos aparcada a suny en un parking situado en la zona más alta y nos dispusimos a caminar para descubrir aquella pequeña población. Llegamos a pie de playa, donde comienza el camino que sube a los acantilados.
Es recomendable llevar un calzado en condiciones ya que la subida no es que sea demasiado abrupta, pero sí que encuentras algunos tramos con arena suelta que pueden resultar peligrosos si no vas bien pertrechado, sobre todo teniendo en cuenta la altura de la caída.
Comenzamos a subir, cada paso que dábamos era más impresionante que el anterior. Afortunadamente la tarde estaba totalmente despejada y unas nubes de algodón decoraban un cielo azul inmaculado.
Las sensaciones que vivimos subiendo aquella ladera eran inimaginables. Paisajes increibles dibujados en perfecta armonía, que nos devolvían toda la paz y la tranquilidad que habíamos perdido por un momento entre cruentas batallas y tristes vidas segadas. Era una ascensión casi irreal, que nos llevaba directamente en volandas hasta el paraíso.
Los brillantes acantilados nos ofrecían postales que eran difíciles de olvidar. Giramos hacia la izquierda y nos encontramos casi de bruces con La Falaise D´Aval, el acantilado más conocido de la zona gracias a un impresionante arco llamado la puerta d´Aval, una de las estampas más conocidas y preciadas de esta grandiosa costa de Alabastro. Este arco mide más de 70 metros y es posible cruzarlo cuando la marea baja lo permite. Al llegar vimos que no teníamos tanta suerte ya que había marea alta, pero la belleza que tiene el lugar es excepcional sea cual sea el estado del mar. Lo que si resulta imprescindible es consultar siempre el cuadro que hay en la playa sobre el horario de las mareas, para no encontrarnos con un gran problema, ya que la mayoría de las calas no tienen ningún otro acceso que no sea a través del mar.
Seguimos subiendo hasta la zona más alta del acantilado, que es la más emocionante de todo el recorrido. Allí pudimos disfrutar de La Falaise D´Amont, de la Manneporte y de la Courtine, varias de las formaciones rocosas más importantes que forman este excepcional paisaje de Normandía. Nada más llegar nos hizo muchísima gracia encontrarnos a dos amigos rusos sentados en el filo del acantilado brindando con dos copas de champagne e invitándonos a unirnos a ellos. Fue una situación un tanto surrealista, de la cual disfrutamos y nos reímos un buen rato compartiendo aquel momento.
Nos hicimos cientos de fotografías en aquel lugar, a esas horas solitario, enmarcado por el viento recio y por unas vistas que eran realmente cautivadoras. Desde allí arriba tienes un observatorio perfecto de toda la costa, y sobre todo tuvimos la excusa perfecta para disfrutar de un instante que solo compartimos tu y yo…
Más tarde bajamos lentamente la misma ladera que antes habíamos subido. La luz era preciosa a esas horas de la tarde, los primeros rayos anaranjados del atardecer comenzaban a asomar tímidamente. Queríamos llegar a la zona de la playa antes de que esto ocurriera, para así poder disfrutar de los colores vividos e intensos de una puesta de sol que se nos antojaba perfecta.
Para ello queríamos estar lo más cerca del agua que nos fuera posible. Caminamos por la playa, con un paso no demasiado elegante… La playa se componía únicamente de guijarros blancos bastante grandes que hacían que nos moviéramos de una manera un tanto peculiar. Pero la visión que encontramos nada más poner nuestros pies en ella fue indescriptible. Como si de un decorado se tratara, sus preciosos acantilados de un blanco impoluto nos ofrecían una imagen de pequeñas piedras preciosas brillando a la luz de un atardecer de infarto.
Nos sentamos sobre los guijarros y nos quedamos expectantes a que el espectáculo que se produciría en breve, comenzara… Y así sucedió, solo tuvimos que esperar unos instantes para que el baile de colores diera paso a sus preciosas tonalidades y reflejos imposibles.
Nosotros sentados, mirábamos todo el proceso como si de un milagro se tratara. Todo tenía su tempo, su carencia, su punto álgido y su cenit. Aquel atardecer en las playas de Normandía ha sido uno de los momentos más especiales que hemos vivido a lo largo de este gran viaje. Cogidos de la mano y susurrando palabras apenas inaudibles, nos despedimos de aquel entorno de ensueño con la certeza de que no había sido un sueño, si no una de las vivencias mas especiales que guardaremos como un tesoro en nuestros recuerdos.
Ya casi de noche nos adentramos de nuevo en la población. Algunas de sus casas se habían convertido en pequeños restaurantes de los que salía un aroma muy agradable. Nos apetecía regresar a la autocaravana a descansar pero aquel olor mágico nos atrapaba, por lo que decidimos comprar una pizza y llevárnosla para devorarla tranquilamente en “casa”.
Una vez hicimos desaparecer la pizza, caímos en la cuenta de que aquel no parecía ser un buen sitio en el que pasar la noche. El aparcamiento en el que nos encontrábamos, además de estar a pie de carretera, estaba muy inclinado, por lo que resultaba casi imposible dormir allí. Abrimos nuestra guía de áreas y vimos que en la cercana población de Fecamp había señalada un área por lo que aun siendo tarde decidimos ir hacia allí. No nos costó demasiado encontrar el lugar, otra cosa muy distinta es que nos gustara. El área de autocaravanas se encontraba en pleno puerto, un lugar que probablemente tendría mucho encanto durante el día pero que a aquellas horas del sábado noche era el lugar de reunión de todos los juerguistas de la zona. Además, las plazas eran tan pequeñas que nuestra autocaravana sobresalía bastante, y eso que es pequeñita, lo que podía causarnos algún buen susto durante la noche.
Con lo cual decidimos emprender nuevamente la marcha sin un rumbo demasiado claro, tan solo sabíamos que debíamos alejarnos lo máximo posible del centro de cualquier población. No habíamos recorrido más que unos pocos kilómetros cuando a las afueras de Fecamp vimos un apartado parking en el que a esas horas ya había alguna autocaravana aparcada. Nos pareció que se encontraba lo suficientemente alejado de la carretera para que el ruido no resultara molesto, e incluso los prados que lo rodeaban hacían de él un lugar bastante acogedor donde terminar este fantástico día, poniendo así punto y final a tantas y tantas emociones vividas, a tantos sentimientos encontrados, a la cara más desesperante de lo absurdo, de la guerra, del olvido. Pero también a tanta felicidad en forma de colores, de abruptos acantilados y de puestas de sol que hacen olvidar el pulso de este viaje y transformarlo en algo mucho más real de lo que nos habíamos podido imaginar.
El viaje continua en la cuarta parte del relato: Países Bajos
Normandia from conrad y echobelly on Vimeo.
Créditos vídeo: The Romantics- What i like you
ROAD BOOK
Día 7
Pernocta: Área de autocaravanas de Saint Michel
Precio: 8 euros/noche
Servicios: Sin servicios.
Coordenadas: 48º 37’ 43.38’’ N; 1º 30’ 27.58’’ O
Día 8
Pernocta: Área de Saint Honorine des Pertes (5 Kms antes de llegar a Arromanches)
Precio: 6 euros/noche
Servicio: Luz (incluida en la pernocta) + vaciado y agua (2 euros)
Coordenadas: 49° 20′ 55.4166″ N; 0° 49′ 1.5486″ O
Día 9
Pernocta: Aparcamiento público de Saint Leonard (5 Kms antes de llegar a Fecamp)
Precio: Gratuito.
Servicios: No dispone
Coordenadas: 47º 13’ 25.86’’ N; 0º 01’ 43.79’’ E
alargáis nuestra agonía al publicar por capítulos!
)
es como la sensación del lector del dominical del periódico: todo lo demás no importa, sólo quiero el dominical!! y espero cada semana, cada semana, …
sóis magníficos
Gracias jimmy … tu si que eres magnifico, con gente como tu … da gusto dedicar tantas horas a esto. En cuanto a lo de los “fasciculos” … es la única manera de poder publicar el viaje … que sino el ordenador se nos colapsa con un “tocho” de estas características!!
Pero como decía una serie de antaño “no se vayan todavía que aun hay mas” … así que el domingo que viene mas!!!
Un saludo
¡Genial otra vez el montaje fotográfico! aunque se me ha parado varias veces y luego ranca sólo (será seguramente algo que no hago bien). Bueno, pues eso, que me ha gustado un montón y que espero ansiosa la última parte, seguro que puedo cojer información para el viaje de este verano. Gracias por compartir con nosotros vuestras vivencias.
Ana.
Hola chicos:
Acabo de terminar de leer la tercera parte de este magnifico relato por fasciculos (como dice el compañero). Aun tengo la piel de gallina. A veces me sorprendéis con la manera tan detallista que tenéis de narrar vuestras vivencias, me parece encomiable.
He de reconocer que se me ha quedado un pequeño nudo en el estomago con todo lo acontecido en el desembarco, cuantas vidas desperdiciadas. Pero me quedo con la puesta de sol en las impresionantes playas de Etretat, cuanta delicadeza narrada en en un espacio tan pequeño de tiempo.
Como siempre, simplemente impresionante.
Saludetes, Maria y Bernardo.
Hola Txintxur. En cuanto a los problemas del vídeo, no se por que pero ayer en Vimeo había algún problemilla, supongo que era por eso que lo veías mal. Estaremos pendientes para resolver cualquier problema que pueda ir surgiendo.
En cuanto a la siguiente parte del relato, tendréis que tener un poquito de paciencia porque aun faltan cosillas y vamos muy liados.
Mil gracias por leernos y acompañarnos en el blog, siempre es un placer poder compartir todas nuestras experiencias con todos vosotros.
Saludetes.
Maria y Bernardo que alegría leeros otra vez por aquí, ya se os echaba de menos. Ciertamente esta parte de la ruta como ya comentamos era la mas dura spicológicamente con diferencia. Pero hemos intentado plasmar todo lo que vivimos por aquellas tierras, si lo hemos conseguido “Genial”. Ha habido momentos duros, emotivos, dulces… etc.
Gracias otra vez por vuestras bonitas palabras, formáis parte de la andadura de este blog.
Un besazo a los dos.
Me he pasado todos los días mirando a ver cuando actualizabais y paro 2 días y me encuentro en tercer capítulo. Casi me lo pierdo, jejeje.
Ya tengo entretenimiento para esta noche, que leerlo en el curro no está bien y no se disfruta.
A nosotros se nos chafó el viaje en principio, pero creo que lo montaremos en la furgo y de camping, para que las chicas vayan más a gusto.
Saludos a los dos.
Hola JOny:
Ya sabes, es ley de Murphy
Con lo cual esta noche te pones cómodo y a leer el relato jaja.
Que lastima lo del viaje… Dile a las chicas que la auto es muy comodaaaaa, pero vaya! Que de camping también se esta muuuu bien. Lo importante es “marcharse de viaje” jaaj la manera es lo de menos.
Saludetes, ya contaras que te ha parecido la tercera entrega
se acerca el domingo!!!!
Tal dia como hoy, NECESITAMOS LECTURA!!!!
FELIZ DIA DE SANT JORDI
(no es por poner presión, no, eh!)
que estressss Jimmy!!! Pues lamento decir que como consecuencia de la festividad de Sant Jordi la edición del próximo domingo se aplazara una semanita, vaya, o lo que es lo mismo … que todavía no tenemos terminada la próxima entrega
Eso si, esta quedando muuuu chula!
Un saludo Jimmy y feliz día de Sant Jordi!
Qué bonito!!! Y qué de recuerdos me trae vuestro relato!! Volveré a pasarme para ver como seguís vuestra ruta… es un placer acompañaros mientras viajais y vais contando vuestra experiencia.
Saludetes.
Alundra
Hola Alundra, cuanto tiempo… Que alegría leerte otra vez por aquí
Nos encanta que te sientas parte de esta “aventurilla”. Seguramente pondremos la siguiente parte a finales de esta semana.
Espero que te guste y te sigas sintiendo parte importante del viaje.
Saludetes.